Redaños – Parte 1

Redaños – Parte 1

Llevaban casados once años, y los cinco últimos, casi desde que nació la niña, habían sido una batalla campal. Aquella bronca había empezado el viernes por la tarde, cuando Antonio había estado a punto de atropellar a una mora que estaba cruzando la calle con el semáforo en rojo.

Basado en una idea

de Jesús Martínez «el Nota»

 

            La lluvia escampó el domingo a mediodía, después de dos días interminables durante los cuales Antonio y Marichú se dedicaron sistemáticamente a restregarse por los morros todos los trapos sucios de su matrimonio roto y podrido. Hubo portazos, reproches, amenazas, acusaciones… Marichú recurrió a los gritos y las lágrimas, mientras que Antonio optó por su acostumbrada actitud pasivo-agresiva que le permitía sentirse el bueno de la película sin arriesgarse a un enfrentamiento directo con su mujer.

Llevaban casados once años, y los cinco últimos, casi desde que nació la niña, habían sido una batalla campal. Aquella bronca había empezado el viernes por la tarde, cuando Antonio había estado a punto de atropellar a una mora que estaba cruzando la calle con el semáforo en rojo. El insulto racista que le dedicó a la imprudente multiplicó la violencia de los reproches de Marichú, y el frenazo seco con el que el hombre detuvo el coche en medio del jardín de su casa, sin molestarse en meterlo dentro del cobertizo que les servía de garaje, no hizo más que empeorarlo.

Para acabar de complicar las cosas, el viernes, de madrugada, Claudia les había despertado quejándose de que le dolía la barriga. Los gritos de Antonio, reprochándole a su esposa que hubiera llevado a la niña a clase de Flauta con una camiseta de manga corta, habían despertado al abuelo Paco, que se había puesto a llorar desconsolado, perdido en su mundo en blanco y negro que se repetía y distorsionaba sin remedio. Al final, la niña y el abuelo se habían dormido abrazados en la cama del viejo, mientras desde la cocina les llegaba el rumor del naufragio de aquel matrimonio que parecía dispuesto a morir matando.

Pasaron el sábado como en una fiebre, sin mirarse a los ojos, cada cual ocupando su espacio propio dentro de la casa. Hubo una nueva bronca el domingo a mediodía cuando Marichú les exigió que le ayudasen a decidir lo que iban a comer y Antonio le respondió, de inmediato, que mierda.

A las cuatro de la tarde, mientras el matrimonio seguía discutiendo en su dormitorio, el abuelo Paco calentó un sobre de sopa, frió unas salchichas e improvisó una comida para la niña y para él.

–A lo mejor es por mi culpa –murmuró, con la vista clavada en los dibujos animados de la televisón.

–Claro que no, abuelo –replicó la niña, de inmediato, mientras bañaba las salchichas en ketchup–. Mira; no llores –añadió, acariciando el brazo de la bata del anciano–. Ese niño tan tonto se llama Patricio y es una estrella de mar; es el mejor amigo de Bob Esponja, que vive en una piña debajo del mar.

–Debajo del mar no hay piñas –objetó el abuelo Paco, metiéndose una salchicha entera en la boca.

–En este mar sí, porque es el Fondo de Bikini.

–Ha dejado de llover –fue la respuesta del abuelo.

Se quedaron en silencio, pero en el silencio se escuchaban los gritos de Antonio y Marichú, de manera que la niña se levantó de la silla, se acercó a la tele –el mando lo había estampado contra la pared su padre, en un arrebato– y puso más alto. Calamardo empezó a tocar su clarinete, desafinando. Como María en clase de Flauta, pensó, y esbozó una sonrisa.

El abuelo Paco era el mejor amigo de Claudia. Dos inocentes perdidos en aquel naufragio violento y eterno. Cada vez que ponían los dibujos animados, Claudia se recreaba contándole toda la genealogía y las relaciones entre los extraños moradores de Fondo de Bikini; o, si no, le explicaba que para detener al zorro Swiper, el ladrón enemigo de Dora la Exploradora, había que gritar bien alto: Swiper, no robes.

Por su parte, el viejo contraatacaba explicándole los trapicheos del general Miaja, don Julián Besteiro, el padre de Carrillo y aquel traidor del coronel Casado, que habían vendido a la República en marzo del 39. El abuelo Paco no había conocido aquellos tiempos pero los había mamado en el hogar humilde y clandestino de sus padres; dos muertos de hambre que habían perdido la guerra y habían malvivido ayudando al dueño de un tiovivo que paseaba su atracción por todas las ferias de Murcia, Alicante y Almería. El abuelo Paco sólo tenía setenta años, pero desde que se quedó viudo el alzheimer había hecho estragos en su mente; en mitad del torbellino en que se habían convertido sus recuerdos e imaginaciones, habían quedado clavadas varias fechas reales, como el día de su boda, el nacimiento de su hija Marichú, la muerte de su Encarna y la llegada de su única nieta. Estas dos últimas fechas habían venido prácticamente la una detrás de la otra como si la vida hubiera querido compensarle de alguna manera.

Antes de que la enfermedad le oscureciera la mente, Paco García, el Canario, había conservado con marco de oro algunos momentos más: aquella riada en la que se convirtió en un héroe, o aquella feria de Lorca en la que se dio el gustazo de comprar el tiovivo en el que sus padres se habían deslomado como esclavos. Pero ahora todo aquello había desaparecido en el agua turbia que llenaba su cabeza, en otro tiempo ágil y recelosa. Sus ideas eran como un cañaveral cubierto y arrasado por una riada; de vez en cuando un junco se asomaba con estrépito y salpicaba asombrado a su alrededor, antes de volver a esconderse durante días o semanas.

            Y, desde luego, el ambiente tenso, triste, incluso sórdido, en el que su hija y su yerno se habían condenado a vivir, no le ayudaban en nada a mantener las ideas claras.

            El abuelo Paco y su nieta se terminaron la sopa y las salchichas. La niña fue a la cocina a por unos plátanos; allí se encontró con su padre, que se estaba comiendo una lata de atún con mayonesa.

–¿Lo ves, cariño? Algún día tú también podrás amargar así a algún imbécil –observó Antonio.

El viejo apretó los puños con fuerza al escuchar aquel comentario malévolo. Quiso levantarse, entrar en la cocina; rescatar a su nieta de todo aquel rencor que no respetaba edades; decirle a Claudia que lo que decía aquel amargado no era verdad, que la abuela Encarna y él habían vivido juntos durante cuarenta años, con sus momentos buenos y los malos… que habían vivido juntos durante cuarenta más dos semanas… que Encarna y ella… que luego había nacido la niña, Claudia, no, María Jesús, Marichú…

El abuelo se perdió en un torbellino; siguió viendo Bob Esponja mientras su nieta volvía de la cocina canturreando la canción que cantaba en su mente cada vez que quería aislarse de sus padres; una canción que resonó con dulzura cuando vio al anciano boquiabierto delante del televisor, con la mano izquierda metida al descuido en el interior del plato, las yemas de los dedos manchadas con el ketchup. Claudia no dejó de cantar dentro de su cabeza; le parecía que si dejaba las ideas en silencio se le iba a meter dentro algo muy malo. Un gusano gordo y con olor a tabaco, muerto de hambre.

Apartó del plato la mano de su abuelo, le limpió los dedos con una servilleta de papel, peló el plátano hasta la mitad y se lo puso en la mano con una sonrisa. Demasiado tarde. Sus padres habían entrado en el comedor, ella buscando el móvil que había dejado en el mueble junto al televisor, él detrás en busca de una improbable reconciliación, y habían visto los dedos pringosos, el plátano aplastado por los dedos olvidadizos del anciano.

–¡Papá, por favor, que nos revuelves el estómago! –gritó Marichú.

El viejo se giró hacia su hija con una sonrisa tenue en los labios pringados por la fruta.

–¡Papá, que lo vas a manchar todo, por el amor de Dios!

–¡Deja en paz al abuelo, que me está enseñando a abrir el plátano! –le respondió Claudia.

–¡Niña! ¡No contestes a tu madre! –bramó Antonio, buscando un puente que no iba a encontrar. No en aquel momento, desde luego.

–¿Ahora te importa que me traten como a una mierda?

–Como me tratan a mí… –respondió Antonio, digno.

–¡Iros a la mierda todos! –gruñó Marichú, empujándole con el hombro al salir de la habitación.

Antonio le dedicó a su hija y al suegro una mirada dolida y rencorosa al mismo tiempo, y salió del comedor amenazando con que cualquier día iba a hacer algo, que se iban a acordar de él. Claudia se quedó mirando la puerta unos momentos; había mantenido una mano protectora sobre el hombro de su abuelo. Respiró profundamente unos instantes, canturreando su canción favorita; su expresión demasiado grave se dulcificó cuando oyó hablar a su abuelo.

–Qué cansado estoy –suspiró el viejo.

–¡Abuelo, has vuelto! –chilló la niña.

–¿De dónde he vuelto, princesa?

–De dentro de tu cabeza. Del saldéimer –le explicó Claudia, con seriedad.

El abuelo le miró fijamente unos segundos y luego asintió con la cabeza.

–Pues eso parece, que por esta vez me he librado. A ver si dura –suspiró.

Paco el Canario miró a la niña y sintió muchísimo miedo; y no por él, aunque era una putada tener que pasarse los cinco o diez años que le quedasen por delante comiendo puré con un babero, como los niños chicos. En el fondo, a Paco le daba todo bastante igual desde que se había marchado su Encarna, tan solo unos meses antes de conocer a la chiquilla. Ésta es la que le daba miedo; por ella hacía aquellos ejercicios de memoria, el abecedario, los números del veinte al uno, los nombres de sus abuelos, sus padres y sus tíos.

Porque Paco quería estar allí cuando su nieta le llamase; poder levantar una de sus manos flacas, manchadas y llenas de callos antiguos, y acariciar aquella mejilla tan tersa y roja como una manzana, como el flanco de uno de aquellos caballos de madera bruñida que en aquel tiovivo… en aquel tiovivo…

El viejo inspiró profundamente, cerró los ojos y agarró los flecos de su mente, que se empeñaba en hundirse otra vez en las aguas oscuras del alzhéimer. Unas aguas sin fondo, calientes como el pis de un hombre enfermo, donde se revolvería sin fuerzas durante un tiempo indefinido.

Su enfermedad era una somnolencia sin recuerdos, llena de miedo y de tristeza, hasta que de pronto su mente volvía a salir al exterior; una bocanada de aire fresco que le permitía recuperar el presente y una parte del pasado… Pero mientras se mantenía a flote sentía el miedo permanente a la llegada de una nueva ola que le volvería a sumergir en la nada. Un día ya no volvería a asomar al exterior y se quedaría allí en el interior, preso de sí mismo, desangrándose gota a gota hasta que su cuerpo dijera basta y le permitiese escapar.

–¡Abuelo, espabila! –le gritó la niña.

El viejo abrió los ojos y los clavó en las pupilas marrones de Claudia; leyó la misma incertidumbre, su mismo miedo, en la mirada de la niña. Entonces sonrió, mostrándole sus dientes torcidos y amarillentos. El terror de ambos salió corriendo y se escondió de inmediato en un rincón como una araña a la que le hubieran atravesado la telaraña de una pedrada. Seguía estando allí, al acecho, pero iba a estar un buen rato entretenido antes de volver a tocarles las narices. Por el momento estaba bien.

Paco el Canario se dejó besar unos instantes; luego su nieta se apartó y se le quedó mirando con una expresión nueva. Pícara.

–Abuelo –le dijo, tras mirar fugazmente a la puerta del comedor–. Quiero ir a la feria.

–¿A la feria?

–Voy a ir a la feria sin que ellos se enteren.

–No puedes ir sola. Sólo tienes siete años.

–Pues claro que no voy a ir sola –suspiró la niña, mirándole, ahora sí, como si no estuviera bien de la cabeza–. Tú te vas a venir conmigo.

El viejo sintió un cosquilleo en el interior. Una emoción que llevaba mucho tiempo sin sentir. Luces de colores en la noche fresca; el miedo a las gotas de lluvia que podían acabar con la fiesta en unos minutos. La noria. La música. Y un tiovivo…

Luego miró por la ventana y sacudió la cabeza tristemente. Era un anciano embarrancado en el año 2013, si es que esa cifra podía tener algún sentido. El cielo estaba gris; el viento movía los rosales y los geranios de la parte delantera del jardín. Paco recordó que la semana pasada, o quizás hacía ya un mes, Marichú le había pegado una bronca tremenda porque se había puesto a mear en los parterres. Le habían entrado las ganas de orinar cuando estaba en la carretera, hablando con Santos, el vecino. Mejor en las rosas que en los pantalones, había tratado de explicarle a su hija mientras ésta le hacía entrar en la casa agarrándole con fuerza del brazo.

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