La buena educación

La buena educación

Algunos de los que la tratamos mil veces, siempre apresurada, pero siempre atenta a lo que ocurría, y siempre reposada a la hora de escuchar, y siempre cuidadosa en la reprensión, y siempre pródiga en dar ánimos, quisimos ser de mayores como ella; aunque fue una esperanza vana, por inalcanzable.

Dos detalles nos ayudan a situar la escena en el tiempo: ese cable eléctrico enchufado al formidable aparato que sobrevuela el ala derecha de la mesa, que nos aleja del siglo XIX, y sobre todo el teléfono rojo flamante, en todo semejante al que da nombre a la película de Kubrick, que nos conduce inequívocamente a la modernidad de los años 70 del pasado siglo, mil veces visto en imágenes y películas, e incluso en la propia casa de algunos. Pero la información definitiva nos la dará el propio personaje, de apariencia delicada y frágil, al que aparentemente le sobra sillón, y mesa, y casi medio palmo de teléfono. Pero no se confundan, que las apariencias engañan y la buena esencia -dice el refrán- se guarda en frascos pequeños.

María Guirado Cid en el despacho de dirección, hacia 1975 (Archivo del Instituto).

Volviendo atrás en el tiempo, les diré que una mañana de principios de octubre de 1967, al comienzo del curso, irrumpió en el aula una profesora, y además de Literatura Española, según pudimos saber enseguida, pertrechada de un bolso considerable y de un paquete voluminoso de carpetas, papeles y sobres, a la que en principio no concedimos demasiada importancia, acostumbrados a que la autoridad y el prestigio docente lo dieran sobre todo las apariencias solemnes e incluso sobrecogedoras. Pero pronto comprobaríamos nuestro error: la esencia de la buena educación y de la humanidad se guardaba en aquel cuerpo pequeño, del que manaban inagotables el gusto por lo que hacía y decía y el orden y la seriedad en el trabajo, basado en la armonización del estudio teórico y las actividades creativas que nos llevaban a leer, y a recrear lo que leíamos escribiendo, recitando o representando.

Pero su labor no acababa aquí, sino que empezaba, para extenderse más allá del aula: porque se trataba de conocer los gustos, inquietudes y problemas de sus discípulos con una dedicación que anticipaba, e incluso sobrepasaba, el concepto de tutoría, que aún no se conocía. Además, con ella no había que echar de menos los modernos departamentos de orientación con sus equipos de psicólogos y pedagogos, aún no inventados.

Y cuando años después ocupó la mesa, el sillón y el teléfono grandes, su labor como Directora, además del trabajo de gestión, se centró en la atención a la gente, de manera que si usted pasaba por la puerta del despacho a cualquier hora, no necesitaba asomarse para ver lo que allí ocurría: la cola de padres, alumnos, profesores, subalternos y proveedores delataba esa atención exquisita, ese deseo de resolver los pequeños detalles y los grandes conflictos, que eran seguidos de día y de noche, y a todas horas. A lo que se añadía el ya dicho teléfono rojo, que extendía el área de contacto y de influencia hasta el infinito, y la complicidad con profesoras jóvenes, que pensaban o llegaron a pensar como ella: María Agustina, Ana Caicedo, María Luisa Munuera…

Algunos de los que la tratamos mil veces, siempre apresurada, pero siempre atenta a lo que ocurría, y siempre reposada a la hora de escuchar, y siempre cuidadosa en la reprensión, y siempre pródiga en dar ánimos, quisimos ser de mayores como ella; aunque fue una esperanza vana, por inalcanzable.

Luego, desde la lontananza de Alcantarilla o de Murcia alentaba el Certamen Literario María Agustina, que ella creó, y seguía nuestros pasos, y nosotros la seguimos recordando. Hasta ahora,

que, aunque la vida perdió,
dejonos harto consuelo
su memoria.

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7 Comments

  • Romualdo Mateos Ramos
    4 junio, 2019, 10:54

    Pues sí, Pepe ha compendiado sabiamente algunos de los valores que definían y singularizaban a tan eximia profesora,que,con el paso del tiempo, y sin necesidad de superar un concurso-oposición, alcanzó el grado más alto de la docencia: el de MAESTRA, que solamente lo otorgan los discípulos, una vez que tratan de seguir los pasos de quien les instruyó.
    Las Maestras y los Maestros son personas con VOCACIÓN,esto es,que siguen, hasta el límite de sus fuerzas, el llamamiento de su tarea y se entregan a ella sin regatear un ápice de aliento.
    Sí, todo eso y mucho más fue María. Siempre en mi recuerdo. Gracias,Maestra.

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  • Fernando Martínez serrano
    4 junio, 2019, 20:18

    Magnífico retrato psicológico.Sin duda lo más definitorio y significativo de un profesor es la huella que deja en sus alumnos.María fue de las que lo consiguió sobradamente.

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  • Celia Martínez
    5 junio, 2019, 13:46

    » Enhiesto surtidor de sombra y sueño» ……fue el comienzo de la mejor clase de semántica que había escuchado. Con qué acierto, rigor y emoción,verso a verso, iba extrayendo y explicando los términos que incidinciden en la verticalidad y el ascenso del ciprés de Silos. Reconozco que me atrapó para siempre. ¡Qué maravilla la delicadeza y profundidad de sus comentarios mientras iba y venía , tan pequeña, por el aula !
    Siempre ,en mi recuerdo,está profesora sensible y aparentemente frágil que me enseñó a desentrañar los significados de las palabras

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  • José Quiñonero Hernández
    6 junio, 2019, 12:01

    Reproducción literal del comentario que remite Juana Carrillo:
    «A María Guirado la conocí cuando fui al Instituto «J. Ibáñez Martín» buscando un libro porque tenía que hacer un trabajo, yo estaba todavía estudiando en la Universidad. Me la presentaron como profesora de Lengua y Literatura y encargada de la Biblioteca. Me recibió con gran amabilidad y sobre todo cuando le dije que había sido antigua alumna del Centro.
    Más tarde, tras acabar la carrera, volví al Instituto como profesora y nos volvimos a encontrar, a partir de entonces fuimos compañeras pero sobre todo amigas hasta su fallecimiento. Con María, exceptuando 7 u 8 años, he estado toda mi vida profesional. Al trasladarme a Murcia, al Instituto «Ldo. Fco. Cascales» nos volvimos a encontrar, era la directora del Centro y yo formé parte de su equipo directivo hasta que dejó la dirección.
    Pero por encima de todo, María Guirado era mi amiga muy querida, sentía por ella una gran admiración como profesora, pues estaba dedicada en cuerpo y alma a la enseñanza. No he conocido a nadie con una vocación tan profunda..
    El día de su jubilación, contrariamente a la acepción del término, fue para ella uno de los días más tristes de su vida, y lo digo con conocimiento de causa. Hoy la Biblioteca del centro «Ldo. Fco. Cascales» lleva su nombre.»

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  • Mercedes Martínez Gómez
    6 junio, 2019, 14:03

    Cuando María llegó a Lorca yo ya estudiaba en Murcia pero la conocí muy pronto a través de mi hermana. Cuando terminé la carrera, me regaló las obras completas de F. G. Lorca con una preciosa dedicatoria. Ya como compañeras de trabajo, me recomendó los libros clave para adentrarme en la Lingüística , sus diferentes escuelas y su endiablada nomenclatura. Al separarse el centro en dos institutos, cómo me gustaba atravesar el Ibáñez y verla enfrascada en sus labores de dirección, la puerta del despacho siempre abierta!toda su vida. Admire’ siempre su bien hacer, diplomacia, sensibilidad y generosidad. Desde « la última esfera» seguro que sigue velando por nosotros. Gracias, Maria

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