Mi instituto

Mi instituto

Y volví, ya lo creo que volví, como profesora de Lengua y Literatura. ¡Qué felicidad más grande! ¡Qué sueño cumplido! ¡Qué recuerdos de infancia y juventud! Pero qué pequeña me volví a sentir al entrar de nuevo en el coloso blanco y tener ante mí los infinitos pasillos, y el eco de las voces en ellos, y el peso de las bóvedas sobre mi cabeza. Y volví a reparar en aquellos azulejos amarillos, que seguían allí, esperándome.

El primer día que llegué al “femenino” era una zagalica de catorce años. Corría el año 1986. Me presenté allí más sola que la una, sintiendo una gran inquietud y un hormigueo en el estómago provocado, entre otras cosas, por el miedo a lo extraño, porque no conocía a ninguno de los que iban a ser mis compañeros y también por lo imponente de aquel edificio colosal que se alzaba ante mí, tan grande, tan blanco… Aunque en realidad no era del todo un extraño para mí, ya que constituía uno de los remotos y entrañables paisajes de mi infancia. Cuando mi hermano y yo éramos muy pequeños, en numerosas ocasiones mi padre nos llevaba con él para acompañar a mi madre a la entrada de la clase del Nocturno. Allí jugábamos al escondite, mirábamos los gatos y otras especies que tenían su hogar en el jardín y bebíamos agua de las fuentes que aún hoy flanquean ambos lados del pórtico de entrada. Aquello era un vergel: palmeras, eucaliptos, abetos, cipreses, rosales…

Fachada del Instituto, vista desde la escalera de acceso al recinto (Obdulia Castroverde).

Pero ahora, a los catorce años, dispuesta a empezar otra etapa de mi vida, mi percepción era distinta. Cuando atravesé los arcos de la portalada y me adentré en el vestíbulo en busca del salón de actos, la primitiva sensación de hormigueo devino en la de pequeñez e insignificancia, a lo que contribuyeron sin duda las dimensiones titánicas del edificio que ya desde el hall se adivinaban: los altísimos techos abovedados, los pasillos infinitos en los que se perdía la vista y rebotaba el eco de las voces escolares, las escalinatas elegantes, casi fastuosas que daban acceso a la primera planta… Sin embargo, resultaba extraño y desconcertante el contraste entre esta majestuosidad y el color amarillo de los azulejos que cubrían la pared hasta media altura, confiriéndole un aspecto de cocina antigua, de cuarto de baño o de hospital alemán de la segunda guerra mundial. En conjunto, el edificio resultaba de una hermosura incoherente, pero singular, con un intenso sabor a otra época.

Ya en el aula, yo seguía absorta en la contemplación de aquellas bóvedas, de aquellos ventanales tan inmensos y de un elemento del mobiliario completamente nuevo para mí: la tarima (a estas alturas de la historia…). Fueron pasando los meses y algún año y, rodeada como estaba de tanta buena gente, no tardé en encontrarme como en mi casa y pronto empecé a soñar con convertirme en profesora y quedarme allí para siempre, tal era el apego y la fascinación que sentía ya por aquel lugar.

Y volví, ya lo creo que volví, como profesora de Lengua y Literatura. ¡Qué felicidad más grande! ¡Qué sueño cumplido! ¡Qué recuerdos de infancia y juventud! Pero qué pequeña me volví a sentir al entrar de nuevo en el coloso blanco y tener ante mí los infinitos pasillos, y el eco de las voces en ellos, y el peso de las bóvedas sobre mi cabeza. Y volví a reparar en aquellos azulejos amarillos, que seguían allí, esperándome. ¡Qué horroroso color! ¡Qué mal gusto! Y muchos de los que antaño habían sido mis profesores, ahora eran mis compañeros… y eso me llenaba de orgullo… Y tuve que subirme a esas engorrosas tarimas cuya presencia maldije ahora más que nunca por ser causa de incontables tropiezos y alguna que otra caída… pero ¡qué feliz me sentía de estar allí! Y pude sentarme al amor de la mesa de camilla de la sala de profesores, que le confería a la gran estancia ese aspecto tan hogareño y cálido que la hace única…

Y así transcurrieron ocho maravillosos años de mi vida en los que hice entrañables amigos, que aún conservo, en los que me casé y nacieron mis dos hijos… Y el día 11 de mayo de 2011, cuando me disponía a entrar a dar mis clases en el Nocturno, la tierra tembló con furia bajo mis pies y entonces pude escuchar el desgarrador bramido de aquel gigante blanco que acababa de ser herido de muerte. Una grieta funesta partió al edificio por la mitad y enseguida se multiplicaron otras tantas a lo largo de toda la fachada. Sentí una punzada aguda. ¡Hubiera querido abarcarlo con mis brazos…!.

Pero no, aquel trueno no consiguió abatirlo. Seguí con impaciencia y entusiasmo la marcha de las obras que parecían no acabar nunca. Y una noche, con toda la clandestinidad y alevosía que caben en el universo, salté la valla del jardín y hurté media docena de azulejos amarillos en buen estado, que yacían ajenos a su demoledor destino, entre el montón de escombros. Sigo pensando que son horrorosos, pero aquí los tengo, en mi casa, porque son una reliquia de familia que guardo con ternura.

Ya no me fue posible estrenar el recién rehabilitado edificio porque la Administración me adjudicó otro destino. Y entonces lloré. Lloré lo mismo que si me hubieran desahuciado de mi propia casa. Pero tengo la gran suerte de verlo a diario, tan flamante, tan blanco, tan eterno, como un gran buque varado en el tiempo… Y es que siempre has estado y estarás en mi vida.

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  • Fernando Martínez Serrano
    27 agosto, 2019, 20:01

    Al maestro Quiñonero le ha surgido una dura competidora porque el relato de Obdulia sobre sus vivencias en el Instituto es insuperable.Conciéndola,no es extraño, pero hay que resaltarlo.
    A ver si algunos entienden que el Ibañez Martín ha sido,por encima de cualquier otra consideración, un espacio muy grato para muchas personas.Obdulia es el mejor ejemplo.Y sus queridos azulejos un magnífico símbolo.

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  • José Quiñonero Hernández
    27 agosto, 2019, 21:28

    Obdulia repite el caso de muchos de nosotros, que hemos nacido a la vida adulta en el Instituto, nos hemos amamantado de lo poco o de lo mucho que sabemos allí, e incluso algunos hemos tenido la osadía de imitar a aquellos que fueron nuestros maestros, en las mismas aulas, desde la misma tarima, a las que llegamos por idénticos pasillos alicatados de amarillo, color que ya se conserva solo en algún lugar de nuestra memoria.
    Gracias, Obdulia, por este hermoso azulejo, amarillo naturalmente, que nos ayuda a luchar contra el olvido.

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  • José Quiñonero Hernández
    27 agosto, 2019, 21:34

    Reproducción textual del comentario enviado por Romualdo Mateos Ramos:
    "El artículo de Obdulia destila entusiasmo, sinceridad, hondura, ingredientes esenciales para ir leudando, amasando y dando forma a la que fue su vocación de docente, una profesión rayana en lo poético, cuando se siente, como ella lo expresa, ese fervor por la enseñanza.
    Aunque no tengo el gusto de conocerla, le envío un saludo cordial."

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  • Guadalupe Motos Jiménez
    27 agosto, 2019, 22:17

    Muy bonito, con mucho sentimiento.

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  • A.Belén Ruiz
    30 agosto, 2019, 0:30

    Yo no conocí a Obdulia pero la descripción que hace de ese primer día es algo que me recuerda al mío mismo. Y esa tarima… qué razón tienes! Ya siento que te cambiaran el destino, me imagino el palo que eso supuso porque si ya los que solo fuimos alumnos siempre hemos tenido el Ibañez Martin como una casa, no quiero imaginarme la unión fraternal a la que puedes llegar si eres un profesor (o profesora, en este caso) apasionado.
    Un saludo

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