Imagen primera de D. Francisco Ros

Imagen primera de D. Francisco Ros

Luego, lo seguimos viendo mientras pasaba el tiempo de sus más de veinte años de provechosa docencia y de dirección acertada y prudente, guardados para siempre en la memoria de incontables profesores y alumnos, que admiraron la reposada sabiduría y el buen talante del profesor eminente.

A quienes no tuvimos la suerte de conocerlo como profesor, los afortunados que sí decían que con él las matemáticas eran como una fuente que mana y corre, de la que se puede beber y saciarse sin esfuerzo; cosa que a muchos nunca nos había ocurrido con esta materia, que nos parecía árida como las arenas del desierto. Así que nosotros nos conformamos con verle en aquella especie de ‘sancta sanctorum’ de la dirección, del todo desconocido y remoto, que contemplábamos, sin pararnos, cuando tomábamos el largo pasillo del ala derecha del Instituto, camino del recreo.

Aunque en Cuarto curso, para sorpresa nuestra, un día lo vimos entrar en nuestra aula, con un andar despacioso y un tanto solemne y un rostro tranquilo e inexpresivo bajo la rizada peluca ya cana. Era una guardia y, como sustituto del profesor de Física y Química, se vio en la obligación de conocer algún detalle de lo que estábamos estudiando. Y desde el mismo momento en que algún enterado le informó de que estábamos enfrascados en la ley de Boyle-Mariotte, cosa que muchos otros desconocíamos, yo estuve seguro de que el señalado para contrastar la asimilación de dichos conocimientos sería yo, en consonancia con sus propias intenciones, que, desde que entró por la puerta, no eran más que ponerme en situación de lucirme. Y nada más a propósito que esta ley para formular algunas preguntas sobre la relación entre presión y volumen en la cámara de un automóvil, sin dudar ni un momento sobre nuestro conocimiento del enunciado de la fórmula.

A estas cuestiones prácticas, sin duda al alcance de un niño de teta, yo no contestaba nada, o lo hacía con una respuesta inversamente proporcional a la acertada. Seguramente él y yo sufrimos una situación embarazosa a costa de mi ignorancia; aunque él quizá se consolara pensando que yo debía de ser de letras, por inclinación natural o más bien a causa de mi incompetencia, como les ocurrió a otros miembros de mi familia, por él muy conocidos.

Entrega los Diplomas de Honor en el acto inaugural del curso, hacia 1965 (Archivo del autor).

Les diré que también lo veríamos cada año en la solemne ceremonia de inauguración del curso cuando, con la cabeza un tanto inclinada hacia un lado y el rostro benevolente, entregaba los diplomas de honores a los alumnos sobresalientes, ante la mirada complacida de don Alfonso y del claustro de profesores, la atención cortés de las autoridades y jerarquías locales y el discreto aplauso de la audiencia. Y tengan por seguro que aquel año de 1965, tras leer de reojo en el único correspondiente a mi humilde persona que no era de Matemáticas sino de Historia, confirmaría que era lo lógico en cabeza tan poco amueblada para el álgebra y el razonamiento matemático.

Luego, lo seguimos viendo mientras pasaba el tiempo de sus más de veinte años de provechosa docencia y de dirección acertada y prudente, guardados para siempre en la memoria de incontables profesores y alumnos, que admiraron la reposada sabiduría y el buen talante del profesor eminente, mientras acrecentaba el prestigio y la influencia del Instituto que él vio renacer un noviembre remoto de 1944.

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10 Comments

  • A. Belén Ruiz Jerez
    11 marzo, 2019, 22:59

    Ostras! Qué gracioso! El artículo, me refiero, claro. Aunque la foto bien merece una mención, aunque sea reservada. Al igual que me resulta gracioso que el diploma de Honor sea de Historia y no de Literatura. Hubiera jurado haber oído rumores diciendo que Vd. no sabía nada de historia. Siga, siga contándonos anécdotas, historias y demás.

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  • José Quiñonero Hernández
    12 marzo, 2019, 9:17

    A Belén y a los pocos desocupados y sufridos lectores de estas «letrillas» les diré que como el Honor en Historia no se compagina con mi incompetencia esa materia, cuando avancemos en el tiempo solo escribiré de lo que vi, viví y sentí, en primera persona.
    Y ese avance ha comenzado ya con la figura de D. Francisco Ros, quien tanto hizo por mí, y por muchos, y nunca me lo hizo ver ni presumió de ello, como suelen hacer las personas generosas y prudentes. Y luego vendrán don Alfonso, y Carmen Rey, y María Agustina, y María Guirado, y José Antonio Gallego, y…

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  • Mercedes Martínez Gómez
    12 marzo, 2019, 10:36

    Siempre recordaré a D. Francisco Ros. No fui alumna suya y en mis años de estudiante era una figura lejana y respetable. Pero a él, como todos los jóvenes de mi generación y anteriores, le debemos nuestro nombramiento como profesores interinos pues entonces los directores de instituto intervenían de modo decisivo en ese asunto. Y de él y de otros profesores aprendimos profesionalidad y rigor. Nos conocía perfectamente , alentaba, y y y para mí fue una ayuda impagable en años muy difíciles . Mi cariño para este profesor que se definía «Humanus sum et nihil humanum a me alienum puto.» La humanidad , inteligencia e ironía les eran consustanciales.

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  • Antonio José Mula Gómez
    12 marzo, 2019, 11:39

    Una buena semblanza de quien lo fue todo en nuestro querido Instituto y una autoridad en aquella Lorca adormecida, donde el centro y sus profesores conformaban una ínsula cultural.
    D. Francisco no fue profesor mío, porque al igual que el maestro Quiñonero, yo era de Letras, pero tuve ocasión de conocerle más tarde y escuchar sus historias mil y sus interesantes vivencias académicas y sociales en una España muy desconocida para los más jóvenes. Su larga permanencia en la dirección de nuestro Instituto le hacen ser referencia y, si se me permite, leyenda.

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  • A. Belén Ruiz Jerez
    12 marzo, 2019, 13:06

    En respuesta a D. José Quiñonero: siendo tan adicta como soy a la novela histórica, me apena que haya dejado tantos años en el tintero. No obstante, sea en primera persona o a transportándose en el tiempo, lo importante es que nos siga deleitando con más historias y anécdotas. Prolongue el tiempo si es necesario.

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