Redaños – Parte 2

Redaños – Parte 2

Hacía algunos meses, Paco se había ganado una bronca de las gordas porque había querido ponerle a su nieta unos pendientes de oro que habían sido de su difunta Encarna. Pero la niña no tenía las orejas perforadas.

El viejo se acarició al descuido el brazo derecho. Aquella bronca tenía que haber sido de la semana pasada, porque el moratón redondeado, violeta, aún se notaba perfectamente en el centro de su antebrazo delgado y flácido. Tenía prohibido salir a la carretera aunque fuera para saludar a los vecinos, tenía prohibido mear en los rosales, y sin duda tenía aún más prohibido irse a la feria con su nieta. Ellos vivían en una casa de campo en La Torrecilla, a diez kilómetros del lugar en que se celebraba la Feria y Fiestas de Lorca…

…con su tiovivo y con la noria…

Paco, el Canario, miró con aprensión la puerta abierta del comedor.

–No nos van a dejar –susurró.

La niña cruzó el comedor de puntillas y asomó su cabeza por el hueco de la puerta. Un cuerpo pequeñito y estilizado, con una melenita rubia que rozaba la parte superior de la camiseta del pijama.

Hacía algunos meses, Paco se había ganado una bronca de las gordas porque había querido ponerle a su nieta unos pendientes de oro que habían sido de su difunta Encarna. Pero la niña no tenía las orejas perforadas. El abuelo había confundido los gritos de dolor con un simple berrinche hasta que vio aquella gotita de sangre recorriendo su uña ancha y gris. En ese momento había querido morirse; al instante y sin aspavientos, simplemente caerse al suelo fulminado antes de que aquella enfermedad con nombre de médico nazi le llevase a hacerle a su nieta algún daño irreparable.

–¿Qué vamos a hacer los dos solos, tú una niña y yo un viejo senil? –murmuró, aterrorizado.

–Pasárnoslo bien, abuelo. La Feria. ¡Fe–ria! –repitió, aplastando su naricilla contra la del anciano–. La noria. Los caballitos. A lo mejor hay un bar con cerveza para que te pongas morao mientras yo subo al tiovivo.

–Hace mucho que no me tomo una cerveza…

–Lo sé, abuelo. Si te vienes a la feria conmigo puedes tomarte las que te dé la gana –al anciano se le iluminaron los ojos–. ¡Y yo me tomaré una o dos contigo!

Claudia salió del comedor a la carrera, sin esperar respuesta, y volvió llevando un fardo de ropa. Tropezó en el quicio de la puerta y estuvo a punto de caer de morros contra el sofá. Retiró de la mesa los platos sucios de la comida y repartió las prendas. Una chaqueta de pana y un par de zapatos para el abuelo. Para ella una camiseta de manga larga y unos pantalones vaqueros que se puso enseguida, visto y no visto, mientras Paco se sacaba las zapatillas de andar por casa con mucho cuidado, peleándose con sus articulaciones anquilosadas. Contempló los calcetines negros, los tobillos huesudos, amarillentos, y se quedó pensativo. Cogió el extremo del calcetín con los dedos; sin duda era mucho mejor ir descalzo para sentir la tierra húmeda y fresca bajo sus pies cansados…

Claudia se plantó delante de él, cruzada de brazos.

–¿Vas a ir así? Ponte los zapatos y quítate la bata, hombre. Ten un poco de dignidad.

–Lo siento… –murmuró el abuelo, mientras se encajaba el zapato a toda prisa.

            La niña le dedicó una sonrisa maternal.

            –¿Sabes una cosa? Cuando se te olvide para siempre, yo te voy a abrochar los zapatos toda la vida. Hasta que te mueras. Y cuando te metan en el féletro, ya me encargaré de que lleves los zapatos bien abrochados.  Aunque a lo mejor me da un poco de pena –suspiró.

            El abuelo se puso en pie y miró a su nieta con cariño y un punto de ironía.

            –Te crees tú que tu madre va a dejar que me entierren vestido, con lo caros que están los zapatos.

            Paco el Canario miró por la ventana sin ver el paisaje. La niña se merecía una tarde en la feria. Y, de todas formas –suspiró finalmente, mientras se abrochaba lentamente los botones de la chaqueta–, cuando les descubrieran la bronca se la iba a llevar él.

–Están discutiendo en su habitación –le explicó ahora la niña–. Papá ha empezado a hablar del ERE, de la quiebra fraudulenta, bla, bla, bla…

En el tono de la niña había una alegría forzada que al abuelo le dolió como un puñal en el costado. La niña se esforzaba por sentirse bien, se obligaba a estar alegre pese a todo. El viejo crispó los labios y asomó un colmillo sucio y afilado, el mismo con que en otros tiempos había cerrado tratos difíciles con gente muy maleada, gente de la que ya no se acordaba. Si tuviera diez años menos y a su Encarna al lado para apoyarle, su hija niñata y malcriada y el bobo de su marido no iban a poder sentarse en un par de días.

–Vámonos, nena –decidió–. Pero si ves que se me va el entendimiento, le pides ayuda al primero que pase.

–Que sí, abuelo.

–Siempre que no sea un gitano –matizó el viejo, anclado para siempre en sus prejuicios.

El Canario salió del comedor con paso firme. Claudia se entretuvo unos segundos; hurgó en uno de los cajones del mueble del televisor, sacó la cartera de su madre y se metió en los bolsillos un billete de veinte euros. Estuvo a punto de llevarse uno anaranjado, de cincuenta, tan liso y brillante que parecía hecho de metal, pero tras unos momentos de duda optó por dejarlo en su sitio. Piensa en el ERE; no hay dinero, se dijo a sí misma.

La niña buscó más al fondo del cajón, poniéndose de puntillas y enrojeciendo por el esfuerzo, hasta dar con lo que estaba buscando. Un pequeño retrato en marco de plata, que había pasado muchos años encima del televisor viejo hasta que llegó el plasma y se quedó sin sitio. Sus dedos menudos y ágiles forcejearon con la parte trasera del retrato hasta que logró girar dos pequeños clavitos que hacían de tope. Entonces retiró el cartón protector, cogió la foto con mucho cuidado y dejó el marco vacío en el cajón.

            El abuelo le estaba esperando junto a la puerta de la calle; el sol había empezado a bajar hacia el horizonte, que alcanzaría dentro de un par de horas. Sus rayos otoñales se filtraban entre las ramas de los eucaliptos gigantescos que había plantado el padre del Canario con sus últimas fuerzas, cuarenta años atrás. La niña y el anciano sonrieron reconfortados por el contacto con aquel resplandor cálido y perfumado. La niña impidió en el último momento que el viejo cerrase de un portazo, como acostumbraba, y dejó resbalar la hoja de la puerta con infinito cuidado hasta que quedó cerrada con un chasquido que los dueños de la casa, encenagados en su lucha cotidiana, fueron incapaces de percibir.

Iba a pasar más de una hora hasta que Antonio y Marichú descubrieran que la niña y el anciano de los que ellos eran responsables se habían marchado solos carretera adelante.

2

            La Torrecilla era una antigua pedanía rural que no se decidía a convertirse en un extrarradio de la ciudad de Lorca. Los chalets de muros de piedra alternaban con las casas con el cebadero de los cerdos al lado; los campos de olivos, con los talleres mecánicos y algún que otro desguace. El viejo y la niña esquivaron charcos que parecían estanques, bordearon cañaverales firmemente hundidos en el agua fresca y turbulenta, pasaron por delante de parcelas con los árboles enhebrados por el cable embarrado y semisumergido del riego por goteo. El verano había terminado; habían llegado las lluvias, con la eterna amenaza de la gota fría capaz de llevarse casas, granjas y vidas humanas como había ocurrido el año anterior.

            Caminaron en fila india por la izquierda de la calzada, teniendo de frente a los coches. El abuelo iba en cabeza; Claudia trataba de colarse bajo el brazo del viejo.

            –Estate quieta, niña.

            –No veo el paisaje, ¡sólo veo tu culo! –protestó ella.

            –El paisaje lo tienes más que visto.

            Al pasar por encima de un puente se cruzaron con un tractor alto, inmenso, color verde botella, cuyo conductor saludó al anciano levantando un brazo.

            –¡Adiós, Pascual! –le saludó el viejo–. Su madre se ahogó en la riada del 73 –añadió, agachando la cabeza para que le oyera la nieta–. Se la encontraron dos kilómetros aguas abajo, junto a las vías del tren.

            –¡Vaya! –exclamó la niña, con los ojos como platos.

            –Hay que tener mucho cuidado con las riadas –le advirtió el abuelo.

            Se incorporó con cuidado y miró a las nubes, desorientado. Sobre los campos de almendros y alcachofas se cernía un cielo gris, iluminado en su parte inferior por el sol en declive.

            –Abuelo, vuelve…

            –Habría que avisar a Pascual. Que le diga a su madre que no se acerque al cauce, que se va a resbalar.

            –¡Abuelo, que no llueve! –le gritó Claudia, alarmada.

            –¿Ya no llueve, hija?

            La niña dejó pasar unos segundos, esperando a que el anciano se orientase. Cogidos de la mano, al borde de la carretera, parecían dos soldados perdidos en territorio hostil. Miraban las nubes grises, solapadas unas con otras en un único manto sucio y oscuro, como si de ellas fueran a empezar a caer las balas de los enemigos. El viejo libraba además su propia lucha para mantenerse a flote mientras su cuerpo cansado le exigía que soltase los mandos y se dejase llevar hasta aquel lugar donde no se puede hacer nada más que sentarse y esperar. Pero Paco el Canario era un hombre tenaz; iba a ir a la feria a darle el capricho a la nena, y si la rambla de Nogalte le volvía a salir al paso cargada de furia y de ruido, él sabría cómo esquivar el peligro, como había hecho ya una vez…

            Apartó con resolución la mirada de las nubes, recorrió con los ojos la carretera polvorienta por la que pasaba de vez en cuando un coche a toda velocidad, y sonrió al ver que habían tomado por la buena dirección. Lorca quedaba un par de kilómetros más adelante. Repasó las casas de sus vecinos, animándose con los recuerdos, mientras su nieta esperaba expectante a que la moneda cayera del lado de la cordura. Y de pronto vio una camioneta verde, oxidada, con la parte trasera abierta, que salía marcha atrás de una finca e invadía la carretera con firmeza de antiguo propietario.

            –¡Abuelo, es Santos! –gritó la niña, tirándole del brazo–. ¡Pégale un silbido y que nos lleve!

            El viejo abrió la boca y masticó en el vacío, rumiando lo que la niña le acababa de decir. Claudia siguió dándole tirones de la mano e instándole a que avisara al vecino antes de que se marchara. Santos había dejado la camioneta parada en el carril de la derecha, confiando en que nadie aparecería por allí en los tres o cuatro minutos que le iba a llevar cerrar la verja de su casa y ponerle el candado.

            –¡Pero sílbale, pijo, que se va! –gritó Claudia.

            El abuelo miró sorprendido a su nieta; ésta se metió en la boca todos los dedos de la mano derecha y sopló con fuerza, llenándose la mano de saliva. Entonces Paco rió con alegría, y aquella carcajada breve y profunda alejó las telarañas del interior de su cabeza.

            –Tápate las orejas –ordenó, mientras se frotaba las yemas de los dedos en la solapa de la chaqueta.

            A Paco no le llamaban el Canario porque hubiera nacido en una isla. Su silbido largo y estridente levantó de su siesta a más de uno, hizo ladrar a un perro a lo lejos, y congeló en su sitio a Santos, que ya estaba metiendo su cuerpo rechoncho en la furgoneta. El vecino guiñó los ojos para protegerlos del sol, miró a las siluetas plantadas en la cuneta y levantó el brazo con una sonrisa.

            –¡Santos, espéranos! –chilló la niña, cruzando la carretera sin mirar atrás, mientras el abuelo caminaba por el medio del carril derecho con parsimonia.

            Santos Jódar llevaba cuarenta años conduciendo la misma camioneta grande y parsimoniosa, y en todo ese tiempo no había sentido nunca la necesidad de sobresaltarla pasándole la manguera. Cobraba una pensión por invalidez, lo que le permitía dedicar casi todas las horas del día a recorrer los campos de la comarca buscando neveras rotas, muebles oxidados y hierros viejos que luego componía y le vendía a bajo precio a los ecuatorianos y marroquíes que vivían en los extrarradios de Lorca. Mientras se arriesgaba al desastre introduciendo la tercera marcha, Santos le explicó al viejo y a la niña que se iba a acercar hasta La Hoya, una pedanía del otro lado de la ciudad, porque un amigo de su hijo había visto tres llantas y un par de neumáticos abandonados en medio de un sembrado.

            –¿Y adónde vas a ir con tres llantas? –le preguntó el Canario, mientras bajaba el cristal de la ventanilla para disipar un poco el olor a hierba podrida.

            –Ahí en el desguace, en Puerto Lumbreras, puedo encontrar la que me falta –explicó Santos, señalando vagamente con la mano hacia la parte posterior de su furgoneta–. Le puedo vender el lote entero a cualquier moro y que se lo lleve para Marruecos.

            –Santos, no se dice moro –le riñó Claudia.

            El hombre le miró extrañado durante un par de segundos. Luego devolvió la mirada a la carretera y asintió con la cabeza.

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