La solemne inauguración

José Quiñonero Hernández

El busto de Franco, sobre elevado pedestal, preside la escena, no como fondo, sino en primer plano, como un filtro entre las jerarquías y el público que las escucha y vitorea.


Primer Instituto 9 enero, 2019


Imaginen ustedes conmigo que, en 1944, el ya desaparecido Roland Barthes, aún no cumplidos entonces los 30 años, levantara la cabeza y la asomara entre los pesados cortinajes que separan el altar del escenario, en el salón de actos del nuevo Instituto, que esta mañana se inaugura.

Acompañémoslo para comprobar que el prestigioso filólogo, aunque fuera sordo, ayudándose de la nueva ciencia de la semiología, podría observar e interpretar multitud de señales y de signos en aquel escenario y en los personajes que lo pueblan. Si nuestro amigo Barthes dice que uno de los principios de la nueva ciencia es que todas las cosas significan y cualquier objeto es interpretable como significante de un significado, todo en este escenario le hablaría del nacionalcatolicismo, de la fusión de franquismo, religión y ciencia como una unidad de destino en lo universal.

El busto de Franco, sobre elevado pedestal, preside la escena, no como fondo, sino en primer plano, como un filtro entre las jerarquías y el público que las escucha y vitorea. Emergiendo sobre el gris oscuro de los cortinajes y faldas de la mesa, que da al cuadro un tono austero y espartano, veremos dos airosos candelabros, escapados de algún decorado decimonónico, que más que aclarar, ocultan la imagen de los personajes; y un crucifijo marfileño que santifica la escena.

Discurso del Director D. José Pascual ante las autoridades y jerarquías. (Menchón-Archivo Instituto).

Barthes tomará nota, sobre todo, de los uniformes de los personajes, que hablan de las ideas y jerarquías de la nueva sociedad: los de las autoridades del Régimen, más de la mitad, del Ministro hasta el alcalde, compuestos de camisa azul, chaqueta blanca, alguna banda y gorra militar, con el complemento de bigotillo recortado y gafas redondas oscuras; las capas, solideos y cruces pectorales de los obispos; el uniforme de una autoridad militar, arrinconado y oscurecido en el extremo derecho de la mesa; y, finalmente, los arreos de dos autoridades académicas: la toga, muceta y puñetas del director del Instituto, y la toga y medalla del inacabable Rector Batlle, de la Universidad de Murcia.

Nuestro curioso filólogo, ya informado, apenas prestará atención a lo demás, como el discurso del Director Sr. Pascual, que glosa las glorias y miserias del viejo Instituto, ahora renacido con esta «obra colosal», debida al Sr. Ibáñez Martín y «al excelso Caudillo, invicto salvador de nuestra amada Patria», para acabar con un encendido «¡Viva Cristo Rey! ¡Arriba España!»; discurso muy aplaudido y luego escrito en un festoneado manifiesto.

Tampoco escuchará las palabras del alcalde de la ciudad, que manifiesta su «incondicional adhesión al Caudillo y a su política»; ni la extensa perorata del Ministro, destinada a ensalzar con datos la política del Régimen, encaminada a la revitalización espiritual y cultural de España con la creación de nuevos institutos, que concluye con las consignas de rigor, «respondidas por el público, que aplaudió calurosamente, manifestándole su profundo sentimiento de adhesión al Caudillo y al Régimen».

Las crónicas periodísticas darán cuenta, además, de que, terminado el acto y la visita posterior a las dependencias del nuevo centro, «a la salida del Ministro, el público, estacionado en las inmediaciones, prorrumpió en vítores a España, al Caudillo y al Ministro, que correspondía a estas aclamaciones con el brazo en alto y con visibles muestras de emoción». Signos de entusiasmo que el semiólogo no dejará de anotar en su cartera, mientras se abre paso entre la multitud camino del Óvalo.

5 respuestas a “La solemne inauguración”

  1. AJ Mula Gómez dice:

    Y llegó el momento más esperado, el de la inauguración del tan deseado Instituto. El sagaz cronista José Quiñonero ahora tramutado en R Barthes, interpreta la ceremonia a la luz de lo que ve y observa y de lo que se escribió. Todo, sin duda es lo que parece, un ceremonial clásico, aderezado con los signos y símbolos de un régimen que cara al sol, con sus autoridades y jerarquías, pregonaba las bondades de un oscuro nuevo amanecer. Con todo, el Instituto era ya una realidad, que significó mucho para Lorca y su comarca, como seguramente el cronista tiene intención de enseñarnos en posteriores entregas. Ánimo.

  2. José Quiñonero Hernández dice:

    Reproducción literal del testimonio enviado por D.Miguel Periago: «Sobre el edificio y su inauguración puedo decir que asistí, de la mano de mi madre, al momento en que el ministro Ibáñez Martín dio por inaugurado el edificio. Después, en la escuela Preparatoria, cursé los estudios de ingreso al Bachillerato. Creo que no añado nada si digo que, en este nivel de enseñanza, los estudios tenían lugar en régimen mixto (alumnos/alumnas), y en horario de mañana y tarde (de lunes a sábado). Por otra parte, la enseñanza no era gratuita. Se pagaba una cantidad mensual, las llamadas
    permanencias.
    Empecé los estudios de Bachillerato por el plan de 1938 y los acabé con el plan, creo, de 1953, con un apresurado examen de bachillerato superior en diciembre de este año, a lo que siguió un cursillo preuniversitario (ciencias/letras), que puedo calificar de muy positivo. Esta es mi andadura personal como alumno del centro en esos lejanos años.
    Pasado el tiempo, accedí por oposición al cuerpo de catedráticos de Instituto (en la disciplina de griego) y posteriormente al cuerpo de Inspectores de Enseñanza Media por el mismo procedimiento administrativo. Tras mi paso por Barcelona como inspector, accedí a la Inspección de Murcia. Y en el momento en que tenía lugar el cincuentenario del centro era el inspector que supervisaba el mismo.
    Se me invitó, como antiguo alumno, a los actos que tuvieron lugar».

  3. Marisol dice:

    Extraordinario texto descriptivo del momento presidido por el busto del Caudillo, has conseguido transportarnos al acto. Me encanta leer y seguir tus crónicas sobre este Centro tan importante para Lorca y para la Comarca. Un saludo.

  4. Fernando Martínez Serrano dice:

    Magnífico el recurso al filólogo-detective para interpretar la parafernalia del «Régimen».
    Aunque no te guste lo voy a decir:tu maestría narrativa y la envidia de algún indeseable son directamente proporcionales; cuanto mejor lo haces, más crece en él el rencor.
    Pues muy bien,»allá se lo haya y con su pan se lo coma»,que diría Cervantes.
    Tú sigue regalándonos estas sabrosísimas entregas.

  5. A.Belén Ruiz dice:

    Me hace gracia sentir cómo desde el primer párrafo me transporta al pasado, como si estuviera entre el público, dando rienda suelta a mi imaginación y viendo los personajes y cosas que, a lo mejor, ni ha descrito pero que, simplemente, se sienten por estar inmersa en la escena.

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