Redaños – Parte 3

Redaños – Parte 3

Claudia le propinó a su abuelo tal codazo, que cualquier persona con más entendederas que su vecino se habría dado cuenta de que aquellos dos se traían algo entre manos. Por suerte Santos estaba muy concentrado tratando de encontrar en la carretera vacía el hueco suficiente para rebasar a un ciclista que ya no podía echarse más al arcén.

–No se dice si es para insultarlos; pero ellos son moros como tu abuelo y tú sois cristianos –razonó, sin darle mayor importancia al comentario. Llevaba media vida rodeado de marroquíes de chilaba y barba larga, de ecuatorianos pequeños y robustos, y de negros de dientes blancos y voz tonante. En el fondo, se trataba de vivir y dejar vivir. La niña miró a su abuelo, y éste confirmó las palabras del vecino con una sonrisa mientras pasaba un dedo frío como el hielo por la mejilla caliente y encarnada de su nieta.

            –¿Y adónde os llevo? –les planteó Santos, de sopetón.

            Claudia se envaró en su asiento, tiesa como la ramita de un árbol. Miró a su abuelo, pero éste estaba aún más desconcertado. No se les había ocurrido pensar en ninguna excusa.

            –Vamos al centro de salud –improvisó la niña–. Tienen que ponerle al abuelo la vacuna de la gripe.

            –¿Qué? –gritó el viejo.

            Claudia le propinó a su abuelo tal codazo, que cualquier persona con más entendederas que su vecino se habría dado cuenta de que aquellos dos se traían algo entre manos. Por suerte Santos estaba muy concentrado tratando de encontrar en la carretera vacía el hueco suficiente para rebasar a un ciclista que ya no podía echarse más al arcén.

            –Es la edad, Santos, que no perdona –añadió la niña.

            Por fin Santos se decidió a adelantar e invadió el carril izquierdo con un acelerón que dejó al sufrido ciclista envuelto en una nube de humo.

            –Paisano, ¿y por qué no te lleva tu hija? –inquirió, guiñando sus ojos porcinos hasta que desaparecieron debajo de las cejas.

            –Es que se han tenido que quedar plantando tomates –le explicó la niña–. Y también lechugas. Y tenían que hacer algo relacionado con el ERE –añadió, a la desesperada.

            Aquello funcionó. A la mención del ERE, Santos empezó a hilvanar un razonamiento cargado de agravios y rencores, donde no tardaron en salir los terremotos de 2011 y la riada que un año después se había llevado por delante lo que aquéllos habían respetado. Claudia le dejó divagar unos minutos, acompañando al abuelo en su vagar errático por el horizonte de campos y casitas. Pero de pronto volvió a erguirse en su asiento, muy excitada.

            –¡Para, Santos! ¡Párate aquí, que nos bajamos! –le ordenó, agarrándole por el codo. Santos se dejó guiar hasta que la camioneta estuvo en el centro mismo de la calzada. Luego enderezó la maniobra y la aparcó en su carril.

            –¿Qué te pasa, hija?

            Miró a Claudia con extrañeza, apartando la vista unos instantes para hacerle un gesto de desprecio a un coche que pasó pitando y rozándoles. La niña devoraba con los ojos el espejo retrovisor torcido y remendado de la portezuela de la derecha, tratando de no perder de vista algo que habían dejado atrás, en un pequeño grupo de casas que flanqueaban una de las curvas de la carretera.

            –¡Abuelo, abre la puerta!

            –¡Yo no quiero que me pinchen! –protestó el viejo, que vagaba de nuevo en su propia dimensión.

            –¡Que no te van a pinchar! Era una excusa para que este tarugo nos dejara subir –susurró Claudia, en tono tan fuerte que podrían haberla oído desde el exterior de la camioneta–. Pero ahora tenemos que bajarnos.

            Trepó sobre el regazo de su abuelo, forcejeó con la manilla hasta que logró abrir la puerta y saltó a la cuneta, hundiéndose en la hierba hasta las rodillas. El viejo le siguió con premura, recomendándole que tuviera cuidado con los coches.

            –Muchas gracias, Santos, pero nos quedamos aquí. Tenemos que comprar las agujas para la inyección.

            Al escuchar aquella palabra, Paco el Canario inició una nueva protesta, pero la niña cerró la puerta de un portazo. Santos les miró perplejo durante unos instantes. Pese a su corta inteligencia, por fin se había dado cuenta de que había algo que no cuadraba. Sin embargo, en aquellos momentos apareció por el carril contrario un coche de la Guardia Civil, y el hombre se apresuró a poner la camioneta en movimiento.

            Podríamos decir, en su defensa, que aquella tarde Santos Jódar renunció a hacer negocio con las tres llantas abandonadas; le costó un duro debate interno, pero finalmente, cuando estaba a punto de meterse en la ciudad, hizo un cambio de sentido poco ortodoxo y regresó a La Torrecilla a toda velocidad, atreviéndose incluso con la cuarta marcha. Fue él quien advirtió a los padres de Claudia de que la niña y el abuelo estaban rondando solos por los campos.

            Pero para aquella advertencia aún faltaba más de media hora. La niña le dedicó una última mirada de alivio a la furgoneta que se alejaba y luego echó a correr por la cuneta en la misma dirección por la que habían venido. Las plantas empapadas por el agua de los últimos días le empaparon los zapatos y los pantalones vaqueros, pero ella le hizo el mismo caso que al vuelo rasante de los pájaros por debajo del telón de nubes grises.

            Claudia trepó por la cuneta hasta quedar de rodillas en el asfalto resquebrajado; luego dio una docena de pasos lentos, disimulados, hasta llegar a un grupo de tres coches aparcados delante de unas casas. Se aproximó al más cercano, encogiéndose como un gatito fugitivo, y luego alargó la manita hasta retirar del limpiaparabrisas trasero un folleto rojo y amarillo, deformado por la lluvia.

            –¡Bien! –murmuró.

            En aquel momento se acordó del abuelo.

            La niña miró carretera abajo, en dirección a Lorca, pero el anciano había desaparecido. Sintió de repente un cosquilleo frío, como si la sangre se le hubiera retirado de las manos y los pies; un terror profundo no por ella, sino por la persona que tenía a su cargo. Suspiró aliviada cuando le vio caminando por el arcén contrario.

            –¡Abuelo! ¿Adónde vas? –le gritó, enfadada y temerosa, llamándole la atención como una madre que ve a su hijo encaramado al árbol más alto del prado.

            –Yo no quiero que me pinchen –resolvió el Canario, caminando a grandes pasos de vuelta a casa.

            Claudia resopló con enfado, tratando de no perder la paciencia. Dobló el folleto y se lo metió en el bolsillo de atrás de los vaqueros, tras comprobar que la foto que se había llevado de casa estaba a salvo en otro bolsillo diferente. Cruzó la carretera en pos del viejo y le agarró del codo con ambas manos, clavándose al suelo. Forcejearon unos instantes, el uno tratando de escapar, la otra anclada en la cuneta, roja por el esfuerzo, hasta que el Canario se rindió.

            –Por lo menos que sea en el culo, que es donde tengo más mollas –trató de negociar, esbozando una sonrisa triste.

            –Abuelo, que no te van a pinchar –le dijo Claudia, con dulzura. Tranquilizó al viejo recordándole que todo era una excusa, y que su objetivo era irse juntos a la feria antes de que se hiciera de noche. Paco el Canario la escuchó primero con desconfianza, luego con una sonrisa, haciéndose cruces de lo despistado que podía llegar a ser. Junto a ellos pasaba de vez en cuando algún coche, otro tractor, cuyos conductores se fijaban unos instantes en aquellos dos peatones que charlaban animadamente junto al arcén.

            Finalmente cruzaron la carretera, mirando por una vez si había tráfico, y se alejaron de los coches aparcados; cuando se sintió segura, Claudia sacó del bolsillo del pantalón el folleto casi destruido y lo desplegó. Un cuadernillo de dos páginas, con el anuncio de una tienda de muebles en la portada, fotos de sillas y sofás en el interior, y una contraportada gris, anodina, hecha de rayas y flechas que reproducían una pequeña parte de Lorca, para indicar al cliente dónde podría encontrar las gangas más gangas de toda la Región. La niña fue moviendo por encima del plano un dedo manchado de barro, mientras el Canario seguía sus explicaciones con total atención.

            –Nosotros estamos aquí, fuera del plano –dijo Claudia, dejando flotar la manita en un lugar indefinido entre el folleto y el pecho del abuelo–. Ésta es la fuente de San Antonio, y por aquí abajo se va a la rotonda de Águilas…

            La niña volvió a entrar en el plano y fue guiando al abuelo entre la red de líneas desvaídas por la lluvia mientras le explicaba la manera más rápida de llegar a la feria. El Canario asentía con parsimonia, con la mirada clavada en la uña embarrada de Claudia. Finalmente la niña volvió a plegar el folleto, se lo metió a presión en el bolsillo trasero y echó a andar, resuelta. A sus espaldas, aguas arriba de las ramblas de Puerto Lumbreras, se escuchó lejano y sordo el primer trueno.

            3

            La discusión duraba ya varios minutos. Abuelo y nieta estaban a los pies de un pequeño puente de cemento, a menos de un kilómetro de la ciudad. Claudia quería seguir la ruta original, esbozada muy claramente en el folleto mojado que había cogido del coche, pero el anciano se mantenía firme, la mirada gacha y clavada aguas abajo, los pies removiendo inquietos el barro húmedo de la rambla mientras repetía que aquel cauce era un atajo seguro.

            –¡Abuelo, no puede ser! –repetía la niña, tratando de controlar el berrinche–. El mapa del tesoro lo explica muy claramente.

            –El mapa del tesoro dirá misa, pero ésta es la rambla del Moreno, que más abajo se parte en dos. Un ramal se aleja hacia El Campillo, pasa rodeando las tierras de Tomás el Escolao y se muere en mitad del campo. Y el otro enlaza con un cauce que se llama la Reguera de las Burras.

            –¡Abuelo, que todo eso es autovía!

            –No, señora. Más abajo hay un tramo al aire libre que enlaza con la rambla de Tiata. Y de allí a la feria no hay más que un paso.

            –¡Que no! –gritó la niña, haciendo ondear el mapa como si fuera la bandera de un ejército derrotado y muerto de viejo–. ¡Que esta rambla nos saca de Lorca y nos manda a tomar por culo!

            –Niña, no digas palabrotas –le riñó el viejo. Luego se puso en pie renegando y miró hacia atrás.

            Eran casi las siete de la tarde, y ya no se vería más el sol a menos que la capa de nubes le dejara asomarse unos minutos, antes de esconderse detrás de las montañas de Puerto Lumbreras. Habían vuelto a oír unos truenos, pero el Canario calculaba que con el viento en contra les daría tiempo de llegar a la feria antes de que empezase a llover de verdad. Siempre y cuando aquella nieta suya se bajase del burro.

            La discusión le estaba sentando bien a su mente demasiado cargada; era como si su cerebro se moviera físicamente, sacudiéndose el hollín de la arterioesclerosis, o el virus del alzhéimer, o toda la mierda que tenía en su interior. Estaba harto de mantener la boca cerrada para ahorrarse los reproches de su hija, o de que su yerno le diera la razón como a los tontos. Recogió del suelo una rama de pino de un metro, llevada hasta allí por los arrastres de las lluvias, y apuntó con ella hacia el sol poniente como si le estuviera retando a salir de su escondite.

            –Allí está el Oeste –proclamó.

            Dio media vuelta, con cuidado de no resbalar sobre el barrillo del cauce, y apuntó una cadena de montañas baja y alargada que cerraba aquella parte del horizonte.

            –Y allí está el Este; la sierra de Almenara. Por lo tanto, allí a la izquierda están la rambla de Tiata, el río Guadalentín y la feria de ganado.

            El razonamiento era irreprochable, y además lo había formulado con un semblante tan autoritario, que estuvo a punto de vencer la resistencia de su nieta. Sin embargo, ésta había encontrado una grieta por la que colarse, y por ella se metió con una sonrisa triunfal.

            –Abuelo; no es la feria del ganado, sino la Feria Grande –estuvo a punto de sacar la foto que llevaba guardada en el bolsillo de los vaqueros, pero fue capaz de contenerse. La estaba reservando para cuando llegara el momento–. No sabes ni adónde vamos –añadió, con cierta crueldad que era necesaria para llevar el agua a su molino.

            –¡Tú sí que no sabes ni dónde estás! ¡Renacuajo! –respondió el viejo, lamentándolo al momento. Se acercó a su nieta, que le rechazó con un gesto de la mano. Por unos momentos ambos permanecieron en silencio, enfadados pero amándose más que nada en la vida.

            Finalmente la niña suspiró.

            –Te voy a dar el beneficio de la duda –pronunció con cuidado.

            Por unos segundos aquella pequeña fue un esbozo de la mujer adulta que estaba destinada a ser. El abuelo la miró de arriba abajo, sonrió con cierta timidez y le tendió la mano, que esta vez la niña no rechazó.

            –Ya verás cómo por aquí llegamos enseguida, y sin que los coches nos atropellen –le prometió.

            El cauce de la rambla se iba haciendo más ancho y profundo a cada paso; Paco el Canario y Claudia no tardaron en encontrarse en el centro de un desfiladero, de laderas de tierra blanda y suelo de cantos rodados, con la maleza húmeda y aplastada contra el suelo por el peso de las últimas lluvias.

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