Presencia de María Agustina

Presencia de María Agustina

El dinamismo de la profesora que sabía de lo que hablaba y lo compartía con entusiasmo con sus alumnos, de quien orientaba su labor al buen decir, a la lectura y a la recreación de lo leído, de la que consideraba que su labor no concluía en el aula, sino que se acercaba al conocimiento de las inquietudes y las vidas de los alumnos para ayudarles, sería arrebatado por la muerte prematura.

Por más que la busquen, no encontrarán ustedes una estampa más plácida y reconfortante de lo que alguna vez fue, y siempre debiera ser, la tarea de enseñar, basada en la cercanía y la confianza entre el maestro y el discípulo. Tras una larga jornada de mañana y de tarde, con las sombras de la noche asomándose a la ventana, con un helor que llega por los interminables pasillos y obliga a no quitarse las prendas de abrigo, ambos personajes están abstraídos en su tarea, los dos con seguridad y confianza en lo que están tratando, sin asomo de cansancio ni de hastío, sino de complicidad.

La profesora, con el faber-castell de color morado, tomado del estuche que tiene delante, subraya o anota en un papel perforado arrancado de un bloc lo que pueden ser observaciones al último examen o trabajo del discípulo, o explicaciones sobre las oraciones pasivas reflejas, o las correcciones ortográficas y estilísticas al borrador de un poema en agraz, o el diseño de una página de la revista Instituto-Express, ante la atenta mirada del alumno, que no pierde detalle de lo que la profesora dice y escribe. La botella de Coca-Cola de litro y los vasos de plástico aportarán alivio a las gargantas. Los papeles cubren la mesa, mientras la Olivetti Studio 45 nueva flamante, con la modernidad y el optimismo de su inaudito color verde, es testigo del encuentro.

María Agustina trabajando con un alumno, hacia 1970 (Archivo familiar de Mercedes Martínez).

Mírenla bien, porque esta imagen de alrededor de 1970, muchas veces repetida desde mediados de los cincuenta, plena de vida y de futuro, quedará congelada al poco tiempo como espejo nítido de lo que fue, pero ya es solo recuerdo. El dinamismo de la profesora que sabía de lo que hablaba y lo compartía con entusiasmo con sus alumnos, de quien orientaba su labor al buen decir, a la lectura y a la recreación de lo leído, de la que consideraba que su labor no concluía en el aula, sino que se acercaba al conocimiento de las inquietudes y las vidas de los alumnos para ayudarles, sería arrebatado por la muerte prematura.

La persona que fue aprendiendo, con perplejidad al principio y con seguridad después, que el mundo en que vivía no era el mejor de los mundos posibles, que era necesario informarse y tomar conciencia de que aquella sociedad que se vendía como la más justa escondía falsedades y mentiras que ella necesitaba conocer y, más, debía comprometerse a cambiar, fue segada por los agudos filos de la muerte, en el otoño frío de 1972.

Pero muchos de sus compañeros y alumnos pensaron, como Francois Mauriac, que la muerte no nos roba los seres amados, sino que los guarda y los inmortaliza en el recuerdo. Y así ha venido siendo durante cuarenta y cinco años con el Certamen Literario María Agustina, que hace viva la presencia de la profesora entregada a la tarea de enseñar; pero también comprometida en educar para un mundo más justo y mejor.

Los que la conocimos en las aulas, o fuera de ellas, damos testimonio de lo que fue, y nos esforzamos por que su memoria siga siendo ejemplo vivo del espíritu crítico, de la tolerancia y de la solidaridad que tanta falta nos hacen. Porque pensamos, con José Luis Molina,

que sus manos han crecido
y sus brazos protegen, como antes,
nuestro mundo cotidiano.

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  • Celia Martínez
    15 mayo, 2019, 15:30

    Esta foto, que tantos han visto y algunos contemplado , la hizo un compañero mío que vino de Almería a hacer COU en Lorca. Se llama Joaquín Abad, actualmente periodista y escritor, y fue elegido por María Agustina director de la revista del Centro Instituto Exprés. Él afirmó en una entrevista que fue entonces cuando supo que iba a ser periodista.
    Precisamente, en esta fotografía, María Agustina supervisa los trabajos hechos para la revista bajo la mirada atenta de otro compañero mío que , por desgracia, también murió tempranamente al poco tiempo de la muerte de María Agustina.
    Nos animaba a escribir, con ella nos sentíamos creadores y libres.Despertó nuestra capacidad reflexiva; crítica y creativa en una época poco propicia para ello.
    Era un ángel qué pasó de puntillas, discretamente, pero que dejó una marcada huella, y que nos inculcó que la labor bien hecha es la que se lleva a cabo con empeño, honestidad e ilusión.
    Gracias por todo, hermana.

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  • Fernando Martínez Serrano
    15 mayo, 2019, 19:26

    Yo fui alumno suyo en Preuniversitario, curso 66-67.Efectivamente inauguró un nuevo modo de enseñar literatura,mucho más atractivo y, como muy bien dice Celia, de un modo discreto ejercía su influencia y dejaba su huella en nosotros.Por desgracia no conocí esa otra faceta humana que destaca Pepe;cuando yo volví al Instituo como profesor ella ya no estaba.
    Afortunadamente algunos os encargáis de mantener vivo su recuerdo.

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  • Obdulia Guirao
    16 mayo, 2019, 13:41

    Ser que fuiste alondra un día, aunque no estés, estás, estuviste, estarás y habrás estado, en las partículas invisibles del aire, en las palabras que te nombran, en el recuerdo de los que te quisieron, en tu legado…Tu alma delicada y colmenera siempre pajareará por los altos andamios de las flores.

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  • A. Belén Ruiz
    22 mayo, 2019, 0:03

    El aviso de un nuevo capítulo me ha hecho revisar mis tareas atrasadas y me he percatado que me había saltado este adorable artículo. Ahora entiendo de dónde viene aquél concurso que siempre oía y que solía cerrar por las fechas de mi cumpleaños.
    Como siempre, es admirable cómo ensalza el texto con las reseñas que rescata de otros autores.

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  • Francisco Rueda Borrego
    15 junio, 2019, 1:51

    Aquí mi profe de literatura de sexto de bachiller, año 63-64 en Osuna, es responsable de mi amor al arte y a la literatura, tuvo una vida muy corta. En sus clases no necesitaba vídeos con solo su palabra desde Homero a Blas de Otero, pasando por Garcilaso, Duque de Rivas o Lorca, nos cautivaba a unos adolescentes de una España en blanco y negro, hoy al pasar por Lorca, camino de Murcia me he acordado de ella y como no la he añorado.

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