Hola, soy Aral – Parte 5 y final

Hola, soy Aral – Parte 5 y final

Por la noche el niño dormía en la cama grande, con su madre, y Sara y yo nos apretábamos en el sofá cama, con prohibición absoluta de tirarse pedos; una exigencia mía que a mi pequeña siempre le hacía partirse de risa.

Nuestra felicidad duró un poco más de dos meses. Nueve semanas y media, como en aquella película. Todas las mañanas, después de desayunar, Conchi preparaba sus apuntes y se iba al Retiro o al parque del Oeste, a la otra punta de Madrid. Aquellos pequeños paseos le sentaron bien, e incluso cogió un poco de color. Muchos días me llamaba al móvil y me decía que iba a comer un bocadillo en cualquier sitio, para no perder tiempo yendo y viniendo a Carabanchel. Adquirió la costumbre de llamar al portero automático antes de subir, de manera que cuando entraba por la puerta Carlitos y Sara ya estaban vestidos y sentados delante de la tele, envueltos cada uno en su toalla como si se acabaran de duchar.

Por la noche el niño dormía en la cama grande, con su madre, y Sara y yo nos apretábamos en el sofá cama, con prohibición absoluta de tirarse pedos; una exigencia mía que a mi pequeña siempre le hacía partirse de risa. Las camas de su habitación quedaron clausuradas, porque era evidente que los niños no podían pasar la noche al borde de un lago sin fondo.

A mediados de agosto, nuestros vecinos de abajo volvieron de Benidorm; la primera vez que se cruzaron con nosotros en el portal, Arturo me preguntó con una sonrisilla si había habido más fugas de agua, pero su mujer y la mía le fulminaron con sendas miradas de odio que le hicieron callar.

Llegó septiembre, y con él los exámenes de repesca. El primer día en el instituto me levanté muy temprano previendo los atascos y me tomé el café en pie junto al mar de Aral. La superficie alborotada reflejaba algunas nubecillas oscuras, de perfiles alargados por el viento de las capas altas de la atmósfera. Definitivamente, se había acabado el verano.

Me despedí de los míos; Carlitos y Sara se estaban vistiendo para irse al cine con los abuelos, y Conchi iba a aprovechar la mañana para limpiar un poco el piso. Eché el día con mis compañeros, comentando con ellos todos los temas de rigor: las vacaciones, las tutorías, los horarios… Volví a casa a las siete de la tarde con ganas de descalzarme y refrescarme los pies en el lago mientras los niños me contaban si les había gustado la película.

            Cuando abrí la puerta, mis hijos se me echaron encima llorando.

            –¿Qué es lo que pasa? –me asusté.

            –¡Mamá ha secado el mar! –gritaron desconsolados.

            Recorrí el pasillo a buen paso. La casa estaba inequívocamente más limpia que en las semanas anteriores. Había pasado el verano, y con él las vacaciones y la molicie. Era tiempo de limpiar, ordenar los armarios y poner las alfombras; de olvidarse de proyectos y utopías y destinar todos los esfuerzos a los estudios y el trabajo.

            Aquella mañana, la primera que pasaba en soledad en nuestro piso, Conchi había tratado de vaciar aquel trocito de mar azul y claro por el desagüe del retrete, cubo a cubo, vertiendo sus aguas puras y refrescantes directamente a la cloaca. Al tercer cubo, el mar se había encrespado y se había filtrado por las grietas del parquet, dejando tras de sí tan sólo unos rastros de arena sucia, unos hierbajos retorcidos y un pez muerto, que mi mujer había echado a la basura con cara de asco. Después había limpiado el parquet con lejía y aguarrás. Ahora los juguetes de los niños estaban otra vez convenientemente alineados, cada uno en su sitio, y la alfombra de todos los años ocultaba el suelo.

            Así acabó nuestro mar de Aral, pequeño remanso de vida y alegría en mitad del desierto.

            Yo seguí con Conchi unos cuantos meses, por supuesto. Uno no deshace un matrimonio por una mancha de agua. Pero un buen día me di cuenta de que Claudia, la nueva profesora de Gimnasia, a veces venía al instituto con alguna arenilla en el pelo. De manera que una tarde le pregunté cómo estaba Aral, le confesé que lo echaba mucho de menos, y ella me invitó a ir a su casa a saludarle…

            Así es mi vida ahora. Al llegar el frío, Aral quiso compartir con Claudia y conmigo sus recuerdos de las llanuras del Cáucaso, y amasó en una de sus orillas una media luna de arena cálida. Cuando nos asomamos al borde de la cama, podemos ver las estrellas y la luna reflejadas en el agua por encima de nuestras cabezas. Será allí, debajo del agua, donde el verano que viene vendrá al mundo nuestro hijo, que sea niño o niña se va a llamar Aral; creo que es un nombre que dentro de poco se va a poner muy de moda.

            Algunas noches, nuestros rostros en el lago tiemblan y se descomponen; son mis lágrimas de padre que echa muchísimo de menos a sus dos hijos mayores. Hay que tener paciencia. Una prima de Claudia, que es abogada, ha conseguido que Sara y Carlitos pasen el próximo fin de semana con nosotros. Así que, si me prometen que van a guardar el secreto, les dejaré que jueguen en el agua conmigo, con Claudia… y con Aral. Vendrán tiempos mejores para todos.

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