SUBMARINO – La patrulla de la Muerte – Parte 1

SUBMARINO – La patrulla de la Muerte – Parte 1

Os quiero contar una historia que tiene casi veinte años, ya que se remonta a mis primeros días como alférez que hacía sus prácticas en la estación espacial, deseando que llegase el momento de salir de allí y sin poder imaginar que la Lisy iba a ser el destino principal de mi vida.

            El origen de la estación espacial internacional Lisy se estudia en las academias de Astronáutica de la Tierra, la Luna y el planeta Marte. Por regla general, entre risotadas sarcásticas y como ejemplo a no seguir.

            Todo comenzó hace cien años, en 2080, cuando la Humanidad empezaba a crear bases permanentes en los mundos más próximos a nuestro planeta de origen. En aquellos tiempos los terráqueos estaban sufriendo una crisis económica global, como consecuencia del aumento de la población, el calentamiento del planeta y el mal reparto de los recursos. Los ciudadanos asumían que había que frenar el exceso de nacimientos, pero nadie se atrevía a dar el primer paso y privarse de tener, cuanto menos, una pareja de niños, él y ella, que hiciera más llevadera su larga y precaria vejez; de manera que los Gobiernos empezaron a potenciar la colonización espacial para soltar algo de lastre, tratando de gastarse en ello lo menos posible.

            Todos conocemos la historia de las primeras instalaciones permanentes en la Luna, las tiendas de campaña de Marte, la evacuación urgente de la base de Venus y los viajes tripulados a Titán. Aquellos trayectos espaciales dejaron atrás una importante carga de basura; desde los gigantescos depósitos de combustible capaces de propulsar a los transbordadores espaciales, hasta los miles de tornillos que se soltaban y se perdían en el espacio.

            En 2080, los técnicos de la AHU, la Autoridad Humana Universal, decidieron reunir toda la chatarra espacial en un único basurero capaz de permanecer en una órbita estable, sin disgregarse, durante un tiempo indefinido. Aquello no iba a ser más que una bola de basura del tamaño de un asteroide pequeño, hasta que a alguna otra lumbrera se le ocurrió que aquella estructura se podía aprovechar, además, para que las tripulaciones en tránsito se dieran un respiro en sus viajes de meses y de años. Que pudieran estirar las piernas y disfrutar de camas con gravedad, piscinas, restaurantes, tiendas y burdeles. Robots teledirigidos desde la Tierra fueron ensamblando la chatarra con cuidado, acoplando una nave vieja aquí, un depósito vacío allá… hasta crear un verdadero puzzle en la órbita exterior de Marte, a una distancia prudente del Cinturón de Asteroides.

            La inauguración de la Lisy se produjo en 2085. Los principales dirigentes de la Tierra, la Luna, Marte y Titán mandaron a sus subordinados más prescindibles a la estación espacial y les hicieron brindar con champán y estrecharse las manos en una piña. Luego el comandante de la Lisy apretó el botón que ponía en marcha los motores de la estación espacial. Los informáticos de la AHU, convenientemente avisados, cortaron la emisión durante unos segundos hasta comprobar que aquello no iba a explotar en directo. Cuando la señal se restableció, miles de millones de personas en cuatro mundos distintos prorrumpieron en aplausos, gritos de emoción y comentarios procaces sobre cómo se las iban a apañar sus habitantes: la primera tripulación de la Lisy la componían quince hombres y seis mujeres, sacados de diferentes prisiones militares de los Estados Unidos, Gran Bretaña y Japón.

            La estructura original de la Lisy la formaban seis naves espaciales en desuso, un telescopio, diez depósitos de combustible y chatarra variada para rellenar los huecos. A día de hoy, cuando estamos a punto de despedirnos del año 2170, se ha convertido en un pequeño mundo compuesto por varios centenares de habitáculos, ensamblados con cuidado para que el conjunto de la estación no pierda el equilibrio y se dé la vuelta como los icebergs de la Tierra. La tripulación no está compuesta por presidiarios sino por militares, funcionarios y personal laboral con contrato… aunque se calcula que la tercera parte de la plantilla se ha enrolado con nombre supuesto, la gran mayoría para escapar de la justicia de sus planetas respectivos.

            En alguna ocasión los técnicos de la AHU le han sugerido al comandante que debería elaborar un mapa detallado de la Lisy; lo que sucede es que no queremos que las autoridades nos clausuren la estación. Los técnicos alegan razones de emergencia, rutas de evacuación, cosas así… y es que, veréis; en sus cerca de noventa años de existencia errática, la Lisy se ha convertido en un conglomerado de objetos variopintos en cuyo caos aún se puede identificar, aquí y allá, la forma familiar de una esfera o un cilin­dro. En la historia de la colonización espacial ha habido veces en que los Estados en crisis se han visto muy apurados a la hora de hacer sus aportaciones obligatorias. Por eso la leyenda negra de la Lisy afirma que entre los módulos de la nave hay numerosos objetos aportados por el planeta Tierra en una de sus fases de penuria: vagones de ferrocarril, una cúpula que antes había pertenecido a un estadio de béisbol, buena parte de la popa del acorazado HMS Victoria y la mitad derecha de un Boeing 757 estre­llado en aguas de Corea años atrás. Los más exagerados –o, tal vez, los mejor informados– añaden que entre los ingredientes de este mejunje hay trozos del Titánic, puertas y ventanas de las Torres Gemelas y algunos módulos no demasiado contaminados de la antigua central nuclear de Chernobyl.

            Os quiero contar una historia que tiene casi veinte años, ya que se remonta a mis primeros días como alférez que hacía sus prácticas en la estación espacial, deseando que llegase el momento de salir de allí y sin poder imaginar que la Lisy iba a ser el destino principal de mi vida. Entré aquí con diecisiete años, ahora tengo treinta y cinco y soy el tercer oficial, con derecho a camarote individual y una tumba permanente en el Módulo de Veteranos, que es como llamamos al cementerio que orbita con nosotros. Por si muero en acto de servicio, y de una manera que permita que haya cadáver, un día de éstos voy a dejar escrito que graben en mi urna una pequeña plaquita que diga: Claudio Carrasco, 2135 –… Venía sólo a pasar diez meses.

            Cuando yo era joven, la Lisy debía de medir unos treinta kilómetros en su lado más alargado, por unos quince o veinte en la parte más ancha. Era imposible hacerse una idea exacta de las dimensiones en el interior de aquella red de camarotes y pasi­llos que estaba permanentemente en construcción. En aquel entonces vivíamos en la Lisy unas dos mil personas, la tercera parte de las que somos ahora. Cien­tíficos relegados de todas las partes del cosmos; tripu­laciones enteras que pasaban allí semanas o meses mientras nuestros mecánicos arreglaban sus naves en ruta hacia Calisto o Titán; deportados políticos que soñaban con la revolución sideral, o simples prófugos que disfrutaban del estatuto de zona interna­cional que posee la estación. Había también cuadri­llas de médicos, electricistas, informáticos, soldados, albañiles, estibadores, fur­cias, timadores, sacer­dotes de todas las religiones de la Tierra y de muchas de las sectas de la Luna, bohemios desequili­brados que apura­ban las heces del fracaso y peregrinos que trataban de encontrar un sentido a su existencia precisamen­te allí, en el último rincón del uni­verso.

            El máximo responsable de la estación es el mismo que hay ahora: el comandante Maura –a quien todos llamamos Miura, a sus espaldas–. Un texano alcoholiza­do que había matado a un vecino por un asunto de cuernos varios años atrás, por lo que le esperaba una inyección letal si volvía a pisar la Tierra. Había tomado el mando de la esta­ción tras el ahor­ca­miento del último comandan­te y la deser­ción de su sucesor en el mando, un capitán nigeriano que antes de mandar aquella casa de putas había preferi­do embar­ca­rse como estibador en una nave colonizadora que se dirigía al sistema de Urano.

            Mis primeros días a bordo los pasé acojonado, como todos los que se montaban en aquel cacharro por vez primera. Me pasaba el día con la oreja atenta a la menor vibración, buscando el refugio de los módulos centrales y huyendo de la periferia, que siempre me parecía a punto de descomponerse y salir proyectada hacia el Sistema Solar exterior. Por supuesto, los veteranos se encargaron de hacerme los primeros momentos aún más desagradables con las típicas novatadas. Pasé dos días arrestado por saludar al comandante llamándole miura. En otra ocasión, engañado por mis compañeros, abrí lo que pensaba que era un almacén de provisiones y me colé en la centrifugadora, la gigantesca letrina donde los excrementos de todos los habitantes de la nave dan vueltas a gran velocidad para filtrar el agua, que luego, bien depurada, usamos para lavarnos y beber.

            Entre novatada y novatada me dedicaba a recorrer los sectores principales de la estación, para familiarizarme, dentro de lo posible, con la estructura de la nave. Pasaba las horas muertas caminando entre los diversos módulos, recorriendo kilómetros y kilómetros de pasillos, y cada día me llevaba una sorpresa. En la Lisy hay puertas que se abren a paredes o a otras puer­tas, túneles rectilíneos que se retuercen de repente para esquivar quién sabe qué peligros ocultos, ascenso­res con sólo dos botones que salvan de un salto dis­tancias de treinta pisos, o de un piso y medio…

            En más de una ocasión sorprendí a alguna parejita divirtiéndose en lo que consideraban territorio inexplorado; otras veces se trataba de una timba ilegal e incluso, en una ocasión memorable, de una pelea de perros. A veces me entretenía tratando de identificar el origen del módulo en el que me encontraba, queriendo saber si aquello que estaba orbitando a más de doscientos setenta millones de kilómetros de la Tierra había sido antes una nave espacial, un depósito de trigo o la sentina de un barco.

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