Salvados por la campana

Salvados por la campana

Pero hete aquí que un día, avanzados ya los años ochenta, sin esperarlo, como si el mundo se hubiera quedado mudo y nosotros sordos, nuestra campana dejó de sonar para siempre, suplantada luego por un timbre reumático y lejano. Y entonces tuvimos la certeza de que nuestras vidas, para bien o para mal, habían cambiado.

Toda la vida, un día tras otro, muchas veces al día, vivíamos pendientes de aquella señal inequívoca que alegraba o entristecía los cuerpos y las almas de profesores y alumnos. Ya fuera el toque lento y desganado del bedel serio y ceñudo que subía las escalinatas y se propagaba por los pasillos como un rumor lejano y casi evanescente, sin apenas ansias para atravesar las recias puertas que lo separaban de su destino; o el acelerado y nervioso del conserje un tanto azogado, reclamo arrebatador que encrespaba de repente la marea de cuerpos adolescentes, levantados al unísono como si el son del flautista de Hamelín llegara al aula. Aunque nada comparado con el toque sostenido y enérgico del cancerbero recio y solemne, con el instrumento enarbolado por encima de la cabeza, que rasgaba los aires con su estruendo, sacudía paredes y techumbres y traspasaba puertas y cancelas con la misma fuerza del son de las trompetas que derribaron las murallas de Jericó.

Esto ocurría en los años sesenta y setenta del pasado siglo; pero tal procedimiento se remontaba al principio de los tiempos; es decir, a la inauguración del Instituto en 1928. Aquella campana, de recio cuerpo y buen mango, fue enarbolada por Núñez, Moreo y otros entre los viejos muros del primer Instituto, allá en la calle Abad Arcos, antigua Zapatería, como si fuera la hermana menor de las de San Patricio, a cuyos pies sonaba marcando el ritmo de entradas y salidas, clases, permanencias y recreos, con un rigor horario que orientaba también los afanes y ocupaciones de quienes por aquellos parajes transitaban o vivían. Y así lo siguieron haciendo en el moderno edificio los propios Núñez y Moreo; Carreño, Jiménez y Piñeiro; Felipe, Enrique el mayor y el joven Enrique, en una tarea sostenida y perdurable.

La vieja campana que marcó con sus sones la vida del Instituto (Foto del autor).

De la monótona salmodia de la explicación del profesor, del temible toma y daca de la lección, con programa o sin él, de los minutos de estudio silencioso e interminable, de la inquietud de los cuerpos que se removían entre las quejumbres de los bancos desvencijados, de las miradas ansiosas, de la anticipada y sigilosa recogida de los materiales, de la tensión expectante en medio del espeso silencio…, solo podíamos ser salvados por el son milagroso y angélico de la campana, sobre todo si eran ya las dos y cuarto de la tarde. Campana que se tornaba en cruel enemiga cuando anunciaba el comienzo de la jornada, de mañana o de tarde, el temido final del recreo o la terminación del examen que teníamos aún a medias.

Todo discurría con una implacable precisión matemática, mil veces repetida, uno y otro día, a cada hora cumplida, sin error ni contingencia alguna, con una sincronización perfecta entre el hombre y el instrumento. Hasta tal punto que se contaba como tragicomedia memorable la leyenda del bedel, de todos conocido, que, en su traslado de centro, tuvo a bien trasponer con el objeto de marras, sin el cual, según él, no podría cumplir con su faena, al tiempo que a nosotros nos dejaba confusos y perdidos en el tiempo de nunca acabar.

Pero hete aquí que un día, avanzados ya los años ochenta, sin esperarlo, como si el mundo se hubiera quedado mudo y nosotros sordos, nuestra campana dejó de sonar para siempre, suplantada luego por un timbre reumático y lejano. Y entonces tuvimos la certeza de que nuestras vidas, para bien o para mal, habían cambiado.

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7 Comments

  • Obdulia Guirao
    2 septiembre, 2019, 23:40

    Sí, nuestras vidas han cambiado y siguen cambiando continuamente al son de una tecnología que indudablemente las mejora, pero a la vez suplanta, relega y arrincona a tantos elementos y objetos cotidianos que formaban parte de nuestra familia doméstica convirtiéndolos en piezas de museo. Me alegra mucho saber que en el instituto aún se conservan estas reliquias que han acompañado durante tanto tiempo a tantas generaciones de alumnos y profesores.

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    • Antonio José Mula Gómez@Obdulia Guirao
      3 septiembre, 2019, 13:54

      Si glosar la figura de los bedeles, con nombres y apellidos, fue un acierto y un homenaje a aquellas personas que también son fundamentales para el funcionamiento del centro y a las que en pocas ocasiones se les reconoce su labor, el cronista no podía por menos que mencionar el instrumentos que manejado con destreza por aquellos bedeles, marcaba las horas y las tareas en el Instituto: la campana, cuyos sones indicaban el inicio y el final de la jornada, la entrada y salida al centro, anunciaban el recreo y ponía punto final al mismo y cada hora, puntual, como un reloj suizo, marcaba el cambio de asignaturas. Con la campana se poblaban y vaciaban los pasillos y las aulas; la campana nos salvó en alguna ocasión de alguna situación complicada, sobre todo cuando el profesor o la profesora se dedicaban a preguntar y la siguiente pregunta nos correspondía contestarla y no sabíamos la respuesta y en alguna otra ocasión su tañido nos despertó del sopor de una clase a última hora de la mañana o a primera de la tarde. En fin, la campana marcó nuestro día a día en el Instituto y merece ser recordada, como lo hace de forma magistral el cronista Quiñonero en esta entrega

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  • Mercedes Martínez Gómezmer
    3 septiembre, 2019, 14:16

    ¡La vieja campana¡ Otro símbolo más del paso del tiempo, como la sólida mesa tallada del despacho, el azulejo amarillo rescatado furtivamente de la destrucción por Obdulia o la esbelta palmera que, atenta vigía, ve pasar imperturbable a las diversas generaciones que pululan por el jardín o se adentran en el blanco edificio de triple arcada al que, por mor de los tiempos, han tapiado el relieve central, ornamento de su fachada.
    Allí, en nuestra casa, hemos escuchado el sonido de la vieja campana dar las horas y hemos visto pasar la vida como se desliza un manso río manriqueño.

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  • Obdulia Castroverde
    3 septiembre, 2019, 18:14

    Cuando el maestro Quiñonero, como muy acertadamente lo llama Fernando, coge la pluma, ésta se convierte en varita que al desplazarse sobre el papel despliega toda la magia del recuerdo de una época irrepetible. La campana y su toque que nos ha acompañado durante toda la vida . Cómo estábamos habituados a ella, a la inquietud y zozobra que a veces nos provocaba, como a esa sensación de liberación que venía a redimirnos de un mal trago, como magníficamente describe Pepe. Emblemática y entrañable, en mi caso especialmente dada mi cercanía al Centro. Bien pronto me acostumbré a escucharla desde mi casa según me la traía el viento. La echo de menos.
    Gracias Pepe por este último toque de campana tan bonito

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  • Ana Ruiz
    3 septiembre, 2019, 21:57

    Es empezar a leer el artículo y me parece estar sumergiéndome en un sueño memorable que quisiera vivir cada día. Y no despertar sino saborear cada momento. Quizá porque sé que esos ya no vendrán, y siempre tiempo pasado parece que fue mejor. O quizá porque D. José me engaña con su pluma y su juego ferviente de selectas palabras. Sea lo que fuere… qué maravilla: nunca hubiera creído que una simple campana pudiera provocar tantos sonidos. Que siga el carrusel!

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  • José Quiñonero Hernández
    4 septiembre, 2019, 7:42

    Me recuerda Pedro Felipe Sánchez Granados un simpático suceso en torno a la campana, que yo había olvidado. Los fastos del Cincuentenario, celebrados en 1994 con una misa de casi una docena de curas, una mesa redonda de otros tantos tertulianos y un trabajado documental donde Mercedes Martínez dio lo mejor de si misma, se abrieron con un arrebatado toque de campana, a cargo del bedel improvisado José Joaquín Peñarrubia.
    Los sones del Instrumento se desparramaron por el vestíbulo y los interminables pasillos, para sorpresa primero y jolgorio después de los asistentes, que así identificaban uno de los símbolos que marcó el curso de los acontecimientos en el Instituto durante muchos años.

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