Hola soy Aral – Parte 4

Hola soy Aral – Parte 4

Releí aquellos versos un par de veces. No me sorprendió sentir de repente una brisa fresca y el rumor lejano de las olas. Casi me pareció escuchar las gaviotas planeando muy arriba, jugando con las corrientes de aire frío.

Alargué el brazo, me apoderé del sobre y lo abrí mientras Conchi se quejaba. Dentro había una tarjeta de papel grueso y caro, color crema. El mismo tipo de letra pretendiendo inútilmente pasar por humana. Y un poema.

A mis queridos Carlos, Sara y Carlitos.

 

Para escaparme de un brutal Destino,

les pido a mis amigos de este mundo

que acojan a mis charcos vagabundos.

Si decís que soy obra de un vecino,

en las mentes prosaicas no habrá duda:

será más fácil que la Verdad desnuda.

En premio a su codicia ruin, mortal,

le dejo a mi asesino ruina y lodos.

Vendrán tiempos mejores para todos.

Os quiere y os espera, el Mar de Aral.

 

            Releí aquellos versos un par de veces. No me sorprendió sentir de repente una brisa fresca y el rumor lejano de las olas. Casi me pareció escuchar las gaviotas planeando muy arriba, jugando con las corrientes de aire frío.

            –¿Qué dice la carta? –preguntó Conchi. Alargó la mano, pero escondí el sobre detrás de mi espalda sin pensármelo dos veces.

–Es un secreto –dije, notando con sorpresa que estaba a punto de soltar la carcajada.

En aquel momento se escuchó al otro de la casa un chasquido húmedo, como si algo hubiera golpeado contra la superficie del agua. Quizás un pez.

Mis hijos se levantaron al mismo tiempo, pero yo llegué a la puerta de su habitación antes que ellos. Conchi quedó atrás, hundida en el sofá, dándole vueltas a la cabeza.

La superficie del lago reflejaba unas nubes blancas, algodonosas, cargadas con el agua que acababan de recoger y que estaban a punto de soltar en cualquier parte; preferiblemente sobre los bosques de cedros y abetos que cubrían la ladera de las montañas, allá en el horizonte.

Nos arrodillamos junto a la orilla. Nuestras caras se asomaron a aquella ventana azul oscuro. Las nubes pasaban por encima, altas y decididas, cruzando lo que en realidad era un prosaico techo de escayola con gotelé.

            –Ha vuelto –suspiró Sara, con una sonrisa de oreja a oreja.

            Permanecí en silencio tratando de perforar con la mirada la superficie del lago. Del mar, del mar de Aral, corregí. El agua estaba limpia, y a poca distancia pasaban algunas sombras más oscuras, pequeñas y alargadas, pero era imposible calcular la profundidad.

            –Papá, es un laguito –siguió diciendo mi hija, extasiada.

            –Pues sí.

            –¡Es un puto lago! –repitió Carlos, siempre tan experto en copiar lo peor de mí mismo.

Le miré con severidad, y entonces en la superficie del charco saltó un pez.

            Me puse en pie de un bote, me quité los pantalones, los calzoncillos y la camisa, y quedé en pelota. Las risotadas de mis hijos al verme el culo se convirtieron en auténticos aullidos de emoción al darse cuenta de lo que estaba a punto de hacer. También lo intuyó Conchi, que entró en la habitación a la carrera y logró atrapar por una mano a cada niño antes de que pudieran imitar la locura de su padre.

Los gritos de entusiasmo de mis hijos y el alarido de terror de mi mujer se mezclaron con el aplauso espumeante con el que las aguas del mar de Aral se cerraron sobre mi cabeza.

            De inmediato me sentí arropado, como si estuviera abrazado por un amigo. El sudor y el polvo de la ciudad se disolvieron en el agua cristalina en la misma medida que mis malos pensamientos, como si aquellas aguas mágicas tuvieran el poder de limpiar tanto los cuerpos como las almas.

No me sorprendió ver que no hacía pie. Debía de estar a más de cinco metros por debajo del nivel de mi piso, en el lugar exacto que ocupaba la salita de mis vecinos, pero sin duda alguna si Arturo y María volvían a su casa en aquel preciso instante y abrían la puerta de la habitación, lo único que verían sería su pequeño y acogedor cuarto de costura, con el reloj de péndulo incluido.

            Abrí los ojos y vi varios miles de sombras de todos los tamaños que aparecían y desaparecían en el horizonte submarino. Eran peces. Volví a cerrarlos, dejándome abandonar a aquella sensación de plenitud, y noté la luz del sol acariciando mi cabeza, anaranjándolo todo.

De pronto tuve miedo de las consecuencias de aquel acto. Ascendí hacia la superficie pataleando con frenesí, rezando por encontrarme con lo mismo que había dejado atrás. Me puse en lo peor. Una ciénaga en la selva por la que volasen los dinosaurios alados… un agujero entre los hielos perpetuos… incluso un piso polvoriento, abandonado, en cuya soledad me estuvieran esperando dos ancianitos cogidos de la mano. Sacudí la cabeza muy nervioso, descartando aquellas ideas… aunque sabía que podía pasarme aquello y mucho más. Al fin y al cabo, me estaba bañando en un mar abierto en el interior de un séptimo piso.

Alcancé el borde del lago; una superficie algo flexible, gomosa, que se iba endureciendo hasta convertirse en la madera del parquet. Sacudí la cabeza y abrí los ojos con aprensión. Gracias a Dios. Allí seguía Conchi, tirando con fuerza de mis hijos que querían meterse en el agua.

–¿Quieres salir de ahí? –me chilló mi mujer.

Salí del lago; me dejé acariciar por los rayos del sol que entraban por la ventana de la habitación.

            –¡Qué maravilla! –suspiré.

            –La colita de papá –murmuró mi hija.

            –Sécate al menos con una toalla –me riñó Conchi, sin saber si reír o llorar.

            ¡Pobre Conchi! ¿Cómo se lo iba a explicar? Aquello no podía encajar de ninguna manera en las mentes ordenadas, predecibles, bien estructuradas, de las personas como ella.

            –El mar de Aral –comentó en tono neutro, mientras me acercaba el calzoncillo. Había leído la carta que yo había dejado en el salón.

            –Eso parece –sonreí.

            –Eso está en Rusia.

            –En la URSS –maticé, con cierta nostalgia. Aquella zona del planeta llevaba veinte años llamándose de otra forma y perteneciendo a otras gentes.

            –Ya…

            Escuchamos dos chapuzones, uno tras otro. Carlitos y Sara se habían quitado toda la ropa con un sigilo absoluto, habían avanzado centímetro a centímetro hacia la orilla, a espaldas nuestras, y ahora flotaban en el agua, con la misma sonrisa de felicidad. El rostro de Conchi se crispó de terror; dio un par de pasos… pero luego, sencillamente, se rindió. Se quedó de pie en el parquet, a la orilla del lago, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

            –¡Salid del agua ahora mismo! –les grité.

Sara empezó a protestar y a alejarse de la orilla, pero su hermano mayor le hizo un gesto para que se fijara en su madre. Mi hija se calló de inmediato, sobrecogida. Salieron sin rechistar y se quedaron desnudos sobre el parquet, mirándonos a ambos con espanto.

            –Mamá, no llores –gimoteó Carlitos.

            –Conchi… lo siento… –dije yo.

            –Id al baño y secaros ahora mismo, que estáis tiritando –resolvió mi mujer.

            Los niños se marcharon, obedientes. Conchi y yo nos quedamos solos en aquella habitación inundada. Las aguas me parecían ahora menos acogedoras, como si hubieran sido el escenario de algún crimen.

            –Hasta aquí hemos llegado, Carlos –murmuró Conchi, con la mirada clavada muy lejos, por encima de los pisos de enfrente. Yo quise protestar, decirle que aquello era injusto, pero me detuve con un cierto peso en la conciencia. ¿De verdad era inocente por completo?

Es lo que tiene abrirle los ojos a cierta realidad, reflexioné; que acabas viendo demasiadas cosas.

            Bienaventurados los ciegos… de ellos es el reino de la Tierra…

            Conchi había seguido hablando, en voz monótona y triste.

            –Creo que esto no está destinado a mí –murmuró, apuntando hacia la superficie del agua sin mirarla–. También sé, por alguna razón, que no le va a hacer daño a mis hijos. Eso lo siento aquí, aquí dentro –añadió, con brusquedad, tocándose bajo el vientre con la palma de la mano.

            –Yo tampoco creo que nos vaya a hacer daño… –le dije, con total sinceridad. Aún me duraba la sensación de felicidad que había sentido mientras buceaba en el mar de Aral. Aquella extensión de agua era territorio amigo; algo que no llegaba a ser de nuestra propiedad pero que, sin duda alguna, nos pertenecía. A nosotros, ¿y a cuántos como nosotros?

            –Lo único que te pido es que no se bañen mientras yo esté en casa. Me iré a estudiar a una cafetería, iré a casa de mis padres… Cuando no esté yo, haced lo que os dé la gana… Pero no me lo contéis.

            –Lo que tú digas, cariño.

            –Y otra cosa, Carlos. Como a mis hijos les pase algo, te mato.

Y me lo dijo con una mirada tan neutra, tan desprovista de cualquier emoción, que sentí un escalofrío. Quise responderle alguna cosa, pero mi mujer ya se dirigía en silencio hacia la puerta.

Nunca llegó a darse un baño; ni siquiera quiso meter los pies.

……………………..

            El mar de Aral estaba en el corazón del Cáucaso, entre las antiguas repúblicas soviéticas de Uzbekistán y Kazajstán. Durante muchos miles de años fue un maravilloso oasis de aguas frescas en medio de la tierra quemada y árida del desierto; un rincón absolutamente inesperado lleno de peces y vegetación, por el que hasta la generación de nuestros padres habían navegado los barcos de pesca.

            En los años sesenta, la Unión Soviética desvió los ríos que llenaban el lago, en un estúpido programa de cultivo de algodón que se quedó en nada. Las orillas fueron retrocediendo de manera visible, y las aguas se fueron enturbiando y se llenaron de basura. Los barcos pesqueros de la poderosa flota del mar de Aral quedaron varados uno tras otro, viendo cómo la costa se alejaba de manera implacable y para siempre. Donde antes había olas primero hubo fango y luego dunas, cargadas de sal y de sedimentos tóxicos. Los pueblos quedaron a merced del viento caliente y seco del desierto que, poco a poco, fue tomando posesión de todos aquellos rincones. Los pescadores y los campesinos tuvieron que abandonar sus hogares sin futuro y emprendieron el éxodo hacia la periferia de las grandes ciudades, convirtiéndose en mendigos.

            Aquel verano muchas televisiones abrieron sus telediarios informando de la desaparición definitiva del mar de Aral. Hubo fotos de satélite que mostraron la llanura ahora seca, montajes informáticos que mostraban la evolución en las últimas décadas. Aquella superficie de un tamaño similar al de Irlanda iba pasando del azul oscuro al verde, luego al amarillo, partiéndose en fragmentos que se iban alejando entre sí hasta confundirse con la arena del desierto. Hasta que, de repente, de la noche a la mañana, los últimos charcos se convirtieron en polvo. Algo digno de ocupar dos docenas de carpetas en mi colección de catástrofes de la Naturaleza, que, sin embargo, no quise mencionar.

            ¿Sabéis una cosa?

            No fui el único que pasó aquel tema por alto.

Ni los de Greenpeace, ni los de Adena, ni los científicos más serios, ni los ecologistas más radicales… ninguno de nosotros puso el grito en el cielo, como habría sido lo normal.

            Los aguafiestas del mundo estuvimos aquel verano muy ocupados enseñando a nuestros hijos a nadar en aquellas aguas frías y revitalizantes…

………………..

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