Profesores en el Hotel Comercio

Mercedes Martínez Gómez

La relación del Hotel Comercio y el Instituto de Lorca se remonta al mismo día de la inauguración del viejo Centro, el 28 de octubre de 1928, cuando el banquete en honor de las autoridades y profesorado fue servido en el Casino por el Sr. Molner.


Primer Instituto 15 abril, 2019


Este edificio, levantado a finales del siglo XIX por los marqueses de Guerra frente a la iglesia de San Mateo, fue arrendado en los años 20 a los Condes de San Julián, sus nuevos propietarios, por el empresario Ricardo Molner, que lo convirtió en un hotel.

La relación del Hotel Comercio y el Instituto de Lorca se remonta al mismo día de la inauguración del viejo Centro, el 28 de octubre de 1928, cuando el banquete en honor de las autoridades y profesorado fue servido en el Casino por el Sr. Molner, con el que ya debía de estar trabajando mi padre.

Los Molner -el matrimonio, una hermana y un sobrino- eran una familia instruida y viajera que, según se contaba, había visitado los carnavales de Niza, Italia, e incluso Tierra Santa. Yo solo tengo un recuerdo muy difuso de doña Carmen, la hermana, una mujer mayor vestida sobriamente de negro, a la que fui a visitar con mi hermana María Agustina, visita en la que me regaló un payaso de madera con platillos de hojalata, que sacó de un inmenso armario.

En marzo de 1930, el Comercio fue escenario de otro acontecimiento memorable. De allí salió José Ibáñez Martín -expresidente de la Diputación, apoyo importante para la creación del nuevo Instituto, y luego Ministro de Educación y promotor del edificio que lleva su nombre-, para, según los ecos de sociedad, casarse en una “boda aristocrática” con “la bellísima y angelical señorita María de los Ángeles Mellado Pérez de Meca”.

A principios de los años cincuenta mi familia se instaló en el hotel, traspasado a mi padre, Mariano Martínez Lledó, por entonces propietario del café La Cámara. Yo no recuerdo nada e nuestra llegada, pues tendría entonces cuatro o cinco años; pero en esta casa pasé parte de mi vida.

Allí conocí a muchos de los protagonistas de la enseñanza en Lorca. Así, de mi remota niñez recuerdo a la Catedrática de Ciencias Naturales D.ª Amparo Gaya Nuño, que residió en el hotel varios cursos. Venía de tierras castellanas, de la “Soria fría, Soria pura” machadiana. Creo que nunca llegué a cruzar una palabra con ella, pero sí me queda viva su imagen: era una mujer alta, de pronunciada nariz aguileña y de cabello oscuro, que desprendía energía y vitalidad. Subía y bajaba las escaleras que daban a la entrada rápida, erguida, taconeando fuerte, con paso seguro, y desaparecía veloz hacia la calle o sus habitaciones. ¡Cómo iba a saber yo entonces la tragedia familiar que se escondía tras su imponente figura!

Escalinata del Hotel Comercio de Lorca, en una postal de los años 30.

Doña Carmen Tomás, profesora de Dibujo, era rellenita y más bien baja, de cara redondeada y sonriente, de tez blanca en contraste con el cabello oscuro, peinado con raya en medio y dos peculiares rodetes sobre las orejas al estilo de la Dama de Elche. Discreta y tímida, siempre devota de la Virgen de los Desamparados, residió varios años en el hotel. Ella me dio clase en aquella aula amplísima de enormes mesas de madera maciza y tableros abatibles, decorada con cabezas de esculturas clásicas, donde reproducíamos láminas y pasábamos el dibujo técnico a tinta china, con enormes manchurrones que no había modo de enmendar. Y sin aprender nunca la perspectiva caballera.

Por los años 62-64 llegaron al hotel dos catedráticos canarios. Don Sebastián de la Nuez, de Lengua y Literatura, alto, elegante y caballeroso, de educación y trato exquisitos. Él y su mujer, matrimonio sin hijos, constituían una pareja afable y sencilla, de mucho encanto personal. Este profesor fue luego Catedrático de la Universidad de La Laguna, donde desarrolló una fecunda labor investigadora. En cambio, don Eudoxio Hernández, Catedrático de Griego, bajito y nervioso, se instaló con su mujer y cuatro o cinco hijos, todos pequeños, que pajareaban libres por el hotel y convivían con nosotros en la sala de estar familiar, si no estaban jugando en la terraza con mi hermana Celia. El discreto don Eudoxio descubrió como refugio la torreta que había al final de las escaleras adonde huía del alboroto infantil en busca del sosiego para leer o estudiar.

Cuando María Guirado llegó a Lorca, yo ya estudiaba en la Universidad. Era María menuda, frágil, tímida y afable. Todo le sorprendía y le chocaba. Trabajadora infatigable, sabía transmitir entusiasmo y amor por la labor bien hecha, y pronto se incorporó a un grupo de jóvenes profesoras –María Agustina, Ana Caicedo, María Luisa Munuera…- que estaba renovando la didáctica y la relación con los alumnos. Recuerdo cómo, todas las mañanas, Ana Caicedo llegaba a casa, al hotel, con un rotundo “¡María Agustina, María, que se hace tarde!”, a pesar de lo cual más de un día María tuvo que coger un taxi para llegar a tiempo. María permaneció varios años con nosotros. Fuimos compañeras de trabajo dos cursos, pero muchos fueron los años de profunda amistad, convertida ella en un miembro más de la familia, a quien recuerdo con emoción como “mi amiga heredada”, tras la muerte de María Agustina.

Varios profesores más se hospedaron en el hotel. Entre ellos, Manuel Ríos, Francisco Ariza, Amelia y Pepe Rodríguez, a los que apenas traté durante su estancia más o menos larga.

A principios de los setenta, con la ampliación del profesorado, dos nuevos compañeros se instalaron allí: Concha Ciller y Agustín Aragón, ambos profesores de Lengua y Literatura, a los que yo conocía ya de Murcia. Coincidieron con María Guirado y, por supuesto, con María Agustina y conmigo, con lo que el Hotel vino a ser una auténtica prolongación del Departamento de Lengua y Literatura.

A finales de 1972 mueren mis hermanas Carmen y María Agustina, y mi familia, desolada, cierra para siempre el Hotel Comercio. Terminaban así cincuenta años de relación con el Instituto.

8 respuestas a “Profesores en el Hotel Comercio”

  1. Antònia Pedrol Gómez dice:

    Que gran trabajo has hecho Mercedes,un hermoso y laboriosos recuerdo a todos los profesores que durante su estancia como profesores en el instituto se ospedaron en el hotel,junto a una gran família,como erais todos vosotros.
    Un gran homenage.

  2. Obdulia Guirao dice:

    De nuevo se levanta el telón. Cambiamos de escenario pero seguimos en el instituto, porque el Hotel Comercio es, sin duda, una dependencia más de éste, como lo son la capilla, el Aula de Dibujo o el departamento de Ciencias Naturales. Aquélla en la que discurre el lado más doméstico, más familiar, más humano de nuestros actores. Aquélla en la que no representan más papel que el de sus propias vidas. Apenas nadie advierte la presencia de una niña pequeña que deambula calladamente entre bastidores contemplando este transcurso con los ojos atónitos. Ella, en la candidez de su infancia, quizá no atisba siquiera que algún día habrá de convertirse en uno de los personajes de esta gran historia. Vuestras vidas, la tuya y la del instituto han crecido en paralelo… Sencillamente entrañable.

  3. José Quiñonero Hernández dice:

    Felicitaciones a Mercedes por haber sabido manejar con maestría la extensa nómina de residentes en el hotel en un escrito de dimensiones muy limitadas,que le ha obligado a callar muchos detalles, para resaltar solo lo que de humano y entrañable ella veía en aquellos personajes dedicados a la enseñanza.
    Esa limitación de espacio y de tema le ha impedido salirse del guion para insistir en la «boda aristocrática» del catedrático Ibáñez Martín, que, cuando salió del hotel, «vestía elegantemente de chaquet», mientras que «la cálida y blonda belleza de la condesita de Marín iba realzada por un por un riquísimo traje blanco de crepe georgette con encajes valiosísimos». Y la crónica cuenta y no acaba de los selectos invitados y del «glamour» de la ceremonia, celebrada en la capilla del Rosario de la Parroquia de San Mateo.
    Y yo aprovecho para salirme del todo del ámbito educativo, para señalar, solo para los muy curiosos, que, al comienzo de los años cincuenta, en fechas más o menos coincidentes con el traslado de la familia Martínez Gómez al Comercio, un mozo alto y circunspecto que venía a ver las procesiones, se instaló en el viejo hotel, situado casi frente al palacio de los Condes de San Julián y, atraído por la joven Pilar Ibáñez Martín, allí prolongó su estancia y acabó casándose con la rica heredera. El personaje se llamaba Leopoldo y mucho tiempo después llegó a ser Presidente del Gobierno.
    Pero no olvidaré lo más importante: gracias, una vez más, Mercedes, por contarnos tan bien lo que tu casa aportó a la «grande historia» de nuestro Instituto.

  4. Juan González Romero dice:

    Un escrito muy bonico y emocionante de Mercedes.He recordado pequeños acontecimientos que viví hace ahora 50 años relacionados con el Hotel Comercio y con María Agustina.En los vetustos salones , y a la vez entrañables, de la planta baja del Hotel di clases particulares de materias de Ciencias a alumnos que Maria Agustina elegía. Y era una ayuda mutua entre alumnos y el aprendiz de profesor fruto de la generosidad , del afán de ayudar y de la inteligencia de Maria Agustina. Yo no era estudiante de Letras pero mi inquietud por la literatura y el conocimiento de escritores españoles ,que algunos no estaban en los libros de texto ,aún se la sigo atribuyendo a haber tenido a Maria Agustina como profesora . Y si era magnífica docente era más extraordinaria como persona.

  5. Celia Martínez dice:

    Nací en 1954 en el Hotel Comercio. Fui la séptima hija de Mariano y de María. Mi vida en el hotel fue bastante peculiar, pero de eso me di cuenta cuando salí de allí a los 17 años.Conocí a todos los profesores mencionados por Mercedes, excepto a Doña Amparo Gaya,, y algunos de ellos me dieron clase en el instituto
    Fue María Guiradado la profesora a la que más traté por ser muy amiga de María Agustina. Tuve la suerte de que me diera clase y la admiré cómo profesora rigurosa y didáctica y como excelente persona. Ella y María Agustina despertaron en mí la pasión por la docencia y,desde que empecé a enseñar Lengua y Literatura , las tuve como ejemplos que intenté seguir con respeto y; sobre todo,con mucho amor.

  6. Joaquín Espín Ferra dice:

    Como dice Obdulia Guirao «De nuevo se levanta el telón», y nos viene ese sentimiento de melancolía y añoranza que origina el recuerdo de una etapa feliz, en este caso, el Hotel Comercio, el sitio donde toqué (palpé) por primera vez un piano, me senté en un gran sillon de mimbre (cabíamos tres Joaquines) y tomé una de las más ricas mayonesas de merluza de toda mi vida. Todo ello gracias a la amistad que tenía mi padre con Don Mariano. Habría muchas anécdotas que contar, pero no es el caso de contar, sino, más bien, alabar la gran familia, unos hijos extraordinarios, de Don Mariano Martínez.

  7. Celia dice:

    Cuando leo este fragmento de vida de mi familia, con sus historias entretejidas de personas ilustres y, sobre todo,depersonas hermosas, buenas, sabias y emprendedoras, me transporto a esas fotos en blanco y negro que llevo viendo desde niña y que me pellizcan el corazón. Desde pequeña, me he ido creando una especie de visita «virtual» por la estancias del Hotel Comercio,donde me acompañan los relatos que he ido escuchando de mi tía Mercedes, mi abuelica y mi madre de mi alma. Y también la esencia de mis titas. Faltan palabras para decir el orgullo que siento de pertenecer a una familia como la que tengo. Y para agradecer los comentarios que leo de quienes han aportado un.poquito de cariño con sus respuestas a este texto tan cuidado y hermoso de nuestra Mercedes.

  8. Ángeles Espinosa García dice:

    Aunque un poco a destiempo, he estado fuera y no he tenido Internet, no puedo quedarme sin aportar un modesto pero sincero y entrañable recuerdo de mi experiencia vivida en ese entorno tan especial, el hotel Comercio. Lo recuerdo como un espacio mágico y a la vez cercano, parecía que era la casa de todos, la vida se percibía en cada rincón. Yo a penas era una adolescente, que gracias a la amistad con Celia, pude partícipar en un rinconcito de esa vida. Cuantas horas, ensayando nuestros bailes, obras de teatro… nunca nos llamaron la atención, a pesar de nuestros revuelos, dejaron fluir nuestra creatividad, sin cortapisas. Y sobretodo, algo muy especial para mí, es que fue el lugar, el ambiente y las personas, que despertaron en mí, el amor por la lectura. GRACIAS

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