Mi ma-má me a-ma

Mi ma-má me a-ma

Esparce con la punta del zapato un montoncito de hojas secas acumuladas en la acera, levanta los ojos del suelo y sonríe al pensar: «Sí, de mi madre me viene la pasión por la lectura. Ella me enseñó a leer. No solo las letras de un libro, también el lenguaje de la vida».

Cuando me siento ante un papel en blanco, a veces, olvido lo que quería escribir y el papel se vuelve rebelde como un adolescente buscando expresar lo que quiere. Me provoca, hasta el punto de que me devuelve una y otra vez al inicio si no es de su agrado lo expresado. Yo, sucumbo ante su insistencia y sigo el impulso de escribir lo que la hoja vacía quiere mostrar. Me rindo. Su deseo es más fuerte que mi voluntad.
Hoy, el papel quiere vestirse con un traje diferente. Por un día, este artículo se viste de relato. Mi ma-má me a-ma.
En un nostálgico paseo entre hojas caducas de este otoño tardío, una mujer camina sin prisa, con pasos lentos y mirada al frente. Evoca momentos de su vida y pasan por su mente imágenes que le llevan a un viejo vagón de tren, camino del colegio, en la niñez. Arrancaba una hoja del cuaderno para escribir la letra de «Help, ayúdame», la canción del último verano. En aquél tiempo, francés era el segundo idioma en la escuela, por eso, help es la primera palabra que aprendió en inglés. Disfruta mucho con la música aunque nunca se le dio bien entonar melodías.
En su caminar, busca los últimos rayos de sol entre las copas medio desnudas de los árboles, recordando otros otoños mucho más fríos que éste, donde una inquieta adolescente se perdía entre papeles encadenando palabras inspiradas por sus poetas favoritos. Cuadernos escondidos en el fondo de un cajón que guardaban su secreto más íntimo: sus poesías.
A la vuelta de una esquina, ante sus ojos, sobre la ventana de una casa, se desliza un jazmín cuajado de flores con perfume a primavera que le transporta a su primera juventud. Recibía de su madre una propina al hacerle entrega de su primer sueldo, mientras escuchaba su consejo pidiéndole que hiciera buen uso de ese dinero. Y ella, tan joven, estaba dispuesta a hacerlo. Le había costado muchos madrugones ganarlo. Lo invirtió en un disco y un libro.
Aprendió a hacer pequeños negocios con la venta de chucherías, y una vez a la semana, después de salir del trabajo y antes de entrar en clase, acudía a una cita inevitable fijada por ella misma desde aquella primera propina, en unos grandes almacenes para comprar un libro y un disco. No tenía prisa. Se demoraba entusiasmada en la elección. Esa fue una buena costumbre durante muchos años, aunque la música ocupó un segundo plano cuando los tocadiscos de aguja empezaron a pasar de moda.
Más tarde, desde el autobús que le llevaba al trabajo, disfrutaba unos instantes del amanecer, antes de sumergirse en el mundo que le narraban las páginas del libro de la biblioteca municipal que le acompañaba en el trayecto. No recuerda si alguna vez fue la lectora número uno, pues como ocurría con las canciones en la radio, también había una lista en la biblioteca, pero eso no le parecía importante, nunca hizo de su vida una competición.
Se pregunta de dónde viene su pasión por la lectura, y al preguntarse, recuerda a su madre cuando era joven tarareando una canción. Celebraba su alegría cantando y ahuyentaba sus penas de la misma manera. Al escucharla, podía saber con certeza cómo había sido su jornada. Sin embargo, no tiene en la memoria ninguna imagen suya con un libro en las manos, así que piensa que por esa vía no puede haber heredado tal pasión.
Después del regalo de la vida, aprender a leer, era para ella algo trascendente por lo que sentir agradecimiento. De esas cosas grandes a las que a veces dejamos de dar importancia solo por ser cotidianas. Camina con estos pensamientos contemplando el horizonte, mientras el atardecer viste el cielo de colores. Y lo contempla emocionada.
Al volver sobre sus pasos, firmes y cansados a la vez, un fuerte latido en su pecho le ofrece la imagen de una joven madre, con una niña en su regazo, cerca de la estufa de leña y una cartilla en las manos, enseñándole a encadenar sílabas: «Mi ma-má me a-ma». Esparce con la punta del zapato un montoncito de hojas secas acumuladas en la acera, levanta los ojos del suelo y sonríe al pensar: «Sí, de mi madre me viene la pasión por la lectura. Ella me enseñó a leer. No solo las letras de un libro, también el lenguaje de la vida».
Al acabar su nostálgico paseo entre hojas caducas de este otoño tardío, la mujer de pasos lentos y mirada al frente, sube a la habitación de un hospital y se inclina ante la cama donde yace su madre. Una madre que ha olvidado cantar hace mucho tiempo, y le dice al oído:
—Gracias, mamá. De ti, aprendí las cosas que amo. A tu lado, ha sido fácil aprender a amar.
Esta mujer, en su madurez, ya no espera respuesta. Se conforma con el silencio y la mirada perdida de su amada madre. Se sienta a un lado de la cama, le toma la mano y vuelve a recordar la voz de una niña, medio siglo atrás: «Mi ma-má me a-ma». Seguidamente, escucha una voz en su interior: «Yo amo a mi mamá».
Su respiración es serena. Tiene una profunda certeza: «Tal como amo a mi mamá, amo la vida».

[irp posts=»15090″ name=»Tu última libertad»]

2 comments
Redaccion
ADMINISTRATOR
PROFILE

Posts Carousel

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked with *

2 Comments

  • Teresa Gamez Carmona
    28 noviembre, 2016, 18:59

    Me gusta mucho como escribes Trini

    REPLY
  • Juliet Wangensteen
    29 noviembre, 2016, 19:58

    Felicidades Trini como siempre.
    Un abrazo

    REPLY