Memoria sentimental del Instituto

Memoria sentimental del Instituto

Hasta que cada uno se fue por su lado: unos dejaron de estudiar, los demás se dividieron entre Ciencias y Letras, y siguieron todos su vida, de manera que a algunos dejamos de verlos, o los veíamos circunstancialmente, o se marcharon fuera, e incluso alguno se fue para siempre.

Miradlos. Ahí están

Franco, García García, García González, García Navarro

en una estampa fija, como si el tiempo y el alboroto inacabable de aquella fauna variopinta e inquieta se hubieran detenido, enredados en el color sepia de un viejo daguerrotipo. Ahí están los treinta y cinco, sentados en las viejas bancas de madera de dos cuerpos, uno con el tablero inclinado manchado con los chorretes de la tinta derramada en ocasiones innumerables y el otro con los asientos de pala que se abrían y se abatían en medio de golpazos estentóreos, que se acompañaban de una quejumbre y un chirriar constante con el movimiento continuo de los cuerpos inquietos que los ocupaban.

Y allí estaban

Giménez Pérez-Muelas, Gómez, González Romero, Guerra

hace casi sesenta años cuando tú entraste por primera vez, aquella mañana fresca de los primeros días de octubre, en el aula de 2ºB, situada en la primera planta, en la segunda puerta a la derecha del pasillo interminable que arrancaba a la izquierda de la puerta del coro.

Todos estaban allí

Imedio, Jódar Martínez, Jódar Morales, Lizarán,

cuando tú llegaste después de dejar el hatillo en una pequeña habitación en la primera planta de la pensión de la señora Rosario, en la calle Pérez de Hita, a la que llegaste aquella misma mañana con tu padre, los dos en bicicleta, venidos de los lejanos predios de Aguaderas.

Y allí todos se conocían

Manzanares, Martínez Tudela, Melenchón, Millán,

cuando tú entraste encogido y avergonzado, con tu jersey verde y tus pantalones cortos que apenas cubrían un cuerpo crecido y desgarbado que pronto merecería el apodo de Largo.

Y todos

Montiel, Morales Casas, Morales Sánchez,

estaban rememorando las hazañas del verano y las aventuras compartidas durante el curso anterior, mientras tú, como un perrillo asustado, te acomodabas en una banca del final, donde se sentaban otros dos nuevos que se esforzaban por no parecerlo, con intervenciones continuas y un protagonismo casi enfermizo.

Y veías cómo todos

Navarro Gavilán, Navarro Soto, Paredes, Parra,

se levantaban con aire casi marcial a la entrada de los profesores, cómo se sentaban con estrépito todos al unísono, cómo simulaban comenzar sus tareas entre comentarios y burlas en voz baja, pescozones y pataditas al de delante y pinchazos e higos al de al lado.

Allí, en grupos de seis, encaramados en los altos y amplios pupitres del aula de dibujo

Perán, Pérez Abad, Pérez Navarro,

se contaban con todo lujo de detalles las aventuras cinematográficas vividas en el inacabable programa triple del Teatro Guerra, con las peripecias inaudítas de griegos y romanos, las galopadas interminables en las praderas del Far-West o los hazañas bélicas de El puente sobre el río Kwai o Los cañones de Navarone, relatos que tú vivías también como si los hubieras visto.

El aula de dibujo, escenario de trabajos y tertulias bajo la guarda cuidadosa de doña Carmen Tomás.

Y durante tres años, todos,

Pérez Sauquillo, Ponce Martínez, Quiñonero García,

y tú con ellos,

Quiñonero Hernández

llevasteis una vida de pequeñas aventuras que quedaron prendidas en el recuerdo: los bolígrafos quemados y los atascos en la estufa, las arriesgadas competiciones para mirarles las piernas a ciertas profesoras; los juegos interminables en el corto tiempo del recreo –chinchemonete, dolas, el abejorro-; los densísimos partidos de cuarenta contra treinta, o los de las tardes con la elección por pies –monta y cabe- de los componentes de cada equipo, y el más torpe de portero; las escapadas a bañarse al canal durante la clase de Ciencias Naturales; las dramáticas salidas a dar la lección, con el programa o, mucho peor, sin él…

Hasta que cada uno

Pablo Rodríguez, Tornell, Valero,

se fue por su lado: unos dejaron de estudiar, los demás se dividieron entre Ciencias y Letras, y siguieron todos su vida, de manera que a algunos dejamos de verlos, o los veíamos circunstancialmente, o se marcharon fuera, e incluso alguno -Mariano, amigo- se fue para siempre; aunque sus nombres y su imagen más o menos nítida, muy presente o sólo asociada a algún suceso concreto, quedó prendida para siempre en el recuerdo de aquel tiempo pasado que, a nuestro parecer, fue mejor.

Y tú los ves -y vosotros también los contempláis- en la quietud del tiempo que no pasa, como en una estampa sincrónica en que estos personajillos y sus hechos de distintas épocas se confunden y se armonizan en una misma secuencia que fluye con naturalidad ante los ojos.

[Escrito con motivo de la jubilación de mi compañero y amigo Juan González Romero]

3 comments

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3 Comments

  • A. Belén Ruiz
    1 octubre, 2019, 23:52

    Muy emotivo, Pepe. Como siempre, eres capaz de que viajemos en el tiempo y que nos hagas partícipes de ese tiempo que ya se fue, aunque parezca inmóvil cada vez que te leemos.

    REPLY
  • Manuel Jódar Martinez
    6 octubre, 2019, 17:26

    Una perfecta, ajustada y entrañable redacción de unos recuerdos que compartimos. Muchas gracias compañero. Un fuerte abrazo

    REPLY
    • MARTIN fRANCO@Manuel Jódar Martinez
      6 octubre, 2019, 19:20

      Muy apreciado "Riñones"
      Casi me haces llorar por esos hermosos recuerdos que has plasmado en este comentario.
      A ver si consigues la ayuda que yo no he conseguido para repetir lo del año 2017?.
      Sabes que yo estaré en primera línea
      Un abrazo

      REPLY

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