Redaños – Parte 5 y final

Redaños – Parte 5 y final

Era una imagen muy antigua, en blanco y negro, que enseñaba aquel mismo recinto en el que ellos se encontraban, antes de los tiempos de la luz eléctrica y el agua corriente en las casas. El Huerto de la Rueda se extendía hacia el cauce del Guadalentín trazando una ligera cuesta abajo.

Claudia miró con decepción la gigantesca noria metálica, quieta y apagada como el ojo de un robot. Pese a la ausencia de luces, al silencio y a las calles vacías de gente, había tenido hasta aquel preciso instante una remota esperanza de encontrar la feria abierta.

            En fin.

            Claudia había nacido lista, y el ambiente hostil en el que se había criado le había hecho madurar todavía más. Sacudió la cabeza para distanciarse de aquel paisaje triste y desolador, y se sacó del bolsillo la fotografía que se había llevado de casa de sus padres.

            –Toma, abuelo; es para ti –dijo, alargando la mano.

            El viejo cogió la foto enarcando las cejas en señal de duda.

            Era una imagen muy antigua, en blanco y negro, que enseñaba aquel mismo recinto en el que ellos se encontraban, antes de los tiempos de la luz eléctrica y el agua corriente en las casas. El Huerto de la Rueda se extendía hacia el cauce del Guadalentín trazando una ligera cuesta abajo. Estaba plagado de tiendas de lona y cobertizos de madera, algunos de ellos con un par de caballos en el interior. Un grupo de chavales descalzos miraban al objetivo de la cámara con total seriedad, impresionados por aquel alarde de tecnología. Y sobre todo, descollando sobre personas, caballos y chiringuitos, un inmenso arco de metal a medio montar, que se iba a quedar así al menos hasta que sus dos propietarios dejaran de posar; porque el motivo principal de la fotografía eran los dos hombres jóvenes, casi adolescentes, que sonreían a la cámara con aire chulesco y agarrados del brazo.

            El joven de la izquierda llevaba un sombrero blanco, de paja, que se había puesto aposta para que la foto no revelase sus cabellos desordenados por el sudor. Vestía una camisa de color claro, remangada, que dejaba ver dos brazos delgados y nervudos, y lucía un bigote fino, con pretensiones de señorito. La mano izquierda desaparecía oculta por el humo del cigarrillo, que el tiempo de exposición de la foto había convertido en una nube ovalada llena de bultos y estrías. El otro hombre era más grueso y vestía de una forma similar, pero Claudia nunca le había dedicado más que una mirada superficial. Ella estaba loca por el otro, por el joven arrogante con su sonrisa de desafío; una expresión con la que retaba al mundo entero a plantarle cara y tratar de pararle los pies a él, a Paco el Canario.

            Los padres de Paco habían sido dos trabajadores honrados y muertos de hambre; él había aprendido desde muy joven que si se apartaba aquello de honrado, muchas veces el muertos de hambre se alejaba también. A los dieciséis años aún no había juntado el dinero necesario para comprar el tiovivo en el que sus padres se estaban dejando la salud, pero ya había reunido capital suficiente para permitirse aquella noria, realmente modesta para las que vendrían detrás. Aquella mañana de septiembre de hacía más de medio siglo, el Canario y su socio habían visto en el recinto de la feria a Pedro Menchón, uno de los fotógrafos más prestigiosos de Lorca, y le habían encargado una instantánea de cuerpo entero en la que se viera además la noria.

            Con el paso del tiempo aquel jovencito se había casado con una chica de Puerto Lumbreras que se llamaba Encarna, había tenido una hija destinada a casarse con un calzonazos sin redaños, y se había convertido en una sombra sin pasado. Pero precisamente de ahí llegaba ahora el hombre del bigotillo: del Pasado con mayúsculas. Y ahí estaba, siempre desafiante, dispuesto a echarle una mano a su aliado, a aquel anciano que no era otro que él mismo, vencido por una enfermedad que aún no tenía nombre en los tiempos de la foto, pero que, en cualquier caso, era muy poca cosa para dejarle a él, al Canario, en la cuneta.

            Claudia siguió atentamente los cambios en la expresión de su abuelo. Hubo unos instantes de desconcierto; luego una mirada de asombro a medida que las piezas del puzzle volvían a encajar; y, por fin, la sonrisa incrédula de Paco el Canario, que al reconocer al jovencito del sombrero volvió a reconocerse a sí mismo, y a todo lo que había sido hasta que aquella maldita enfermedad comenzó a arrancarle las neuronas a puñados.

            Sin dejar de sonreír, el Canario cogió la foto por una esquina y se la presentó a su nieta como un árbitro sacando tarjeta roja, pidiéndole alguna explicación.

            –¡Feliz cumpleaños, abuelo! –dijo Claudia, sintiendo que se le saltaban las lágrimas sin remedio–. La foto es tuya… he querido regalarte tus recuerdos, para que volvieras a saber quién eres. Como muchas veces no te acuerdas… –ahora las palabras salían a trompicones, entre sollozos–. Quería que vieras la noria de cerca, pero la feria está cerrada…

            El llanto se hizo irrefrenable, fruto también de la fatiga de la excursión y de los últimos días en la casa de los reproches. El abuelo se agachó y abrazó a la niña con fuerza. Y así permanecieron, dos inocentes en medio de un mundo frío y hostil, hasta que el Canario se incorporó con la mirada rejuvenecida, levantó la mirada, recorrió con los ojos la curva de la noria petrificada, y exclamó:

            –¡Pijo, día de feria y la noria cerrada! ¡Así no se hace caja!

            Claudia siempre recordó los minutos siguientes como la culminación de una película de acción, cuando los tiros, las persecuciones y las sorpresas se amontonan sin dejar respirar al espectador.

            Lo primero que hizo su abuelo fue acercarse a la verja del recinto ferial, esquivando el coche de la seguridad privada, y tratar de abrirla a la fuerza. Al ver que las puertas no cedían se dirigió a la parte derecha del recinto, bajando a buen paso la ladera que conducía al cauce del río Guadalentín.

            La niña, que le seguía al trote, le vio detenerse delante de uno de los tramos de la valla, justo donde el recinto ferial hacía esquina. Entonces el Canario se hurgó en los bolsillos y volvió a sacar toda su colección de tesoros, la tuerca reluciente, el pañuelo, la moneda de un euro, y la llave asquerosa y oxidada que encajó a la primera en un candado con más años que Matusalén, abriendo una pequeña portezuela chirriante por la que se colaron, primero el viejo y luego ella, mientras empezaba a llover de verdad.

            –Esta llave es de una cadena que tuve para atar a la caravana las bombonas de butano, pero siempre encajó aquí de puta madre –comentó el abuelo. Luego se alejó, dejando el candado sin cerrar por si tenían que salir de allí a la carrera, mientras su nieta le miraba boquiabierta.

            Era imposible dejar de ver la noria, pero llegar hasta ella era complicado. Al ver que este día no iban a abrir, muchos feriantes habían movido sus coches formando junto a sus atracciones pequeños recintos que les protegían del frío y de la lluvia y les aportaban un pelín de intimidad. Así y todo, el abuelo avanzaba con seguridad, abriéndose paso entre el pequeño caos.

            En una ocasión saludó con alegría a una gitana vieja que veía llover apostada junto a la puerta de su roulotte, que le devolvió el gesto como si hubiera visto a un fantasma. Cuando pasaban junto a la atracción del látigo, un anciano en zapatillas salió de dentro de la taquilla, dio un par de pasos vacilantes esquivando los charcos, y se fundió en un abrazo con el Canario. Luego se quedó mirando a la niña con los mismos ojillos agudos, maliciosos, de su abuelo, y le preguntó si era su hija por la mano derecha o por la izquierda. La pequeña no comprendió el comentario, pero respondió que ella no era Marichú sino su hija Claudia, y sonrió al ver la cara de desconcierto que le devolvió aquel hombre.

            –Luego te veo, René –prometió el Canario–; hemos venido a ver si Palmiro nos deja subir a la noria… –se detuvo, y añadió–: aunque me parece a mí que Palmiro se fue a tomar por saco hace doce años.

            –¿A qué vas a ir a la noria, ganapán? –se burló el otro anciano, metiéndose bajo un arco de la atracción para protegerse de la lluvia.

            –¡Es un regalo que me ha hecho mi nieta! –se despidió el Canario, alejándose de allí a buen paso.

            Claudia se quedó unos instantes parada junto al látigo, sintiendo la mirada del otro anciano por encima de su cabeza, mientras Paco el Canario volvía a recorrer con paso firme aquellos espacios que habían sido suyos durante más de medio siglo, como también lo habían sido otras dos docenas de ferias y verbenas de aquella tierra de frontera entre Murcia y Andalucía.

            Su carita infantil se iluminó con una sonrisa de orgullo al ver cómo su abuelo recibía el homenaje de los feriantes más antiguos; luego suspiró con fastidio al ver que aparecían entre dos de las calles los rotativos de emergencia de un coche de la policía.

            –Ese idiota de Santos nos ha delatado –murmuró, mientras echaba a andar en pos del abuelo.

            Al ver llegar el coche patrulla, escoltado por el vehículo de la seguridad privada y por una ambulancia, los feriantes regresaron rápidamente a sus caravanas, corriendo las cortinas y echando todos los cerrojos disponibles. El Canario se detuvo y miró a ambos lados, buscando alguna manera de escapar. Luego agachó la cabeza y se dejó golpear por la lluvia. Claudia corrió hacia él, con la mirada baja para que no le deslumbrasen los destellos amarillos y azules. El coche de la policía hizo sonar brevemente la sirena en un único aullido de advertencia; a la niña le pareció oír, además, un grito histérico y triunfal que conocía demasiado bien, que acompañaba a su vida como un ruido de fondo molesto y en el fondo intrascendente.

            Nieta y abuelo se cogieron de la mano. Estaban a los pies de la noria, que se levantaba inmensa y orgullosa como un barco de vela. Por unos instantes les pareció que empezaba a girar para abrirse paso entre los chamizos de lona, las caravanas oxidadas y la arena mojada hasta alcanzar el cauce del río y marcharse rodando hacia el mar.

            –¡Ahí están! –gritaba Marichú, cada vez más cerca.

            –Le habría convencido para que nos diera una vuelta –comentó el Canario, señalando con la cabeza la taquilla cerrada.

            –Lo sé, abuelo. En fin; ahora es cuestión de echarle redaños.

            –¿Redaños? –replicó el abuelo, logrando que la niña le escuchara entre los gritos de la madre–. ¡Lo que hay que echarle ahora es un par de cojones y esperar a que llegue la feria de Navidad!

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