Redaños – Parte 4

Redaños – Parte 4

El abuelo buscó un blanco apropiado para hacer puntería. Lo encontró en un charco del tamaño de una piscina, a veinte metros de donde ellos se encontraban. Cogió una primera piedra y la lanzó con toda la fuerza de sus brazos esqueléticos. La piedra rebotó contra el tronco de un eucalipto y se perdió entre la maleza.

–Ten cuidado, no resbales con el musguillo –le advirtió el abuelo–. Antes de apoyarte en una piedra, tantéala primero con la punta del zapato. Y si resbalas no te agarres al cañizo; vale más mojarse un poco el culo que cortarse la mano.

            Avanzaron con mil precauciones por el margen izquierdo de la rambla, alejándose del terreno embarrado.

            –Apura, abuelo, que se va a hacer de noche –dijo la niña, de repente. El viejo estaba absorto en un grupo cerrado de eucaliptos altos y gruesos como las columnas de una catedral.

            –Mi tío Manolo era pregonero –comentó, sin que viniera a cuento–. Iba con su trompetilla por las calles, y le gustaban las mujeres más que a mí cantar las cuarenta y las diez de últimas. Cuando daba un solo toque es que la noticia era oficial; cuando daba dos, que era un anuncio privado.

            –¿Y cuando venía la feria, cuántos toques daba? –preguntó la niña, centrada en lo realmente interesante.

            –¡Vamos a la feria! Es verdad…

            El abuelo se agachó junto al borde del cauce y recogió un puñado de piedras redondeadas y húmedas.

            –Ponte detrás de mí, y si ves que empiezo a correr sígueme los pasos sin mirar atrás –advirtió. Su mirada ávida e inquieta contrastaba con la palidez enfermiza del resto de su cara, delgada y oscurecida por la barba mal afeitada–. Tenemos que coger ahora mismo unas piedras para asustar al Moro.

            –¿Quién es el Moro?

            –Un perro muy malo que tienen los gitanos de Totana.

            El abuelo buscó un blanco apropiado para hacer puntería. Lo encontró en un charco del tamaño de una piscina, a veinte metros de donde ellos se encontraban. Cogió una primera piedra y la lanzó con toda la fuerza de sus brazos esqueléticos. La piedra rebotó contra el tronco de un eucalipto y se perdió entre la maleza. El viejo se desabrochó la chaqueta para tener mayor libertad de movimientos, guiñó el ojo izquierdo, se pegó otra piedra a la oreja derecha y volvió a lanzar. En esta ocasión hizo blanco en el charco de al lado del que tenía como objetivo.

            –¡Le he dado!

            –No le estabas apuntando a ése –negó la niña.

            El Canario miró a su nieta con una cierta desconfianza.

            –¿Y tú qué sabes?

            –Te he visto adónde lanzabas la primera vez.

            –Sí que le he dado –se obcecó el viejo–. Mira cómo se mueve el agua.

            El charco de aguas oscuras reflejaba las copas de los árboles de la ribera. En la superficie aparecieron de pronto dos círculos, uno a cada lado, que se extendieron de inmediato hacia todas direcciones haciendo temblar el reflejo. Eran gotas de lluvia. Claudia y el Canario apartaron la mirada de inmediato, cada cual temiendo que el otro decidiera terminar con la excursión, y siguieron caminando rambla abajo. Lejos, a su izquierda, se escuchaba el rumor sordo del tráfico que rodeaba la ciudad.

            –Abuelo, no estamos en Totana –dijo Claudia, de improviso. La emoción del tiro al charco le había hecho olvidar el comentario del abuelo hasta aquel momento–. No estamos en Totana sino llegando a Lorca, y el perro de los gitanos ya hará mucho que se ha muerto. Así que no te guardes más piedras, que te estás manchando la chaqueta.

            Cogió con cariño las manos deformadas del anciano y se las limpió de barro con el borde de su camiseta. Luego le hurgó con delicadeza en los bolsillos y empezó a sacar las piedras.

            –¡No me tires mis cosas! –se quejó el Canario, apartándole las manos. Él mismo se fue vaciando los bolsillos; dejó caer las piedras a sus pies y se quedó con media docena de objetos. Una moneda de un euro, una tuerca que relucía como un anillo de compromiso, un pañuelo y una llave vieja y oxidada que miró durante unos segundos antes de devolverla a su refugio con el resto de los tesoros.

            –¿Qué es esa llave?

            –Antes la usaba para cerrar el butano, o algo así… –dudó el anciano, echando de nuevo a andar.

            Con los últimos rayos del sol llegaron a la rambla de Tiata, un cauce rectilíneo, flanqueado por muros de piedra de tres metros de altura. Giraron a la izquierda; el castillo de Lorca aparecía y desaparecía entre los jirones de nubes que colgaban del manto principal. Ahora el tráfico de la ciudad se escuchaba más claramente; si alguno de los conductores hubiera parado en el arcén y se hubiera asomado a la rambla, habría visto a la pareja avanzando cogidos de la mano junto al arroyo turbio e irregular. Un anciano ágil y delgado y una niña rubia con unos vaqueros llenos de barro hasta las rodillas, que de vez en cuando se detenían e intercambiaban algunas frases. Y si hubiera permanecido acodado en la barandilla de la rambla un par de minutos, les habría visto pararse en seco, cruzar un par de frases y ponerse a caminar en fila india con mil precauciones, el anciano abriéndose paso entre la maleza con ayuda de un palo…

            …porque así es como se avanza cuando uno se encuentra con arenas movedizas.

            –¡Niña, ten cuidado! –había dicho Paco el Canario–. Este barrio es muy pegajoso. Si das un mal paso puedes caer en un hoyo y hundirte en el fango hasta las rodillas.

            –Son arenas movedizas… –resolvió la niña, fascinada.

            –Arenas movedizas –repitió el viejo, con un escalofrío–. Ven, es mucho mejor que vayamos pegados al muro. Pisa encima de mí.

            Anduvieron de esta guisa cerca de cien metros, sin querer apoyarse en el muro de contención para que la aventura no perdiera su magia, hasta que la mente del abuelo volvió a perder el paso.

            –¿Y ahora por qué vamos en fila india? –se escamó.

            –Hay que ir por el borde porque hay arenas movedizas –le explicó la niña, con paciencia–. Con que nos toque una gota de barro, ya nos quedaríamos pegados y nos iríamos hundiendo poco a poco, sin remedio… Las arenas movedizas tirarían hacia abajo, y nadie, ni siquiera los Bomberos, nos podrían sacar, hasta que nos ahogásemos enterrados y nuestros cuerpos muertos se quedasen ahí, ahogados, con los otros esqueletos.

            Claudia se estremecía de la cabeza a los pies al imaginarse toda la escena. El abuelo, más entero, se limitó a aferrar el palo con más fuerza, dispuesto a soltarlo tan pronto como notase la succión. Recorrieron casi un centenar de metros haciendo equilibrios, como si caminasen encima de un cable, hasta que el viejo se hartó y se sentó a descansar en una piedra caída de lo alto del muro.

            –La de veces que hemos bebido aquí, en el Ramblizo –empezó a decir, volviendo a trastocar los lugares–. Claro que entonces no estaba encauzado. Una vez vimos a la hermana de un amigo mío que se llamaba Colás, que se estaba remojando las pantorrillas. Y ella nos oyó reír y empezó a tirarnos piedras… ¡y entonces le vimos las bragas! Llevaba las bragas rosas, y desde entonces la llamamos la Colasa, la de las bragas rosas.

            Paco el Canario empezó a reír en voz baja, con malicia. Claudia estuvo a punto de recordarle que aquella rambla no era la que pasaba junto a la casa de su infancia, pero algo en su interior le dijo que no era el momento. Fue un pensamiento nuevo, uno de los infinitos pasos adelante de su mente en desarrollo. En vez de eso se metió la mano en el bolsillo del pantalón y palpó la foto que se había llevado de su casa.

            La niña pensó por un momento en sus padres y en la consecuencia que podía tener aquella excursión. Supuso –acertadamente– que ya se habrían dado cuenta de su ausencia, y que habrían llamado a la policía. También imaginó que no sabrían por dónde empezar a buscarles, sin darse cuenta de que había una persona que sabía exactamente qué dirección habían tomado, porque había sido él mismo quien les había dejado en la cuneta, al lado de una rambla.

            Mientras Antonio y Marichú se montaban en el coche apresuradamente, siguiendo a la policía sin dejar de discutir, Claudia y el abuelo Paco recorrían los últimos metros hasta el recinto de la feria. La niña caminaba con una cierta desgana. Ya se había dado cuenta de que la feria estaba cerrada, posiblemente por la amenaza de lluvia. La noria gigantesca, que se podía ver desde buena parte de la ciudad, estaba apagada y con las cabinas inmóviles, y no se oía la música de los chiringuitos.

            Mientras seguía al abuelo cauce arriba adivinó que no iba a haber feria para ella ni este año, ni tal vez el siguiente. Cuando sus padres dieran con ellos, iba a estar castigada en su habitación hasta que cumpliera los treinta. Para consolarse, acariciaba la foto que llevaba escondida en el bolsillo trasero del pantalón. Al menos eso no se lo iban a poder quitar…

            –Bueno; pues hemos tenido redaños para llegar hasta aquí –suspiró el viejo, sentándose al pie de la escalera de piedra que subía desde el lecho de la rambla hasta la calle.

            Claudia asintió en silencio y se sentó a su lado para descansar. Habían llegado al puente de la Torta, una antigua pasarela de cemento que unía el casco urbano con la zona conocida como Santa Quiteria. Sobre sus cabezas pasaban de vez en cuando las siluetas grises, apresuradas, de la escasa gente que había tenido ganas de salir de casa en aquella oscura tarde de domingo. Algunos inmigrantes con pereza de volver a sus pisos realquilados, dos prejubilados que hacían footing por miedo más que por deporte, una mujer embarazada. Si la Feria Grande hubiera estado abierta, aquel puente sería un hervidero de niños, adultos y ancianos. Ahora sólo era una pasarela silenciosa y mal iluminada por las farolas de los extremos.

            A la niña le entraron de repente muchas ganas de llorar. Echaba de menos estar tumbada en su habitación jugando con la play, o en el salón viendo Bob Esponja o leyendo un cuento con su abuelo; pero al mismo tiempo no quería volver a aquella casa donde sus padres estaban constantemente gritando y amenazándose. Y, por si aquello fuera poco, Claudia era cada vez más consciente de que aquellos momentos de complicidad junto al abuelo eran algo que se acababa; los últimos minutos de una relación que habría tenido que durar muchos años más, de no haberse metido de por medio aquella enfermedad que apagaba la sonrisa de su abuelo y le convertía en una persona imprevisible y cerrada a la que había que proteger.

            Como si le estuviese leyendo el pensamiento –y quizás fuera exactamente eso–, el viejo cogió a su nieta por los codos, la atrajo hacia sí y la abrazó.

            –No te preocupes, princesa, que el abuelo tiene cuerda para rato –murmuró, raspándole la mejilla con su barba descuidada–. Y cuando tus padres nos encuentren les diremos que he sido yo, que me he escapado y que tú has venido detrás de mí. Y que les den por culo a los dos.

            –¡No, abuelo!

            –¡Calla! Aquí el Canario aún tiene redaños para enfrentarse a una menopáusica y al calzonazos que la mantiene –soltó, del tirón. La niña se apartó, dirigiéndole una mirada sorprendida y alegre al mismo tiempo.

            –¿Qué son unos calzonazos y unos redaños?

            El viejo miró a su nieta con cariño.

            –Eso me pasa por bocachancla, con lo lista que tú eres –suspiró–. ¿Quieres saber qué son los redaños? –la desafió.

            –Sí –sonrió Claudia, anticipándose a la broma.

            –¿De verdad lo quieres saber?

            –¡Que síiii…!

            –Pues los redaños son… ¡los redaños son los cojones! –gritó el abuelo, pellizcándole a su nieta en el ombligo. Se puso en pie; entre risas, y pese a las protestas de la niña, la levantó en brazos, la subió a caballito y subió al trote la veintena de peldaños, dejando atrás la rambla sucia, el agua enturbiada, las arenas movedizas y buena parte de sus miedos.

            4

            La feria de Lorca estaba cerrada por la amenaza de lluvia. Ante las verjas del recinto del Huerto de la Rueda había un coche marrón de seguridad privada, cuyos ocupantes se habían refugiado en algún bar cercano viendo que iban a echar la tarde inútilmente. Las atracciones estaban silenciosas y cubiertas por lonas que colgaban pesadamente, empapadas por las lluvias de todo el fin de semana. Había un Torrente gigantesco con la calva reluciente por la lluvia, varios carruseles extendidos por el suelo, inmóviles como una boa recién comida, charcos en los que golpeaban las primeras gotas de lluvia. Al otro lado de la valla se veían algunas caravanas con la puerta abierta, dejando adivinar las escenas cotidianas de la familia nómada. Mientras repasaban con la mirada la feria vacía, un hombre en chándal atravesó el recinto cargado con una bolsa de comida y una garrafa de agua.

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