Hola, soy Aral -Parte 3

Hola, soy Aral -Parte 3

Arturo colocó la silla en su lugar, debajo del reloj de péndulo ahora callado, y empezó a acercarse a mí echándome de la habitación sin el menor disimulo.

–Lo siento en el alma, vecinos, pero entonces no entiendo qué es lo que está pasando en mi casa –resolví.

            Arturo bajó de la silla con precaución, pasó la mano por el asiento para alisarlo, se sentó y empezó a calzarse con expresión resuelta.

            –Mujer, coge las llaves del coche y baja lo que falta –mandó–. Pero no metas nada en el maletero, que no vas a saber cómo encajarlo.

            María se escapó por el pasillo a toda velocidad, apresurándose antes de que su vecino el raro pudiera estropearles las vacaciones con alguna nueva locura.

            –¡Corta la luz! –le mandó a su marido; luego cerró de un portazo.

            Arturo colocó la silla en su lugar, debajo del reloj de péndulo ahora callado, y empezó a acercarse a mí echándome de la habitación sin el menor disimulo. Me dejé guiar hasta el vestíbulo, y una vez allí traté de justificarme nuevamente.

            –Lo siento en el alma, Arturo, pero la habitación de mis hijos está inundada por completo.

            –¿No será que se han meado? –respondió con dureza. Luego resopló una vez más, me apartó a un lado como a un mal pensamiento y me precedió escaleras arriba, al trote.

Entró en mi casa sin detenerse, tocando brevemente la puerta de la calle con los nudillos por la fuerza de la costumbre. Mis hijos estaban sentados en el sofá, viendo la televisión. Mi esposa les sujetó, uno con cada mano, cuando quisieron seguirnos. Escuché sus gritos de protesta mientras avanzaba tratando de no despegarme de mi vecino. Mientras agarraba con energía el picaporte escuché una vocecita en mi interior: No se hizo la miel para la boca del asno…

            Arturo abrió la puerta de la habitación, pestañeó por la crudeza de la luz que entraba desde la calle… y no dijo nada.

Me asomé por encima de su hombro. El parquet estaba seco como el lecho de un embalse abandonado.

            –¿Dónde está la fuga?

Se acercó al mueble de la pared; abrió una de las puertas de arriba. Cruzó su mirada con una veintena de peluches sonrientes; luego pisoteó un par de veces el suelo, con impaciencia.

            –¿Dónde está la puta fuga? –me instó.

            –Es una buena pregunta.

Sólo un ojo atento podía notar que los juguetes de mis hijos estaban agrupados cerca de las paredes, dejando en el centro un espacio vacío. Me agaché; percibí unos leves hilillos de aroma marino, unos retazos de frescor que se habían quedado enganchados a la atmósfera de la habitación.

            –Mira; aquí, si te agachas… –empecé a decir.

Me detuve. Me puse en pie; Arturo miró por la ventana, viendo las playas alicantinas a través de los edificios rojizos de Carabanchel, la gran mayoría con las persianas bajadas y los toldos echados.

            –Háztelo mirar, chaval –me dijo.

            Le acompañé hasta la entrada; estuve tentado de pedirle a Conchi que se lo explicase, que le dijera que no eran inventos míos. Pero mi mujer tenía la mirada firmemente clavada en la televisión, donde todo lo que salía era verdadero por definición, y las cosas extravagantes sólo les ocurrían a personas desconocidas y muy lejanas.

            –Lo siento en el alma, Arturo –acabé diciendo, buscando una explicación como un idiota–. Se ve que mis hijos han volcado el cubo de la fregona, jugando, y han dicho lo de la fuga para que no les castigásemos.

            –¡Eso no es así! –se escuchó de inmediato a mi hijo Carlos.

            –¡Cállate, bobo, que se la está colando al vecino! –le cortó su hermana. Mi mujer subió el volumen de la tele.

            Me despedí de Arturo con una sonrisa humilde, cerré la puerta de la calle y me dejé caer en un extremo del sofá. Conchi seguía absorta en el documental.

            –Papá; nosotros no hemos volcado la fregona –se disculpó Carlos.

Le pellizqué la mejilla y le sonreí con cierta tristeza.

            –¿Ya se ha ido el agua? –dijo por fin mi mujer, con el mismo tono fatigado que habría empleado para hablar de una visita molesta.

Asentí, desanimado.

–¿No habrá sido una alucinación? Una especie de espejismo provocado por el calor –añadió, apagando por fin la televisión.

Mis hijos me miraron expectantes, sin saber qué podía ser mejor: si tener un lago en casa o sufrir alucinaciones de las que se podía esperar cualquier cosa. La cara de mi mujer reflejaba algo completamente distinto. No era miedo sino una esperanza muy grande, ansiosa y casi patética. La angustia del inmigrante que espera que los de Aduanas le dejen cruzar la frontera; del preso sentado en la silla de un despacho mientras el juez suma y resta y decide si le dejará volver a casa o le mandará pasar esa primera noche en la prisión.

–Ahí había un lago, cielo; un puto lago –respondí, con tristeza.

Conchi me miró con enfado, y yo me erguí en el sofá y le dediqué una mirada altanera. Ya estaba, ya íbamos a liarla una vez más.

            Mientras ella ordenaba sus ideas llamaron a la puerta.

La policía, pensé de inmediato. Se han dado cuenta de que aquí pasa algo raro y ahora vienen a precintar el piso y tomarnos declaración.

Abrí la puerta de la calle con cierto recelo y suspiré al ver que sólo se trataba de un mensajero. Un individuo tosco y encallecido, que sin duda se desfogaba del agobio de tener que estar en la calle a aquellas horas saltándose con su furgoneta todos los ceda el paso inservibles en un Madrid del que se había marchado todo aquél que había podido.

            –¿Martínez? –me dijo una voz recia, tan cansada de la vida como su propio dueño–. Hay una carta para ustedes. Firme aquí. Y aquí.

            Obedecí. El mensajero se despidió con la misma educación con que me había saludado y yo volví a entrar en casa, mirando la carta con interés. Un sobre alargado, de papel fino y amarillento, manchado en un par de lugares por dos huellas de grasa o de sudor. No llevaba remite, pero nuestra dirección estaba escrita con elegancia por una de esas letras de ordenador que quieren parecerse a la caligrafía de nuestros abuelos.

Carlos, Sara y Carlitos Martínez

Eugenia de Montijo, 144, 7ºC – Carabanchel, Madrid, España

            –Otra boda –suspiré, mientras se la entregaba a mi mujer.

Ella buscó el remitente y luego volvió a leer la dirección, con una sonrisa.

            –¡Qué mayores sois, que ya recibís vuestras propias cartas! –dijo, mirando a los niños.

            –Tú no estás –notó Sara.

            –Es verdad –se asombró Conchi, mirando de nuevo el sobre–. Se han olvidado de mí.

Posts Carousel

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked with *

Latest Posts

Top Authors

Most Commented

Featured Videos