SUBMARINO – La patrulla de la Muerte – Parte 2

SUBMARINO – La patrulla de la Muerte – Parte 2

Al escuchar a su capitán, un marinero tan grande que su chaqueta de cuero parecía haberse hecho uniendo la piel de tres vacas se llevó la mano a la cadera; el gesto universal del matón que va a sacar el arma a pasear.

La historia que os quiero contar comenzó una mañana de finales del año 2152. Los que tengáis experiencia en viajes interespaciales sabréis que todas las naves usan un sistema de doble iluminación –total en las horas diurnas, rojiza en las nocturnas– para reproducir en lo posible las condiciones en las que el ser humano ha vivido durante millones de años. Mi turno de guardia había terminado en el preciso momento en que se encendieron las luces diurnas, pero en vez de irme a descansar quise dar un paseo. Anduve errático hasta llegar a la zona más remota de la estación, donde el aire se enrarecía y se escapaba al vacío por las grietas milimétricas que no se podían detectar, ni mucho menos reparar. En aquella zona los pasi­llos se volvían mucho más estrechos y esta­ban atra­ve­sados por todas partes por manojos de tubos, cables y cañe­rías. En cuanto a la ilumina­ción, se reducía a una bombilla llena de polvo cada diez o veinte metros.

En un momento dado desemboqué en un sector de planta cilíndrica, lleno de abolladuras y pintado de un feo color gris. Cuando estaba llegando a la mitad de aquel sector, una escotilla que había a mi derecha se abrió con brusquedad, y un grupo de hombres se abalanzó sobre mí mientras me gritaban en un idioma extranjero. Traté de defenderme, pero sólo conseguí un puñetazo en la barriga que me hizo caer de rodillas sobre el suelo polvoriento del pasillo.

–Levántese –ordenó una voz en inglés.

Me incorporé como pude, manteniendo las manos delante de la barriga para protegerme de nuevos golpes. Eran cinco hombres; cuatro de ellos tenían menos de veinte años, como yo mismo, y vestían chaquetas de cuero de color gris, pantalones del mismo color y gorras oscuras de marinero. El quinto nos sacaría a todos más de diez años y vestía uniforme azul marino y gorra de plato. Todos llevaban unos distintivos que había visto mil veces en las películas ambientadas en la II Guerra Mundial: águilas con las alas extendidas y la ominosa cruz gamada que más de dos siglos después seguía despertando el odio y el desprecio de las personas decentes y la admiración irracional de cuatro mamarrachos, como aquella tropa de matones con la que me acababa de encontrar.

Mi paseo errático por la periferia de la Lisy me había llevado a descubrir el escondite de uno de los grupos de exaltados que soñaban con llevar la segregación racial a las nuevas colonias; aquellos nazis del siglo XXII habían debido de llegar a bordo de cualquiera de las decenas de naves que atracaban a diario, y se habían refugiado en uno de los sectores más apartados a la espera de encontrar algún carguero con destino a Calisto o a Titán, que eran los mundos menos poblados y, por tanto, más fáciles de manipular.

El jefe del grupo, que se había quedado en un segundo plano mientras sus hombres me reducían, se aproximó ahora a mí y me miró con unos ojos azules y fríos como el hielo.

–¿Cómo ha llegado usted hasta aquí? –me preguntó secamente. Hablaba el inglés con un acento muy cerrado.

–Estaba dando un paseo tras haber acabado mi guardia –respondí.

De pronto tomé conciencia de que eran ellos los que tenían que darme explicaciones a mí. Yo sólo era un novato de diecisiete años, pero, al fin y al cabo, era un oficial destinado en aquella nave.

–¿Qué están haciendo ustedes en un sector restringido de la estación? –les dije, tratando de que no me temblase la voz.

Uno de los matones me agarró por el cuello y echó mi cabeza hacia atrás hasta hacer que me golpease contra la pared, mientras el jefe de la banda enrojecía de furor. Me insultó en su propio idioma, yo respondí alguna barbaridad en español, y el resultado fue que unos minutos después yo estaba de rodillas en el suelo, molido por los golpes de aquellos animales y tratando de respirar.

–¿Puede oírme? ¿Me está escuchando bien? –dijo el jefe, con un tono educado pero tenso.

Era la voz de alguien que estaba haciendo un gran esfuerzo por controlarse, pero que en cualquier momento podía ponerse a dar golpes como un loco.

Levanté la cabeza. El hombre sonreía con los dientes apretados, temblando de impaciencia. Asentí rápidamente, temiendo que me fuera a partir la mandíbula de una patada, y me puse en pie por segunda vez, sabiendo que seguramente no iba a haber una tercera: si volvía a contrariarle, aquel energúmeno haría que sus secuaces me matasen a patadas y luego esconderían mi cuerpo en cualquiera de los rincones de la estación espacial. Cuando encontrasen mi cadáver ellos estarían dando sus primeros mítines racistas en cualquier asentamiento colonial.

–Yo soy el capitán de corbeta Viktor Henke, y estoy al mando del submarino U-39B, de la Armada del Reich –se presentó, sustituyendo el taconazo militar por un leve encogimiento de hombros. Usted ha entrado en esta embarcación de manera ilegal, por lo que estoy autorizado para juzgarle y castigarle de acuerdo con lo que disponen las leyes del Reich para los espías en tiempo de guerra. Si responde a mis preguntas, puede que la sentencia sea algo más leve –añadió, con una sonrisa burlona.

Tragué saliva, sintiendo la garganta seca y rasposa como una plancha oxidada. Los cuatro individuos que acompañaban al presunto capitán tomaron posiciones para inmovilizarme y dejarme a merced de los puñetazos de su jefe.

–Usted dirá. Mi capitán –añadí, siguiéndole la corriente. El hombre sonrió, satisfecho de sí mismo.

–¿Es usted americano? –fue su primera pregunta.

–Español.

El capitán se irguió ligeramente y abrió los ojos con una cierta sorpresa.

–¿Español de España?

–Claro. De Madrid.

–¿Es usted comunista?

Al escuchar aquella palabra fui yo el que se quedó sorprendido, porque los regímenes comunistas habían pasado oficialmente a la Historia tras la revolución liberal de la China de 2078. Me di cuenta de repente de que aquellos personajes estaban representando un juego ambientado en los tiempos de Hitler y los nazis, doscientos años atrás, por lo que me esforcé en seguirles el juego mientras me esforzaba en adivinar adónde me llevaba todo aquello.

–No soy comunista, soy… un emisario franquista –repliqué, con todo el aplomo de mis diecisiete años.

–¿Qué demonios está haciendo usted aquí?

–Órdenes directas del general Franco.

El hombre me miró en silencio durante unos segundos.

–Órdenes directas del general Franco… a ti…

El puñetazo fue tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de verlo venir. De inmediato aquel psicópata me apretó el cuello con una mano muy fría e increíblemente fuerte, mientras dos de sus sicarios me sujetaban por los brazos impidiéndome la defensa.

El capitán empezó a gritarme como un auténtico poseso, volviendo a un idioma que ahora sabía que era alemán. Alemán de los años 1940, si aquellos locos habían estudiado bien su papel. Traté de liberarme de aquella garra que me estaba asfixiando mientras pedía por favor que viniese alguien a echarme una mano…

Mi deseo se cumplió, aunque de una manera inesperada, porque fue la propia Lisy la que me echó un capote.

Para que los habitantes de la estación espacial podamos tener sensación de gravedad, la Lisy está girando constantemente sobre su eje central gracias a un mecanismo al que llamamos Gravitador, y que básicamente consiste en un motor alimentado por energía solar que mueve una serie de engranajes, convirtiendo nuestra nave en una peonza. De esta manera –idéntica a la rotación natural de los planetas– podemos tener sensación de estar arriba y abajo.

En aquellos tiempos yo aún no sabía que los engranajes del Gravitador provienen de naves de segunda o tercera mano, por lo que no siempre encajan con precisión. De vez en cuando algún piñón se engancha con el de la rueda de enfrente y detiene el mecanismo de giro, dejando a la estación sin gravedad. En los casi veinte años que llevo aquí, he visto contenedores de carga poniéndose a flotar de repente, aplas­tando a los esti­badores; he conocido a cocineros abrasados en una inmensa esfera de aceite hirvien­do que había salido flotando de las ollas, o acri­bi­llados por decenas de cubiertos sin peso…

Los que llevamos algún tiempo a bordo de la nave hemos aprendido a reconocer ciertos síntomas de que está a punto de producirse el desastre –vibraciones, chirridos, cosas así–, y sabemos colocarnos de tal manera que la ausencia repentina de la gravedad nos cause el menor daño posible. Pero en aquella ocasión, el cese de la atracción entre las cosas me pilló tan de sorpresa que sólo supe flotar como un pez en un acuario mientras la inercia de la nave me alejaba del pasillo en el que estaba siendo maltratado.

Claro que la auténtica sorpresa la tuve al ver el escenario que estaba dejando atrás. Mientras yo me alejaba de espaldas por el centro del corredor, el capitán y sus cuatro secuaces permanecieron exactamente en su lugar, mirándome sin verme, como si tuvie­ran las botas clavadas. El suelo giraba y se convertía en techo cada tres segundos, pero ellos mantuvieron su posición; el capitán un paso al frente, relajado y con los pulgares enganchados al cinturón, y los otros cuatro hombres plantados como novios a la espera de su chica, mirando distraídos algún punto más allá de las paredes de la nave.

Me desplacé en gravedad cero hasta el extremo del pasillo, alejándome de las paredes con leves toques de la mano para no empezar a girar igual que una camisa en el tambor de una lavadora. En un momento dado, las cinco figuras uniformadas desaparecieron como si se tratase de un holograma. Ahora estaban, ahora ya no estaban.

El ruido de unos golpes tremendos hizo que dejara de pensar en aquel fenómeno. El comandante de la Lisy estaba tratando de repa­rar la avería del Gravitador. Mientras seguía flotando en el extremo del pasillo pude imagi­narle saltando de su asiento en el puente de mando, llamando a gritos a todo el personal disponible mientras avanzaba nadando por los pasillos. Para poner en marcha el Gravitador hay que encontrar los engranajes que se han enganchado y volverlos a poner en marcha. A veces un voluntario elegido por sorteo debe meterse en el interior de la turbina y rezar para que las ruedas dentadas no se pongan a funcionar mientras él tiene la mano o la cabeza en su interior; otras veces basta con dar unos golpes fuertes para quitar el atasco.

El comandante Miura está mal de la cabeza y es un borracho, pero siempre ha sabido manejar su nave a la perfección. En un momento dado se oyó un chasquido; los golpes cesaron y toda la estructura de la Lisy empezó a chirriar. Du­rante unos segun­dos el gigantesco motor averiado vaciló entre seguir funcionan­do o explotar y lanzarnos a todos al espacio exterior. Hasta que, con un segundo chasquido que debía de corres­ponder al engrana­je rebelde, que se acababa de partir, el Gravi­ta­dor volvió a girar. Todos los objetos de la nave recuperaron su peso, con los inevitables daños en despachos, cocinas y salas de ordenado­res, y yo caí al suelo arrastrando con el pie una maraña de tuberías y cables rotos.

Me incorporé y me froté la cabeza y el cuello mientras arrancaba sin con­tem­pla­ciones algunos cables que se me habían enredado en los pies, confiando en que no alimentarían ningún sistema de importancia vital. Seguía dolorido por los golpes que me habían infligido aquellos seres a los que no afectaba la gravedad y que habían desaparecido por arte de magia. Desde luego, no iba a ser yo quien los volviera a invocar. Era evidente que se trataba de algún fenómeno sobrenatural, algún fantasma de los tiempos de mis bisabuelos, pero habían llegado al siglo XXII con la mala leche intacta y los puños en muy buen estado.

Retrocedí con precaución, vigi­lando puertas y escoti­llas, dispuesto a salir corriendo a la menor señal de peli­gro. Pero, una vez más, fue visto y no visto. Tan pronto puse el pie en el pasillo del módulo contiguo, los cinco fantasmas reaparecieron y se echaron encima de mí.

Esta vez me quedé muy quieto, esperando el primer golpe. El capitán me agarró de la barbilla, me miró a la cara con sus ojos de loco y me preguntó, por segunda vez:

–¿Cómo ha llegado usted hasta aquí?

Le miré atentamente y respondí, con suavidad:

–Capitán, ¿quiere que le lleve a presencia del comandante de la nave?

Permanecí impasible mientras aquel ser me miraba de arriba abajo y me felicité mentalmente por mi astucia. Ahora echaríamos a andar y a alejarnos lo suficiente los espectros desaparecerían como una bombilla al apagar el interruptor…

Sin embargo, estaba claro que aquellos seres y yo no estábamos en la misma onda. El capitán volvió a echarme una mano al cuello, pero en esta ocasión no para asfixiarme sino para inmovilizarme contra la pared.

–Aquí las órdenes las doy yo –me espetó–. De manera que antes de llevarme con el jefe de su patrulla me va a explicar cómo se ha colado en esta nave y dónde se ha ocultado hasta este momento.

Me separé de él, harto de tanta rudeza estúpida. Los sicarios se aproximaron a mí. Sus chaquetas de cuero gris parecían haber salido de la fábrica el día anterior. Vi que uno de ellos sacaba del bolsillo una pistola y suspiré. Lo único que faltaba era un disparo que hiciera reventar la nave entera… o, peor aún, que me conviertiese a mí en un fantasma condenado a sufrir eternamente el interrogatorio de aquella patrulla de la muerte.

–Soy un alférez en prácticas, a bordo de una nave fletada por la Autoridad Humana Universal –les dije, feliz con su desconcierto–. Y, si quieren saber por dónde he entrado, ha sido por esa puerta de allí…

Apunté con el dedo a una de las escotillas laterales; una puerta cuadrada de metacrilato que desentonaba con el perfil cilíndrico de todo aquel sector, abierta por los robots que habían ensamblado las mil piezas que componían la Lisy. Por lo que yo sabía, el otro lado podía provenir de un depósito de grano de Texas, igual que el módulo en que nos encontrábamos parecía haber sido in illo tempore un submarino alemán, salvado del desguace y enviado a dar vueltas al espacio como parte de un gigantesco lote de chatarra.

El capitán Henke –o, mejor dicho, su fantasma– se acercó a aquella puerta que infringía toda la normativa del Reich en materia de construcción de submarinos. Contempló su propio reflejo, y el de sus hombres, en aquel panel de material plástico. Estiró una mano no demasiado firme hacia la puerta, buscando algo que se pareciera a un picaporte. Los sensores electrónicos no detectaron su presencia, de manera que terminó acariciando la superficie con timidez. Algo en el tacto de aquel material le decía que no se trataba exactamente de los vidrios que se ponían en las ventanas en 1945.

–Parece cristal pero no lo es –le comentó a sus subordinados, bajándose por una vez del pedestal.

Al escuchar a su capitán, un marinero tan grande que su chaqueta de cuero parecía haberse hecho uniendo la piel de tres vacas se llevó la mano a la cadera; el gesto universal del matón que va a sacar el arma a pasear. Me aproximé al oficial y saludé a la puerta. De inmediato, el sensor de movimiento desplazó la lámina de metacrilato hacia la izquierda, haciendo que los cinco nazis dieran un respingo.

La expresión del difunto capitán era todo un poema. Desconcierto, alarma y sin duda algo de miedo ante aquella puerta que respondía a mi saludo. Estuve a punto de hacer un comentario mordaz, echarles en cara que la máquina me reconocía porque yo no estaba muerto y hundido en un océano de la Tierra, pero no quise que pensaran que me estaba riendo de ellos. El matón mantenía la mano en la cadera, y otro de sus compañeros estaba acariciando la culata de la pistola como si fuera la mano protectora de su propia madre.

–Síganme y les llevaré al puente, con mi oficial en jefe –sugerí.

Me colé por la puerta aprovechando que aún seguían desconcertados, esperando alejarme lo suficiente de ellos. No se me iba de la cabeza la forma en que habían desaparecido, como imágenes de un ordenador, cuando me vi apartado de ellos por la gravedad cero. Sin embargo, los cinco nazis entraron en el segundo módulo uno tras otro, y no dieron señales de ir a esfumarse. Quizás se habían enganchado a mi alma, o a mi aura, o a lo que sea que emanamos los vivos, y ahora los llevaba pegados como un mal olor.

El corredor en que los cinco alemanes me habían atrapado habría podido pasar por la bodega de un barco antiguo; pero el módulo al que acabábamos de acceder era, de manera inequívoca, hijo del siglo XXII. Las paredes estaban forradas de plástico y llenas de pantallas, luces y sensores. Encajado en un rincón, un aparato de megafonía que nadie se había acordado de apagar crepitaba y transmitía fragmentos de mensajes dirigidos a las distintas secciones de la Lisy.

El capitán avanzó a mi lado pistola en mano. Detrás, sus hombres, formando parejas cada vez más asustadas. El oficial se esforzaba por mantener la calma, aunque tengo que reconocer que la situación no era nada sencilla. En un momento dado ordenó a los marineros que se detuvieran, me cogió del codo de manera casi amistosa y me llevó hasta el final del sector, guardando una distancia respetuosa con los monitores centelleantes que dibujaban frases y letras en código.

–¿Dónde estamos? –susurró.

–Bueno… ¿cómo se lo diría…? –contemplé las letras que aparecían y desaparecían de los ordenadores de aquel sector. Códigos de presión, humedad, gravedad, y otras comprobaciones cotidianas–. Yo mismo estoy tratando de entenderlo…

–¿Dónde cojones estamos? –añadió, a punto de perder por completo el escaso control que le quedaba.

–Estamos en una nave militar fletada por varios países de la Tierra… y de otros lugares –repliqué, calibrando muy bien el alcance de lo que le estaba diciendo. Sus cuatro compinches habían desobedecido las órdenes y se habían acercado a nosotros para escuchar lo que estaba diciendo–. Su submarino ha sido acoplado a una nave mucho más potente, cuyo capitán es un marino de los Estados Unidos… y, en fin, ya no se encuentra en alta mar…

Ya está, ya tardaba en llegar. Un golpe con la pistola en la sien, que me hizo caer de rodillas y me dejó llorando de dolor en un rincón.

–Avisad ahora mismo al mando de submarinos y decidles que tenemos polizones a bordo –ladró el capitán.

Uno de los marineros volvió a entrar en el módulo que habíamos dejado atrás. Después de unos instantes, asomó la cabeza por la puerta, temblando como una hoja, y masculló unas cuantas frases que hicieron que el resto de la tropa se mirase desconcertada.

–Este marinero dice que no hay señal de radio ni de sónar –me dijo el capitán. Su tono sonaba menos tajante; más humanizado, como si me estuviera pidiendo ayuda para resolver el enigma–. Dice que tampoco encuentra al resto de la tripulación, y que hay una plancha de acero que impide el acceso a los dormitorios de los oficiales.

–Y cuando uno entra en la habitación, parece que pudiera flotar –añadió el marinero, hablando ahora en inglés. El capitán ignoró la interrupción y me miró con la misma expresión anhelante que sus compañeros.

–Me temo que su submarino está siendo remolcado por nuestra nave –les expliqué.

Tras dedicarme una de sus miradas de loco, el capitán recorrió el módulo mirando los cables, el altavoz, los carteles informativos escritos en otro idioma. En uno de los recovecos del pasillo, al lado de un monitor apagado y lleno de polvo, había una vieja escalerilla que ascendía dos metros en espiral, cuyo extremo superior estaba cerrada por una escotilla redonda con un volante de hierro. El capitán subió los peldaños rápidamente y agarró el volante con todas sus fuerzas; pero no pudo moverlo ni un milímetro.

La primitiva entra­da a aquel submarino estaba ahora sellada y conde­nada bajo el peso de centenares de toneladas de metal, unida a otros habitáculos y orbitando al sol como un planeta más.

Tras permanecer unos instantes apoyado contra el volante de hierro, el capitán bajó por la escalerilla, miró a sus hombres con el mismo recelo que una fiera atrapada en el fondo de una cueva y luego sacó la pistola y apuntó directamente a la pared.

Me puse en pie de un salto, gritando como un loco, y eché a correr hacia el otro extremo del módulo como alma que lleva el Diablo, tratando de escapar antes de ser lanzado a la órbita de Marte…

Si una instalación como la Lisy podía mantenerse en órbita era porque algunas cosas se habían hecho bien. Entre cada uno de los módulos acoplados había esclusas de seguridad capaces de soportar la ausencia de presión del vacío exterior. Eran puertas metálicas muy robustas, que al notar un descenso considerable de la presión se cerraban firmemente y para siempre. Yo ni siquiera llegué a escuchar el disparo. La puerta se abrió de manera automática y se cerró en cuestión de segundos mientras yo rodaba por el suelo del sector contiguo. Dos o tres segundos después sentí una vibración, hubo dos detonaciones muy pequeñas mientras la esclusa se anclaba al marco para siempre y luego empezaron a sonar las luces y las sirenas de alarma.

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