SUBMARINO – La patrulla de la Muerte – Parte 3


Miré a los ojos de aquel joven fanático. Ojos enloquecidos, frente sudorosa, pelo cortado a cepillo según los reglamentos del Reich. Treinta y pocos años, y muchas toneladas de acero enviados a pique.

Antonio Beltrán
@antoniombeltran

Póker de Bastos 25 agosto, 2016


Cuando apareció el comandante Maura, yo seguía tumbado en el suelo hecho un ovillo. Había estado a punto de sufrir uno de los destinos más terribles de los astronautas: la muerte por despresurización. Los científicos dicen que se trata de una muerte instantánea e indolora, pero yo creo que debes de sentir alguna cosa mientras todos tus órganos, e incluso la piel de tu cuerpo, se despegan de tus huesos y son absorbidos por la succión del vacío. Maura se inclinó sobre mí mientras el segundo de a bordo comprobaba que la esclusa resistía bien en su lugar y otro oficial desconectaba las sirenas de la alarma.

–¿Qué ha pasado? –bramó el comandante, iniciando una letanía de gritos, blasfemias y acusaciones que no se detuvieron ni siquiera cuando me vio en pie, en posición de firmes y dispuesto a darles una explicación.

Además de los tres oficiales, el extremo de aquel sector se había llenado de curiosos, asustados por la alarma de despresurización. Mirando a toda aquella gente reconocí la cara de cierta suboficial informática de la que me había enamorado a la media hora de instalarme en la Lisy. La chica me miraba ahora con una mezcla de tristeza y de reproche, pensando que la Lisy había perdido dos de sus módulos, por lo menos.

En una estación espacial más sofisticada, los robots habrían tratado de arreglar los desperfectos, habían vuelto a meterle presión al módulo… y se lo habrían enviado a alguna instalación de desecho, como la Lisy, porque los módulos que sufrían un accidente semejante ya nunca volvían a ser fiables. Supuse que, a bordo de la Lisy, los módulos dañados se quedarían vacíos y deformados para aumentar la belleza exterior del conjunto.

Después de desahogarse durante un par de minutos, el comandante quedó en silencio, mirándome con odio. Entonces tomó la iniciativa el capitán Frank Barrows, el segundo oficial de la Lisy. Era un negro senegalés, tan alto que debía caminar encorvado por la mayoría de los sectores de la estación espacial. Llevaba tantos años en aquel destino, que mantenía su pose habitual incluso en los lugares más amplios de la nave, como si tuviera una leve joroba.

Al ver la cantidad de gente que se había amontonado en aquel sector, separados del vacío exterior por unos centímetros de metal, Barrows le ordenó al tercer oficial que desalojara aquella zona. Maura, él y yo permanecimos en silencio –yo, sin moverme ni un milímetro de mi posición de firmes– mientras los curiosos se marchaban de allí a regañadientes. Luego la puerta automática se cerró con un bufido, y el fue el propio Barrows quien me ordenó que le informase de lo que había pasado.

–Se trata, capitán, de cinco hombres… –Barrows me miró desde sus dos metros de altura y luego señaló con la cabeza al comandante, indicándome sin palabras a quién debía transmitirle el informe–. Mi comandante, estaba yo por el módulo de al lado, haciendo una ronda… bueno, en realidad, dando un paseo de reconocimiento… cuando de repente me abordaron cinco hombres.

Maura se había plantado delante de mí, tan cerca que podía escuchar su respiración agitada, y me miraba cruzado de brazos. Tenía los labios apretados y el ceño fruncido mientras pensaba, sin duda, a qué planeta remoto iba a pedir que me enviasen cuando cumpliese mi condena en una prisión militar. Sin embargo, su cara y su actitud fueron cambiando a medida que yo iba explicando lo que me había pasado. Uniformes de cuero gris… voces en alemán… un submarino… En un momento dado tuve la sensación de que mis dos superiores ya no me estaban escuchando; de que sus pensamientos iban por delante de mí porque sabían perfectamente qué era lo que me había pasado en aquella zona alejada y poco transitada de su nave.

Terminé mi relato explicándoles cómo me había escapado por los pelos al ver que aquel fenómeno apuntaba con el arma a la puerta de metacrilato que comunicaba dos sectores, sabiendo que el disparo iba a perforar la pared del otro lado.

–Podía haber tratado de desarmarle –me reprendió el comandante, con severidad.

–Mi comandante; es un alférez en prácticas –intervino el capitán Barrows. Aquel comentario compasivo me molestó más que el tono del comandante, de manera que me erguí y repliqué:

–Con todo mi respeto, mi capitán, pero me enfrenté dos veces a aquellos hombres y les pedí que se identificasen. Le habría desarmado si hubieran sido seres vivos… pero, claro…

Me detuve, sin atreverme a concluir el razonamiento. Aquella palabra pesaba demasiado.

–Son fantasmas –asintió el comandante, con naturalidad–. Son parte de toda la mierda intersideral que tenemos a bordo.

–Sí que son fantasmas, mi comandante –repetí, enganchándome con las palabras a causa de los nervios–. Cuando el Gravitador se fue a tomar por culo, es decir, ya sabe… ellos se quedaron arriba y abajo girando, sin caerse. Luego, la puerta no les reconocía. Y luego hablaron del Reich…

No pude evitarlo. Empecé a reír como un bobo, liberando toda la tensión acumulada desde mi encuentro fortuito con aquellas sombras de dos siglos atrás. Los dos oficiales permitieron que me desahogase durante unos instantes, hasta que pude serenarme. Me enjugué los ojos, llenos de lágrimas que sólo en parte se debían a la risa; recuperé la posición de firmes, pero el comandante Maura me echó a un lado casi con delicadeza, mientras Barrows y él se alejaban de la esclusa y se ponían a hablar. La lengua oficial de la nave era el inglés, aunque entre nosotros solíamos hablar la jerga: esa mezcolanza de dialectos que muchos pensamos que se acabará imponiendo en toda la galaxia como el antiguo latín; sin embargo, ambos oficiales también sabían hablar francés, y fue en este idioma en el que se pusieron a deliberar aposta durante varios minutos para excluirme a mí de sus elucubraciones.

–Bueno, alférez –dijo finalmente comandante–. En principio es evidente que usted no ha cometido ninguna negligencia punible, aunque en el parte de hoy haremos constar que optó por marcharse en lugar de tratar de reducir al asaltante.

–Optó por marcharse ante una situación excepcional y para salvar su vida, mi comandante –matizó el capitán Barrows, con diplomacia.

–A la orden, señor –respondí de manera automática, aunque por dentro me revolvía de rabia e indignación. Aquel gordo borracho habría preferido que el disparo me hubiera escupido al espacio exterior como si fuera un paquete con basura.

–En realidad, el número y características de los asaltantes no recomendaban un enfrentamiento directo con ellos –añadió el capitán, dedicándome una sonrisa compasiva que yo recibí con la misma cara de palo, mirando en dirección a la esclusa que se había sellado herméticamente, atrapando a los fantasmas al otro lado.

O eso creía.

El comandante aceptó aquellas sugerencias con un gruñido y añadió a cambio un arresto de dos días y unas cuantas guardias suplementarias para que se me quitasen las ganas de pasearme libremente por la nave.

Me encogí de hombros y me dispuse a retirarme para poder cagarme a gusto en él y en su madre, pero entonces me apuntó con uno de sus dedos gordos y peludos.

–No te vayas; te vas a quedar y te vas a enterar de cómo se acaba con estas cosas –me dijo el comandante. Se había pasado al tuteo y me sonreía con maldad, como un viejo a punto de contarle a su nieto un chiste verde.

–Teníamos que haberlo hecho hace muchos años, cuando le dieron aquella paliza al teniente Brown –rezongó el capitán, mientras me apartaba a un lado para aproximarse a la esclusa sellada.

Mientras yo les miraba con desconcierto, ambos oficiales se colocaron uno junto al otro y apoyaron en el metal las palmas de sus manos. Negras y estilizadas las de Barrow, amarillentas y peludas las de Maura.

–Estamos invocando a los fantasmas –se dignó explicarme Barrows, con una timidez repentina, mientras golpeaba la puerta con los nudillos.

Los fantasmas de los nazis fueron los primeros, pero no los últimos, con los que he tenido ocasión de toparme durante mis años en el espacio, y con el paso de los años he elaborado mi propia teoría acerca de estos fenómenos paranormales. Todas las naves con cierta historia albergan su propia leyenda, sobre todo si han sido el escenario de alguna muerte violenta. En una de las colonias de la Luna hay un pabellón que lleva clausurado treinta años, aunque si le preguntáis por esta anomalía a los de la Autoridad Para la Colonización se sacarán de la manga cualquier explicación científica –la presión, la radiación estelar, la radioactividad– imposible de comprobar en un lugar de acceso no ya restringido sino prohibido hasta para el mismísmo Papa de Roma, allá en la Tierra. Yo no practico ninguna religión; pienso, simplemente, que los fantasmas son alguna clase de eco que conserva cierta energía mental, y que se recarga en contacto con otras ondas mentales…

El comandante Maura y el capitán Barrows permanecieron apoyados contra la esclusa de seguridad durante un par de minutos, como unos delincuentes a la espera de un cacheo. En un momento dado, Maura dijo que sentía un cosquilleo; Barrows asintió sin decir una palabra. Luego ambos retrocedieron lentamente y la esclusa metálica se oscureció ligeramente, como si estuviera hecha de cristal opaco, dejando ver unas sombras informes que poco a poco fueron adquiriendo consistencia. Maura se miró sus dedos regordetes con cierta fascinación. Realmente su aura, o su alma, o como le queráis llamar, había actuado de imán para atraer a aquellas presencias que en un momento dado volvieron a agruparse en el extremo de aquel sector, mirándonos atentamente.

–Son nuestras emociones las que les dan su energía –me comentó Barrows–. La bala era tan fantasma como ellos, pero usted estaba tan nervioso que le proporcionó buena parte de su fuerza.

–Aún pringaré yo por haber pegado el tiro –repliqué, sin saber lo que decía.

El comandante Maura hizo un gesto de impaciencia con la cabeza y avanzó hacia el oficial alemán, cortando con energía el previsible discurso de presentación del nazi.

–Usted es el KorvettenKapitan Viktor Henke, que estuvo al mando del submarino U-39B, de la Kriegsmarine, durante cuatro años, entre 1939 y 1943, hasta que fue hundido frente a las costas de Portugal –le espetó, avasallando al oficial con su corpachón, sus ademanes enérgicos y su voz de trueno.

–¿Que yo me he hundido…? –comenzó a decir el nazi.

–Yo soy el comandante Trinidad Maura, a bordo de una nave de guerra que se llama Lisy y que forma parte de las fuerzas aliadas, entre ellas la propia Alemania aunque ya sé que eso no se lo van a creer. Mi tripulación permanente la componen mil trescientas personas y tengo a bordo otras cuatro mil, tonto arriba, tonto abajo.

Los alemanes se miraron con desconcierto.

–Capitán Henke; somos tan superiores a ustedes en número, armamento y tecnología, que tengo que pedirles que se constituyan en mis prisioneros. Y como siempre me preguntan ustedes lo mismo, les diré que sí, que el negro que ven a mis espaldas es un oficial del Ejército, se llama capitán Frank Barrows y ostenta la mayor autoridad en esta nave, después de la mía.

Los cuatro marineros, con su uniforme de cuero gris con el que habían navegado durante dos siglos, se miraron con desconcierto mientras el capitán tragaba saliva y hacía esfuerzos por hablar.

–¿Cómo que nos han hecho prisioneros, si estamos dentro de mi nave?

Miré a los ojos de aquel joven fanático. Ojos enloquecidos, frente sudorosa, pelo cortado a cepillo según los reglamentos del Reich. Treinta y pocos años, y muchas toneladas de acero enviados a pique. Cien o doscientas vidas, entre ellas muchos civiles inocentes, en el cuaderno donde apuntaría las bajas. Y todo, a la mayor gloria de Hitler, de Goebbels, de Goering y de todos aquellos monstruos cuyas atrocidades aún seguían provocando muecas de dolor en las personas decentes, doscientos años después.

Finalmente, la autoridad que el comandante Maura emanaba por todos los poros de su cuerpo logró lo que mi apariencia adolescente e insegura no había conseguido. El capitán se llevó la mano a la pistola, pero finalmente bajó el brazo y lo dejó colgar con ademán abatido.

–Parece que la guerra ha terminado –suspiró, con una tristeza que no fue enteramente compartida. Para mi asombro, sorprendí un destello de alegría en los rostros muertos de algunos de sus acompañantes.

El capitán Barrows se mantuvo prudentemente en un segundo plano. Aquellos nazis jugaban con reglas raciales, y desde luego para ellos un negro estaba muy por debajo de un judío. Tiempo después, recordando el incidente, me explicó que se trataba de responder a una situación excepcional aplicando el sentido común y buscando, sobre todo, la eficacia. Un nazi jamás le habría entregado su arma a un africano, pero sí me las dieron a mí, cabizbajos y tan cansados que hubo momentos en que pensé que podían desaparecer sólo con soplarles a la cara.

–Y ahora, ¿qué? –le pregunté al comandante, mientras le entregaba las pistolas. Armas fantasmales que, sin embargo, disparaban balas reales, pesaban como el hierro e hicieron bulto en los bolsillos traseros de sus pantalones inmensos.

El comandante me ignoró y respondió dirigiéndose a su segundo de a bordo.

–Ahora hay que tomar una decisión definitiva. Sobre todo, no alejarse de ellos para que no desaparezcan. Los vamos a llevar a alguna sala que reúna condiciones, como comentábamos antes.

Maura se refería a la conversación privada que había mantenido con su capitán antes de invocar de la nada a aquellos fantasmas. Sin duda habían establecido algún tipo de plan para que aquella cuadrilla se esfumase para siempre, antes de que algún nuevo disparo provocase que la nave estallara en un millón de fragmentos oxidados.

–El lugar más adecuado es el puente de mando, mi comandante –sugirió Barrows–. Ahí tenemos lo que nos hace falta. Si atravesamos por el sector 90 y cogemos el ascensor hasta el módulo 12, estamos prácticamente al lado del puente.

El comandante asintió y dio media vuelta para salir de aquel sector; vi con asombro que los bultos de las pistolas que le acababa de entregar habían desaparecido. Una vez, cuando era un niño que vivía en Madrid, mis padres me llevaron a la sierra a ver la nieve. Desoyendo las instrucciones de mi madre me quité los guantes para palpar aquella capa blanca y crujiente y recogí en la palma de la mano un pequeño trozo de nieve que se derritió de inmediato al verse separada del conjunto. Aquella imagen me volvió a la memoria al ver que las armas de los fantasmas se habían esfumado al perder la conexión con el grupo. Supe que si tenía el valor suficiente como para quitarle la gorra al capitán, ésta se desvanecería como aquellos copos de nieve, porque en el fondo aquellas figuras capaces de golpear hasta la muerte y de hacer explosionar una nave espacial, tenían mucho menos consistencia que la escarcha que cubría los jardines en las mañanas de invierno de mi infancia.

Pero el experimento de la gorra se iba a quedar en una simple idea. Muerto o no muerto, el capitán de corbeta Viktor Henke, y sus cuatro últimos marineros, seguía conservando toda su autoridad. Como era de esperar, se negó a ser detenido por un negro, y tuve que ser yo quien les instara a seguirnos a Maura y a mí, mientras el capitán Barrows ocupaba un discreto lugar en retaguardia.

–Que conste que me avengo porque estáis más muertos que la madre que os parió –rezongó mientras se ponía a la cola de nuestra expedición.

Maura nos fue guiando por el laberinto de la nave, en dirección al puente de mando. Barrows, que había encendido su transmisor personal, le iba dando al cuerpo de guardia las órdenes necesarias para que nos fueran dejando paso libre, cortando los pasillos y vaciando los sectores que íbamos a atravesar. ¡Lo único que nos faltaba era vernos rodeados de curiosos!

Hubo un momento de desconcierto cuando la primera puerta mecánica se cerró al paso del comandante, seccionando en dos a uno de los marineros; yo extendí la mano rápidamente, la puerta se volvió a abrir y el hombre que había resultado dividido en dos recuperó su apariencia humana sin que ninguno de sus compañeros hiciera el menor comentario. También se produjo un ligero cuchicheo, que el capitán nazi cortó con un siseo tajante, al atravesar el sector 90: la jefa de la patrulla que mantenía a los mirones lejos del pasillo que debíamos atravesar era una teniente francesa de caderas generosas y larga coleta rubia. Al verla erguida junto a una esclusa, con su arma eléctrica al hombro, los marineros abrieron unos ojos como platos. Sonreí comprensivo; al fin y al cabo, era la primera mujer que veían en los últimos doscientos años.

Mientras esperábamos la llegada del ascensor, el capitán Henke cruzó algunas palabras con nuestro comandante.

–¿Hemos perdido la guerra? –murmuró el alemán.

–Hace muchísimos años.

–No lo comprendo…

–Dentro de un momento lo entenderán perfectamente.

–¿Dónde estamos?

–Ahora mismo lo verán.

Aquel oficial podía ser un nazi convencido, y un asesino implacable, pero desde luego que no era ningún tonto. Tembló brevemente de la cabeza a los pies, como si alguien acabase de pasar por encima de su tumba sumergida, y comentó, con firmeza:

–Ya no estamos a flote, ¿no es verdad?

–Vamos a ver, capitán –añadió Frank Barrows, harto ya de su papel secundario–. Su submarino está pegado a una serie de naves que vuelan tan altas que se han alejado demasiado del planeta. Digamos que van ustedes en el interior de un cohete, como aquellas bombas V-2 que su Führer tenía preparadas para el final de la guerra.

El capitán estuvo a la altura de las circunstancias y se limitó a tragar saliva, mientras el marinero que hablaba inglés le explicaba la situación a sus compinches.

–Hemos perdido la guerra –razonó el capitán Henke, hablando para sí mismo–. He perdido la nave y mi tripulación está muerta. Aquel torpedo nos hundió, y los americanos nos han reflotado, nos han pegado a un avión y nos han puesto a dar vueltas alrededor del planeta…

–Aquí está el ascensor; vamos, ¡adentro! –mandó Barrows, empujándonos hacia el interior al capitán nazi, a mí y a los marineros.

Al conocer por fin la situación, los alemanes empezaron a hablar a voces y hacer gestos de terror. Pero el paso por el ascensor les privó de las pocas ganas de guerra que aún pudieran tener. La estructura avanzaba renqueante durante un par de minutos, frotando su pared interior contra el extremo de un módulo que había sido mal acoplada. El chirrido del metal contra el metal era suficiente para romper los nervios a cualquiera; pero lo más sobrecogedor era la visión del firmamento, negro y atravesado por miles de millones de estrellas, que podía verse a través de los paneles de cristal reforzado del ascensor. Los fantasmas se pegaron físicamente a nuestros cuerpos, tratando de alejarse de aquel horizonte inmenso, tan diferente del claustro metálico, y amparado por las aguas, en el que habían pasado buena parte de su vida terrenal.

–Son las estrellas –murmuró el capitán. Luego suspiró largamente. Tenía su hombro tan pegado al mío que podía sentir el frío que exhalaba aquella presencia fantasmal; me aparté de él de manera inconsciente y me quedé atónito mirando la ventana del ascensor: allí dentro había ocho cuerpos, pero sólo tres de ellos se reflejaban en el cristal.

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