Si reinventáramos la tradición


Rescatamos las mejores intenciones para enmendar errores pasados y hacemos largas listas de nobles propósitos que tras unas pocas semanas se guardan en el cajón del olvido o en la caja de los adornos navideños hasta que llegue el próximo año.

Trinidad Herrero

Todo queda en Casa 9 enero, 2017


Al final de las fiestas navideñas, fiestas familiares por excelencia, se abre ante nosotros un panorama nuevo. Es un ciclo que se descubre de forma sonora: “Feliz Año Nuevo”. 

Cuántas veces lo hemos oído y lo hemos expresado al cruzarnos con algún conocido e incluso con desconocidos con los que de forma casual coincidimos. Desconozco si somos conscientes de su verdadero significado cuando lo pronunciamos y cuando lo escuchamos. De cualquier modo, es una expresión muy afortunada porque pocas veces deseamos felicidad a los demás de una manera tan expansiva y directa,  sin tener un por qué, excepto que ante nosotros se despliega la esencia de un momento cumbre: pasar la frontera entre lo viejo y lo nuevo; entre lo caduco y lo actual; entre lo cumplido y lo que está por llegar.

Rescatamos las mejores intenciones para enmendar errores pasados y hacemos largas listas de nobles propósitos que tras unas pocas semanas se guardan en el cajón del olvido o en la caja de los adornos navideños hasta que llegue el próximo año, para lo cual quedan doce meses por delante. Parece que es tan solo una tradición como la de poner el árbol de Navidad.

Igual pasa con nuestros deseos de felicidad para los demás, aunque estos tienen una nueva oportunidad en la fecha de cumpleaños, pero algo que lo diferencia es que es individual, mientras que en estos días nuestros deseos de felicidad ajena son colectivos, incluso para nuestros enemigos.

¿Y si reinventáramos la tradición? Podríamos convertir las buenas intenciones en acción y transformar los propósitos en realidades. Claro que estas fiestas son mágicas y los Reyes Magos vienen cargados de regalos sin que tengamos que hacer absolutamente nada para conseguirlos, y Papa Noel entra por imaginarias chimeneas con sacos cargados de presentes que ni tan siquiera habíamos soñado. ¡Ojalá todo fuera así de fácil!

Parece difícil, pero las cosas que creemos inalcanzables solo se convierten en posibles si comenzamos por pequeñas acciones acompañadas de ilusión, de constancia y de tesón. Un grano de arena no hace una montaña, pero un grano detrás de otro…

Una acción es un acto que implica actividad, movimiento o cambio y un propósito es algo que deseamos hacer, un objetivo donde enfocamos nuestra intención,  pero que solo conseguiremos hacerlo realidad mediante una acción, un movimiento, un primer paso… y luego un paso detrás de otro.

Si reinventáramos la tradición podríamos convertir en cotidiano algo que sucede pocas veces al año, por ejemplo, desear la felicidad ajena tanto como la propia, cada día, a cada paso, a cada conocido y a cada extraño, incluso a los enemigos… y es muy posible que estos últimos desaparecieran de nuestra vida. Este sería un buen primer paso, luego un paso detrás de otro y quizá para las próximas navidades los buenos propósitos de hoy sean mágicas realidades.

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