• El que no tuvo nombre

    El que no tuvo nombre5

    Ahora que los defensores de la Memoria Histórica propugnan el cambio de su denominación, el plumífero se preguntará si existió alguna vez, al menos oficialmente, el nombre nefando del que ellos hablan. Porque desde su creación, en 1928, se le conoció como Instituto Local de Segunda Enseñanza de Lorca.

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  • Memoria sentimental del Instituto

    Memoria sentimental del Instituto3

    Hasta que cada uno se fue por su lado: unos dejaron de estudiar, los demás se dividieron entre Ciencias y Letras, y siguieron todos su vida, de manera que a algunos dejamos de verlos, o los veíamos circunstancialmente, o se marcharon fuera, e incluso alguno se fue para siempre.

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  • Los mejores años de nuestra vida

    Los mejores años de nuestra vida4

    Los mejores años de nuestra vida comenzaron aquella primera mañana del mes de septiembre. Recuerdo un revuelo tremendo en una de esas clases amarillas de grandes ventanales. Compañeros nuevos después de una década viendo las mismas caras en el colegio, dos pizarras tamaño universidad, algunos profesores con corbata y, al fin, un recreo en el que podíamos cruzar la calle y mezclarnos con el alboroto de los desayunos y los periódicos en las cafeterías de enfrente.

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  • La magia del coloso blanco

    La magia del coloso blanco3

    Y lo que me causó mayor impacto: la figura de una Virgen coronando aquel desguace, aquel moridero inusitado y clandestino en el que, sin duda, habitaba también algún ratón (quizá el mismo que frecuentaba los pasillos y las clases del Nocturno).

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  • Una huella que perdura

    Una huella que perdura8

    Yo decidí cursar “ciencias” en el Instituto, dejando de lado la lengua y la literatura que tanto me habían encandilado durante mi primer año de formación con aquel profesor tan estrambótico que hizo que, por primera vez, estuviera deseando que llegara el momento de dar clase de Lengua

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  • Salvados por la campana

    Salvados por la campana7

    Pero hete aquí que un día, avanzados ya los años ochenta, sin esperarlo, como si el mundo se hubiera quedado mudo y nosotros sordos, nuestra campana dejó de sonar para siempre, suplantada luego por un timbre reumático y lejano. Y entonces tuvimos la certeza de que nuestras vidas, para bien o para mal, habían cambiado.

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