Sin adiós no hay bienvenida


De lo que consideramos fracasos, recojamos la enseñanza. Tal vez nos aportaron algo importante, al menos saber que aquel camino no era la vía para triunfar y no tenemos por qué volver a transitarlo.

Trinidad Herrero

Todo queda en Casa 26 diciembre, 2016


Cuando acaba el año casi todos nos paramos a echar un vistazo para recordar los momentos que vamos a dejar atrás. Con unos sonreímos, con otros lloramos, y algunos otros no queremos ni traerlos a la memoria.
Estaría bien que pudiéramos reír por las alegrías que tuvimos. Llorar, si es necesario, por la pérdida de algún ser querido y comprender que solo son pérdidas irreparables cuando los olvidamos, ya que mientras les demos un lugar en nuestro corazón seguirán viviendo junto a nosotros, aunque sea de otra manera. Si la pérdida es material o laboral, podemos contemplar que la vida marca su propio equilibrio, una veces da y otras quita, pero muchas otras, en la pérdida está la ganancia y es la única forma de ganar algo mejor si somos capaces de no paralizarnos por el miedo y enfocar toda nuestra energía en nuestra próxima meta.

Atentos, porque en este punto la vida puede sorprendernos gratamente. Si hemos perdido relaciones importantes, quizá tomando distancia podamos contemplar el panorama completo y comprender que el camino junto a algunas personas terminó y cada uno tiene que tomar un nuevo rumbo. Démosles la libertad de partir hacia un nuevo camino y démonos la libertad de crear nuestro nuevo universo.
Rescatemos aquellos momentos en los que nos hemos sorprendido con la inocencia de un niño, y que no tienen por qué ser necesariamente importantísimos. Lo importante es haber vivido instantes de inocente asombro; la maravilla de admirarnos por pequeños gestos de cariño y de generosidad inesperados; la imprevisibilidad de algún acontecimiento que nos lleve a abrir la boca ingenuamente y contemplar como la vida nos sorprende aunque sea con nimiedades.

Las cosas pequeñas contienen la esencia de la vida en toda su pureza, el misterio que permanece inalterable y habitualmente no contemplamos, debido a nuestra forma de vivir en la que parece que todo tiene y puede ser controlado. La vida es puro misterio, muchas veces fuera de nuestro afán de control, por fortuna.
De lo que consideramos fracasos, recojamos la enseñanza. Tal vez nos aportaron algo importante, al menos saber que aquel camino no era la vía para triunfar y no tenemos por qué volver a transitarlo. No nos paremos en la queja porque nos impedirá ver los cientos de veredas que se abren a nuestro paso. Pero si tu corazón te dice que ese es tu camino, aunque parezca una derrota no cejes en tu sueño. Camínalo una y mil veces. No importa lo que piensen los demás ni lo que te digan “por tu bien”, porque tu corazón late en ti y no en ellos. No calzan tus zapatos, solo tú sabes cuándo te rozan y cuando no te hacen ampollas. Quizá solo es cuestión de tiempo, paciencia y perseverancia. Haz caso a tu corazón.
Imaginemos que todo lo vivido en este año que está acabando está escrito en un pergamino color Agradecimiento, atado con una cinta color Aprendizaje y lo perfumamos con esencia de Sonrisa, lo acercamos a nuestro corazón el tiempo suficiente para decirle adiós y luego lo entregamos a una hoguera de llamas violeta y plata, mientras decimos: “Gracias por todo lo vivido. Ahora me abro a recibir las bendiciones y experiencias del nuevo año”.

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