LA BELLEZA DE LAS COSAS ESTÁ EN EL CORAZÓN DE QUIEN LAS MIRA

LA BELLEZA DE LAS COSAS ESTÁ EN EL CORAZÓN DE QUIEN LAS MIRA

La belleza de las cosas está en el corazón de quien las mira. Esta fue la frase que me asaltó al mismo dejar la compañía de mi amiga, y me alegré mucho por ella hasta sentirme de alguna manera dispuesto a relativizar lo que me deparara el día. Hoy quiero compartir esa frase con todos vosotros, por si le sirve a alguien de algo.

A veces estamos tan inmersos en el curso distraído de nuestros propios pensamientos que no somos capaces de disfrutar de los pequeños placeres que nos ofrece la vida. No me refiero a las grandes y transcendentales cosas que difícilmente vienen con la cotidianidad, sino más bien a esos detalles que nos pasan desapercibidos por estar enfrascados en nuestras cuitas propias.

Esas que siempre nos parecen importantísimas y que consumen nuestro tiempo con una exaltación del yo superlativo. Por ejemplo, el aroma a primavera que se puede percibir ahora mismo, el color y el brillo del sol acariciador, el verde de las plantas, la sonrisa de un niño, un recuerdo hermoso provocado por la visión de unas flores rojas, amarillas y violetas. En definitiva, la maravillosa experiencia de sentir la vida latir en los pulsos permitiendo a nuestros sentidos que salgan fuera de nuestro caparazón.

¿Y por qué digo todo esto?. Pues muy sencillo, queridos lectores y amigos, es debido a una lección que me regaló una buena amiga el otro día.

Casualmente la encontré en una calle cualquiera con su gorro puesto que era lo único que delataba el que estaba inmersa en un proceso medico de quimioterapia que ya duraba unos cuatro meses. Y la vi que estaba llevando a cabo sus tareas cotidianas como si tal cosa. Pero lo que más me llamó la atención fue la enorme sonrisa que fue capaz de esbozar con total naturalidad. Se sentía bien y eso se notaba. El motivo era muy importante para ella, pero podría pasar desapercibido para cualquier observador ocasional; el medicamento que le estaban poniendo era diferente del anterior, y según me dijo con una energía que me resultó contagiosa: ‘Ahora no tengo tanto gusto metálico en la boca, y no me salen llagas en la misma. Eso me está permitiendo comer algunas cosas más, antes únicamente podía ingerir líquidos’. Eso y que el bulto que había dado origen a aquel tratamiento se iba reduciendo, era todo lo que necesitaba en esa hermosa mañana para sentirse bien.

Besé sus mejillas con agradecimiento porque acababa de darme un guía precisa para que en una mañana tan brillante como aquella, dejara de divagar intentando cazar problemas y resolverlos en mi viaje interno.

La belleza de las cosas está en el corazón de quien las mira. Esta fue la frase que me asaltó al mismo dejar la compañía de mi amiga, y me alegré mucho por ella, hasta sentirme de alguna manera dispuesto a relativizar lo que me deparara el día. Hoy quiero compartir esa frase con todos vosotros, por si le sirve a alguien de algo.

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