Los mejores años de nuestra vida

Los mejores años de nuestra vida

Los mejores años de nuestra vida comenzaron aquella primera mañana del mes de septiembre. Recuerdo un revuelo tremendo en una de esas clases amarillas de grandes ventanales. Compañeros nuevos después de una década viendo las mismas caras en el colegio, dos pizarras tamaño universidad, algunos profesores con corbata y, al fin, un recreo en el que podíamos cruzar la calle y mezclarnos con el alboroto de los desayunos y los periódicos en las cafeterías de enfrente.

A don José Quiñonero

Los mejores años de nuestra vida comenzaron aquella primera mañana del mes de septiembre. Recuerdo un revuelo tremendo en una de esas clases amarillas de grandes ventanales. Compañeros nuevos después de una década viendo las mismas caras en el colegio, dos pizarras tamaño universidad, algunos profesores con corbata y, al fin, un recreo en el que podíamos cruzar la calle y mezclarnos con el alboroto de los desayunos y los periódicos en las cafeterías de enfrente. El principio de la vida adulta o, al menos, eso me pareció a mí.

Los profesores, cada uno en su materia, me estaban revelando una nueva manera de afrontar los estudios. Las Matemáticas ocupaban el espacio con sus formas desarrolladas; la Historia había dejado de ser una selección de cuentos ilustrados y ahora los reyes y emperadores del pasado se instalaban en los tiempos modernos; la Física, ese enemigo del alma, comenzaba a visualizarse en el horizonte y amenazaba con quedarse para siempre.

En otra dimensión estaba el profesor de Lengua y Literatura. Caminaba por el aula un tanto cabizbajo. Se escuchaban sus pasos yendo y viniendo de un lado para otro y, en ocasiones, le robaba la palabra a los grandes escritores y su voz planeaba sobre nosotros. De repente se subía a su mesa para imitar al narrador de un texto de Azorín, o simulaba detenerse en la ribera del Duero para hablarnos de los milagros de la primavera, o todo se volvía gris y medieval y nos hacía creer que cualquier tiempo pasado había sido mejor.

Aquellos escritos empezaban a revolucionar nuestro pequeño universo de catorce años de edad. Los libros que el profesor sacaba diariamente de su maletín eran un espectáculo de magia ambulante. A menudo me creía atrapado en sus historias y no dejaba de tener una sensación amarga de haber llegado tarde, de que esas ideas y esas formas de expresión me habían sido robadas. Sé que mis memorias, contempladas con los ojos de hoy, pueden resultar poco creíbles, pero yo recuerdo haber visto a mis compañeros leyendo poemas de Pablo Neruda entre clase y clase, y recuerdo noches de derrotas amorosas aliviadas con tertulias literarias.

Aunque seguramente, el momento en el que todo cambió fue cuando cayó en nuestras manos El camino de Miguel Delibes. Cuando evoco aquellos años, me viene la misma imagen a la cabeza: unos rayos de sol iluminando las montañas del valle, el pueblo aún dormido en el sueño profundo de la noche, la Uca-Uca atravesando la bocanada de hierba fresca y boñiga de los primeros instantes de la mañana y Daniel el Mochuelo asomándose a la ventana de su casa. Entonces asisto al que es posiblemente el encuentro más entrañable de toda la literatura que leímos en el Instituto. “Mochuelo, ¿te acordarás de mí?” le pregunta la Uca-Uca. Y después de un extenso silencio, Daniel el Mochuelo, conteniendo las lágrimas, le pide que no deje a la Guindilla que le quite las pecas. “¿Me oyes?”, le dice, “¡No quiero que te las quite!”. Menuda despedida. Esos dos chicos desprenden el mismo fuego que Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en Casablanca.

Para mí esta novela supuso una revelación enorme y siento que mi paso por el Instituto estuvo marcada por sus páginas. Descubrí que todos mis conocimientos del mundo cabían en un pequeño pueblo castellano, que el Moñigo y el Tiñoso eran, en realidad, mis vecinos de pupitre y que comenzaba a mirar a aquellas musas inconquistables de los cursos superiores con los mismos ojos con los que el Mochuelo miraba a la hija del Indiano.

Lo que sucedió más tarde, los exámenes, suspensos y aprobados, los primeros amores, los amigos para siempre, creernos escritores en Santo Tomás de Aquino y atletas griegos en la hora de Educación Física, los viajes de estudios, llegar a Segundo de Bachiller, la temida Selectividad, todo aquello que fue el Ibáñez Martín, al igual que en tantas otras generaciones, terminó por marcharse. Al final, nos subimos al tren de Daniel el Mochuelo y vimos los mejores años de nuestra vida perdiéndose a lo lejos como si ya nada tuvieran que ver con nosotros, como si hubiesen pasado a pertenecer a unos desconocidos en ese breve espacio de tiempo que dura una despedida.

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4 Comments

  • Antonio José Mula Gómez
    24 septiembre, 2019, 19:27

    Es evidente que leyendo este magnífico texto, comprueba uno lo abultado de la mochila, cargado de años, pues Julio es hijo de un amigo y compañero del viejo instituto. Enhorabuena, utilizar "El camino" de Delibes y recordar con tanta maestría y tan bien escrito al admirado profesor que tanta huella le dejó y que le marcó para el futuro, es digno de encomio y de consideración.

    Excelentes alumnos, magníficos profesores. Este es nuestro Instituto

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    • Julio Pérez-Muelas@Antonio José Mula Gómez
      25 septiembre, 2019, 14:31

      Muchas gracias. Como le digo siempre a tu gran amigo Don José Quiñonero, yo aún no he conseguido salir del Ibáñez Martín, y por lo que estoy viendo estos meses creo que no soy el único.
      Un saludo

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  • José Quiñonero Hernández
    25 septiembre, 2019, 16:27

    Julio Pérez-Muelas es un modelo de lo que algunos hubiéramos querido ser de mayores, pero nos lo impidió nuestra probada incompetencia. Interesado desde niño por los libros, por el teatro, por el cine, y con un buen expediente en Letras, decidió licenciarse en Física, disciplina que a algunos, si no a muchos, nos parecía el colmo de lo incomprensible. Así podría aspirar al menos al modelo de hombre completo, que postulaban los renacentistas. Y no como otros, que nos vimos abocados sin remisión a las letras, sin que nadie nos preguntara por qué lo hacíamos, ya que nuestra incapacidad era manifiesta.
    Ahora, en la América profunda de las praderas de Indiana, Julio es una pieza importante de una empresa de componentes automovilísticos, y en sus pocos ratos libres añora el Instituto que amamantó sus deseos de saber, y el cine negro, y el de Garci, y todavía se afana por escribir mejor, continuando aquella inacabable batalla que inició hace muchos años con la Ortografía y con algunos profesores que la "ejecutaban".
    Y aún más: cuentan que viaja a todas partes con el viejo libro de texto, Lengua viva, que despertó sus deseos de saber más y de escribir mejor. Aunque quizá sea pura leyenda.

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    • Julio Pérez-Muelas@José Quiñonero Hernández
      26 septiembre, 2019, 0:34

      Muchas gracias por sus palabras, Don José.

      Si tuviera la valentía de surcar el océano Atlántico y de atravesar "las verdes praderas" de este lugar donde vivo, comprobaría que en una de las estanterías de mi casa, precisamente al lado de los libros de José Luis Garci, descansan los dos volúmenes de Lengua Viva que me iniciaron en esa locura de ser su alumno eterno.

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