La magia del coloso blanco

La magia del coloso blanco

Y lo que me causó mayor impacto: la figura de una Virgen coronando aquel desguace, aquel moridero inusitado y clandestino en el que, sin duda, habitaba también algún ratón (quizá el mismo que frecuentaba los pasillos y las clases del Nocturno).

Ya en otro lugar les hablé de ti, del cariño que te tengo y de lo presente que has estado y estás en mi vida. Pero lo que aún no les he contado es la fascinación que ejercían sobre mí tus pequeñas cosillas, tus ocultos secretos… Permíteme que desvele alguno de ellos… para que también conozcan tu lado oscuro y mágico, a veces inquietante, pero siempre seductor y entrañabilísimo.

Todavía hoy recuerdo con escalofrío algunos episodios que viví bajo tus techos. Es el caso de un día que andaba yo algo despistadilla buscando algo o a alguien (no recuerdo). De repente me hallé delante de una puerta entornada que me invitaba a meter la cabeza. La atravesé temerosa. Resultó ser el Departamento de Ciencias Naturales, hasta entonces un desconocido para mí. De pronto me vi frente a un armariazo oscuro, de puertas acristaladas que albergaba una suerte de animales disecados, polvorientos, antiguos, que me miraban fijamente desde su estatismo, mudos, impasibles. Un mono, un zorro, un águila, un esqueleto humano… y otros enseres siniestros completaban la vitrina. ¡Qué espanto! ¡Qué pesadilla! Salí de allí horrorizada, aturdida y nunca quise volver a aquel lugar. ¿Por qué nadie advierte de la existencia de estos sitios? ¿Acaso se piensa que la sensibilidad del alumno de a pie está a prueba de bombas…? Creo que esa fue la razón por la que me decanté por las Letras.

Otro suceso tan insólito como desazonante tenía como escenario el aula de Música, sita en la planta baja, enfrente de la sala de profesores. Había allí un retrato de Beethoven, colgado justamente detrás de la mesa de la profesora. Era un aula demasiado pequeña, demasiado estrecha, demasiado incómoda. Las sillas estaban alineadas en tres filas y no disponían de un pupitre delante de cada una. Esta disposición favorecía el revuelo, el alboroto y la inquietud del alumnado adolescente. Pues bien, corría la leyenda, la creencia, el rumor de que cada vez que la profesora se ausentaba de clase unos minutos pretextando ir a hacer fotocopias, en realidad, se iba al aula contigua (el Departamento de Geografía e Historia) para espiar el comportamiento de los alumnos a través de un agujero en la pared hecho exactamente a la altura de uno de los ojos del retrato. ¡Mejor no pensarlo!

Vista de la Capilla-Salón de Actos del Instituto (Archivo Instituto).

En 2º de BUP elegí la asignatura optativa de Teatro. El lugar en el que se impartían las clases era, naturalmente, el salón de actos, por contar éste con escenario y patio de butacas. Ensayando una comedia cuyo nombre no recuerdo, quisieron las “exigencias del guión” que tuviera que ocultarme detrás del descomunal telón y, desprevenida como andaba… ¡Oh maravilla! El espectáculo que se abrió ante mis ojos era casi inefable. En un espacio semicircular, semejante a la girola de una iglesia, de elevadísima techumbre y alargadas vidrieras góticas, se hacinaban toda suerte de chismes y cachivaches: sillas a las que les faltaba el asiento o el respaldo, junto a otras en buen estado, pupitres mutilados a los que le faltaba una pata, o dos, o el tablero, cajas de cartón, floreros, esquineras de madera, fanales de cristal que antaño habrían albergado santos, candelabros barrocos, sillones que parecían sacados del Renacimiento… Y lo que me causó mayor impacto: la figura de una Virgen coronando aquel desguace, aquel moridero inusitado y clandestino en el que, sin duda, habitaba también algún ratón (quizá el mismo que frecuentaba los pasillos y las clases del Nocturno). Fue entonces cuando descubrí que aquel imponente salón de actos había sido otrora una capilla de la que aún quedaban esas reminiscencias (de aquellos barros, estos lodos) decadentes. Aquél era, en suma, un lugar mágico en el que lo solemne y lo sagrado se reconciliaban con la vulgaridad de lo doméstico. ¿Qué otro posee un encanto tal?.

Este magnífico hallazgo hizo que en lo sucesivo estuviera deseando que me tocara Teatro, para poder despistar unos inocentes minutillos y regalárselos a mi insaciable curiosidad. En aquel desván fantástico volaba mi desbordante imaginación, que también advirtió la presencia discreta y desapercibida de dos puertecillas en los laterales del patio de butacas siempre cerradas con llave, que daban acceso nunca supe a qué… ¿Qué ocultarían? Lamentablemente jamás estuve presente en el momento en que se abrían. Nada hay más estimulante que una puerta cerrada, al menos para mí. Aún hoy sigo sin saber lo que escondían.

En fin, perdóname por profanar tu intimidad, sin duda uno de tus mayores atractivos. Pero estas pequeñeces te hacen entrañable, como de la familia.

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3 Comments

  • Celia
    17 septiembre, 2019, 22:25

    Estos relatos, escritos desde lo más profundo de uno mismo, casi cerrando los ojos para revivir cada instante y olfatear los materiales y el polvo de la memoria, cuando están tan bien contados, parecen vividos por el lector que los descubre por primera vez.
    Un placer, su lectura

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    • Antonio José Mula Gómez@Celia
      18 septiembre, 2019, 12:44

      Parece una novela de misterio, tal como lo cuenta la profesora Guirao Castroverde, pero efectivamente, nuestro Instituto se prestaba a ello. Un edificio de las primeras décadas del siglo XX y mucho materiales heredados del viejo Instituto, aquel que se inauguraba en 1864. Cuando yo estudiaba allí, el Salón de actos cumplía su doble función: sala de actos y capilla, con su altar y con todos lo símbolos e iconografía propia, que mediante un cortinaje, se reconvertía en salón de conferencias, teatro o en un salón multiusos.

      Sobre los animales disecados, que algunos daban miedo, recuerdo que estaban en la clase de ingreso y eran en buena parte del legado del viejo Instituto, que junto con muchos aparatos del Gabinete de Física y de Química, fueron adquiridos en el siglo XIX por decisión del gran director del Instituto viejo, Francisco Cánovas Cobeño y que costó Dios y ayuda, que se quedasen en Lorca y no se incorporasen al Instituto Provincial de Murcia, cuando se cerró el nuestro en 1.883. También la biblioteca, parte de la cual provenía también del desaparecido Instituto. La recuerdo en el ábside de uno de los pasillos, con libros y documentos interesantes, con ediciones raras y documentos de la historia del centro. Un tesoro.
      Misterios y tesoros de nuestro Instituto.

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  • A. Belén Ruiz
    29 septiembre, 2019, 22:22

    Y aún describiendo su lado oscuro, su relato transmite dulzura, Doña Obdulia, imagino que tanta como sentía por el Instituto y tanta como nos transmitía a nosotros. Gracias por estos detalles, que algunos no pudimos encontrar por más que fuéramos curiosos/as.

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