La aventura de los libres

La aventura de los libres

La jornada discurrirá no exenta de sorpresas, no siendo la menor la llamada al examen de Formación del Espíritu Nacional -Política, para otros-, materia de cuya existencia el examinando no tenía noticia alguna.

Con las primeras luces de una mañana clara y fresca de junio comenzaba el desfile de familias y grupos de alumnos por las rampas laterales y la escalera central hacia el amplio patio ajardinado de aquel edificio de color blanco colonial, pero de portada clásica, con dos largas alas rematadas por rotondas y flamantes ventanales acristalados, frente a la vieja arquitectura del entorno.

Habían llegado aquella misma mañana en las camionetas de Paco el de Quico –también llamado Gómez- de Águilas, María y los Vélez, o en el tren borreguero desde los confines del Almanzora, las hoyas de Granada o la serranía de Jaén; si no lo hicieron el día anterior para no llegar tarde a la tan esperada y temida cita. Ahora los bancos de piedra bajo las acacias se van poblando de los que dan el último repaso en libros, cuadernos y mapas mudos mientras atacan el bocadillo, y se forman corrillos donde pajarean, dando los últimos consejos y arengas, maestros particulares, profesores de academias y monjas con tocas de alados vuelos.

Vista del Instituto desde la entrada este a finales de la década de los cincuenta (AML).

Entre los tiernos infantes y crecidos zagalones que componen el grueso del pequeño ejército repeinado y rumoroso que comienza a invadir la fortaleza acristalada, fijaos sobre todo en aquel, vestido de pantalón corto sobre cuerpo prematuramente zanquilargo, que avanza deslumbrado por las solemnes escalinatas y los interminables pasillos de altos techos abovedados, paredes blancas y desconcertantes zócalos amarillos; si no es que, desorientado y descompuesto, entra de urgencia en una de las enormes salas con decenas de lavabos, urinarios e inodoros jamás usados ni vistos por él. Todo lo cual da un aire aséptico de sanatorio u hospital al raro edificio.

Entre tanta algarabía, lo veremos acceder al aula donde tendrá lugar su examen de ingreso -como lo hizo treinta años antes un tío suyo, también llegado de Aguaderas-, ante un tribunal de ceño adusto y solemne, compuesto, según susurraban algunos enterados, por un tal don Alfonso, don Antonio Hernández y don Santiago; o por don Francisco Ros, La Pascuala y don José María Pastor. Allí, con mano temblorosa, escribirá el dictado, que no ha de tener falta alguna, y hará frente luego al fuego graneado de un interrogatorio misceláneo sobre Matemáticas, Geografía e Historia, Religión y otras ciencias, jugándose el apto o no apto que decidirá su futuro.

Al día siguiente, superado milagrosamente el ingreso, seguramente lo veremos examinarse de Primero, “pasando de clase en clase, de tribunal en tribunal, de profesor en profesor, dando cuenta en una larga mañana o en una tórrida siesta, de todo cuanto uno pudiera dar de sí”, tal como lo cuenta un tal Jiménez Madrid, venido de Águilas a los mismos menesteres. Peregrinación guiada por un bedel nervioso y atropellado que, mientras devora un suculento bocadillo, llamará con voz ceceante e ininteligible a uno u otro examen.

La jornada discurrirá no exenta de sorpresas, no siendo la menor la llamada al examen de Formación del Espíritu Nacional -Política, para otros-, materia de cuya existencia el examinando no tenía noticia alguna. Además, le llegarán rumores que dan por hecho que al examen de Educación Física, convocado para la tarde, se ha de acudir ”con pantalón y zapatillas de deporte”, materiales absolutamente desconocidos del susodicho y su familia. Tras el periplo infructuoso de su madre por tiendas y alpargaterías para conocer en qué consistía aquel raro atuendo, todo concluyó cuando el zagal, tras ardua deliberación de sus examinadores, con ropa de calle y unas alpargatas azules compradas “ca” La Guapa, saltó el plinto y corrió los ochenta metros lisos, llegando a la meta descalzo y primero, con el beneplácito de todos.

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5 Comments

  • Celia
    1 julio, 2019, 22:46

    Qué bien contada la historia y qué bien adaptada, la manera de narrar, a la época que rememora. Una lectura amable y deliciosa, como siempre.

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  • Mercedes Martínez Gómez
    2 julio, 2019, 10:39

    Yo pasé por lo mismo pero acompañada por una monja del colegio de San Francisco. Recuerdo el famoso dictado, el examen de mates y el interrogatorio posterior a cargo de un tribunal imponente formado por Don Alfonso, encargado de la lectura de un breve texto sobre un cerdito con un rabo en forma de sacacorchos y las consiguientes preguntas sobre comprensión ; por doña Carmen Rey ( tuve que señalar más o menos dónde se situaba Sevilla en un inmenso mapa) y otro profesor que no recuerdo.
    Quién debió sufrir más fue la religiosa que nos acompañaba quien, al concluir el examen , acudió presurosa a preguntarme cómo había escrito « cabeceo»

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  • Antonio José Mula Gómez
    2 julio, 2019, 11:19

    La crónica del maestro Quiñonero – excelente prosa – me hace recordar el ingreso en el Instituto, hace ya más de 50 años, porque entonces, para entrar en el Instituto se hacía un examen de ingreso ante un tribunal de la casa, al igual que para conseguir una beca. ¡Igual que ahora¡.
    Los alumnos oficiales tuvimos la ventaja de hacer la preparatoria en el mismos Instituto, lo que nos daba pie para familiarizarnos con el centro que nos acogería y formaría en los siguientes años (7 cursos, incluido el pionero COU con dos reválidas). Recuerdo a los solemnes integrantes del tribunal, en aulas donde el aire acondicionado entraba a condición de que penetrara aire por las ventanas abiertas de cristal opaco de la segunda planta, donde el calor era sofocante. Nadie protestaba, ni siquiera los papás y mamás. Recuerdo los nervios que pasamos y los de las familias, pues entrabamos en el Instituto para hacernos «hombres de provecho», pero recuerdo también a los alumnos libres, a aquellos que venía de los confines de la subregión lorquina, en acertada definición de Horacio Capel sobre la zona de influencia de Lorca y de su Instituto. Eran verdaderas oleadas de personas, algunas mayores, que acompañados de familiares e incluso de maestros, se aprestaban al acceso al bachillerato. La crónica contada es fiel reflejo de la realidad. De algunos de aquellos, sobre todo, de los de la cuenca del Almanzora tengo imágenes imborrables y gratos recuerdos de los años compartidos. ¡ Qué tiempos ¡

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  • Jose Montiel
    2 julio, 2019, 14:40

    Entrañable y preciosa evocación, que despierta lejanos recuerdos. Ha sido un placer.

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  • Fernando Martínez Serrano
    2 julio, 2019, 20:21

    Pepe tiene la prodigiosa habilidad de superarse en cada relato de esta maravillosa serie que nos está regalando.Buena prueba es este fragmento autobiográfico de su acceso al Instituto superando pruebas que hoy parecerían excesivas para niños de esa edad.
    Genial la referencia a la Formación del Espíritu y a la educación Física.

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