SUBMARINO – La patrulla de la Muerte – Parte 4 y última


Maura tecleó con rapidez en su ordenador y luego activó una impresora antiquísima que llevaba años criando polvo debajo de una maraña de cables. Se agachó con un bufido y recuperó de la bandeja de la máquina un par de folios amarillentos y combados que le tendió, sin más, al capitán.

Antonio Beltrán
@antoniombeltran

Póker de Bastos 26 agosto, 2016


Salimos del ascensor en silencio, cruzamos otra serie de pasillos y llegamos al puente de mando: el lugar donde el comandante Maura trabajaba, comía y dormía desde hacía más de diez años, y donde se ha pasado los dieciocho más que han transcurrido desde entonces.

El puente ocupaba un espacio bastante grande para una estación espacial; y es que, en realidad, se trataba de dos habitaciones diferentes. Los constructores de la Lisy habíen hecho impactar de costado, a poca velocidad, un módulo soviético de la MIR y otro japo­nés, y luego habían desmontado todos los paneles laterales. La operación de ensamblaje le había costado la vida a un super­vi­sor francés cuyo cadá­ver, según comentaban los mucha­chos, seguía apri­sio­nado en el exterior, encerrado en un pliegue del metal.

El comandante avanzó hasta su lugar acostumbrado en el puente de mando, rodeado de un sinfín de aparatos que fueron escruta­dos por los ojos ávidos y descon­certados de nuestros prisioneros. El capitán Barrows se puso a su lado, dejando bien claro cuál era su función a bordo de la nave, y yo permanecí guardando la puerta del puente de mando, sintiendo a mis espaldas los ojos curiosos de los compañeros que miraban a través de las escotillas interiores.

Maura tecleó con rapidez en su ordenador y luego activó una impresora antiquísima que llevaba años criando polvo debajo de una maraña de cables. Se agachó con un bufido y recuperó de la bandeja de la máquina un par de folios amarillentos y combados que le tendió, sin más, al capitán.

–Capitán Henke; este informe, sacado de una enciclopedia muy prestigiosa que se llama Wikipedia 6.2, afirma que su submarino fue hundido por un acorazado británico en aguas de Portugal, el 15 de enero de 1943. Dice que la nave y todos ustedes se fueron a pique y que no aparecieron sus cadáveres, aunque la nave fue recuperada meses después.

El capitán leía los folios con ojos desorbitados, arrugando el folio con sus manos muertas.

–Y como sé que sus hombres no hablan inglés, me he molestado en imprimirles una traducción de la Wikipedia en alemán –añadió, entregándole otro folio a los marineros, que se dieron de codazos para poder leerlo.

–El otro documento que le he dado no tiene nada que ver; es la portada de hoy del diario Der Spiegel, que yo no sé si es de su época o no, pero que en Alemania sigue siendo bastante fiable. Aquí puede ver –señaló la parte superior del folio con su dedo rollizo– que la fecha de hoy es 22 de octubre de 2152.

El capitán leyó atónito aquella página del siglo XXII que hablaba de colonias lunares, implantes cerebrales y concejales robot, y luego nos miró desamparado como un niño perdido en medio de una multitud.

–No entiendo nada… –musitó, aunque estaba empezando a comprender.

En ese momento, uno de los cuatro marineros soltó en folio en el que se le comunicaba su propia muerte y empezó a gritar y blasfemar, presa de un ataque de nervios. Su capitán le ordenó a gritos que se controlase, pero fueron sus propios camaradas quienes lograron reducirle.

–Siento ser yo quien os lo diga, pero estáis más muertos que la madre que os parió –anunció Maura, con su voz más autoritaria–. La guerra terminó en 1945. Hitler se pegó un tiro, todos los demás hijos de puta se suicidaron o acabaron colgando de las horcas, y Alemania fue partida en dos mitades que años más tarde se unieron y luego se volvieron a separar.

–¿Y el Gran Almirante? –musitó el capitán, que parecía estar a punto de echarse a llorar.

–¿Qué Gran Almirante?

–El almirante Doenitz fue quien firmó la rendición –terció el capitán Barrows–. Después de la guerra fue juzgado y condenado a varios años de cárcel.

Los marineros no sabían inglés, pero comprendieron el significado de aquella palabra. Doenitz, en la cárcel, les oí murmurar, con desolación. El comandante Maura siguió metiendo el dedo en la llaga, tratando de librarse para siempre de aquellos espectros.

–Después de la guerra el hombre llegó a la Luna, luego pusieron en pie en Marte, luego en otros planetas… y un mal día, para ahorrar gastos, decidieron aprovechar hasta el último pedazo de chatarra. Sin duda su submarino fue reflotado y aprovechado Dios sabe para qué, hasta que acabó formando parte de un depósito de combustible de la AHU. Esto es, de la gente que manda a otra gente a dar vueltas alrededor del Sol.

–¿Estamos muertos? –masculló el capitán, tembloroso. Otra palabra que sus compañeros comprendieron perfectamente.

–Están tan muertos como ese fantasma de ahí –asintió Maura, apuntando con la mano hacia una de las esquinas del puente de mando.

En ese momento fui yo el que grité sin poderlo remediar.

Había ocupado mil veces el ordenador que ocupaba aquella parte del puente, la más oscura y fría; sin embargo, hasta aquel momento no me había dado cuenta de que al otro lado de la mesa, en el espacio reducido que quedaba entre la pantalla y la pared de la nave, había un hombre cruzado de brazos y de cara a la pared como si estuviera castigado. Tenía la espalda desnuda, lo que permitía ver una cicatriz gigantesca sobre la piel blanca, correosa y llena de bultos. Sin duda era el fantasma del oficial francés que había muerto en una maniobra y cuyo cuerpo había quedado sujeto a la Lisy para siempre jamás.

–En el módulo 115 –siguió diciendo el comandante– se apareció durante años uno de los astronautas del Apolo XXX hasta que Barrows y yo logramos hacerlo desaparecer. Por los sectores 60 y 37 se pasea un hombre que lleva bajo el brazo un casco de astronauta, con la cabeza dentro del casco por supuesto… y justo encima de mi catre se ahorca algunas noches uno de mis ante­cesores en el cargo. Ésta es la única razón que me impide coger un arma y acabar con todo –añadió, hablando ahora para sí–. Que volvería convertido en un fantasma.

Muertos y vivos agachamos la cabeza, sobrecogidos, y miramos a los pies del comandante. Bajo su bota derecha había una moqueta azul bastante gastada, mientras que la izquierda pisaba un parquet de goma. Se había colocado exactamente sobre la zona donde se unían los dos módulos.

–Los alemanes son ahora nuestros aliados –siguió diciendo–. Igual que los rusos, los japoneses, los chinos… y los marcianos.

El capitán Henke miró a su interlocutor, tratando de procesar la información.

–De modo que el Gran Almirante Doenitz ha traicionado al Führer… –sugirió.

–¡Que no, coño, que no! –estalló el comandante Maura.

–Todo eso pasó hace mucho tiempo… –apunté.

Ambos oficiales me ignoraron. El capitán de corbeta Viktor Henke, prusiano de pura cepa, muerto en acción de guerra en aguas del Atlántico Norte, desafió con la mirada al comandante Trinidad Maura, cono­cido por Miura, de San Antonio (Texas, Estados Unidos, en el planeta Tierra), que a lo mejor se había muerto a los mandos de la Lisy en un lugar del espacio entre Júpiter y Marte, y llevaba varios años conservado en alcohol.

–Todos sois unos traidores –profirió el nazi, con voz desencajada–. El Reich es implacable con sus enemi­gos, pero nunca traiciona a los amigos. Por eso noso­tros somos una raza superior, y vosotros un batiburrillo de pueblos mezclados salvajemente.

–Está usted muerto, capitán –respondió Maura.

–¿Cómo se atreve a amenazarme? –respondió, tratando de dominar la voz. Aquel oficial altivo y violento parecía estar a punto de llorar; tal vez porque se había dado cuenta, sin remedio, de que su enemigo llevaba la razón.

–No sólo estáis muertos –prosiguió Miura, pasando a un tuteo que expresaba al mismo tiempo pena y desdén–, sino que aquel jodido imperio vuestro murió hace casi doscientos años; aunque de vez en cuando os empeñéis en regresar para recordarnos lo terribles e infames que llegasteis a ser.

En ese momento escuché algunos sollozos. Uno de los marineros se sentó en el suelo del puente de mando y se escondió la cara entre las manos, mientras sus compañeros miraban a Maura con expresión de terror.

–A bordo de esta nave hay más de un millar de personas, que provienen de todos los países de la Tierra y de una docena de Estados extraterrestres. Mi segundo oficial es un negro senegalés nieto y bisnieto de los reyes de su tribu; el alférez que ha tropezado con vosotros es un español; mi tercer oficial viene de los Estados Unidos, pero es una mujer asiática que se apellida Wu. Aquí hay cientos de musulmanes que se arrodillan cinco veces al día de cara a la Tierra, hindúes, animistas, católicos, protestantes… aquí dentro viven hombres que se han casado con otros hombres, mujeres con mujeres, y nuestra jefa de seguridad es una teniente judía, nacida en el Estado de Israel –proclamó como remate final, entre risas–. También tengo dos electricistas nacidos en el planeta Venus, y no hace falta que se lo crea.

–Hemos cambiado mucho desde los tiempos de Hitler –sentenció el capitán Barrows, separando en una sonrisa sus enormes labios negros como el tizón.

La cara de los nazis era todo un poema. Un segundo marinero se sentó en el suelo, noqueado, cuando escuchó decir a Maura que nuestro cocinero jefe era un hombre que había nacido con el síndrome de Down. Gente así había muerto a millares de una inyección letal, mientras los submarinos nazis atravesaban los mares a la caza de sus presas.

–Por tener, tengo incluso unos fan­tasmas nazis que aparecen cada equis años, cuando pasamos por una zona de alta concentración de ondas de radio, y que me sirven para recor­dar que en esta nave, por muy misera­ble que sea, todos mis tripulantes valen lo mismo. O, al menos, intentamos que no se desprecie a nadie por ser diferente a los demás.

Aquel borracho asesino, prófugo y amar­ga­do, re­clui­do en una nave de desecho, en el rincón más sucio y olvidado del Sistema Solar, nos estaba dando de repente toda una lección de humanidad. Su discurso me transmitió tal sensación de libertad e igualdad, de estar en un territorio donde lo único que importaba era ser un profesional competente y una buena persona, que sin duda fue el detonante de que unos meses más tarde pidiera una prórroga para continuar como alférez en aquel mismo destino.

El comandante acabó su discurso y presionó uno de los botones de su ordenador. Uno de los ventanales inmensos del puente de mando pasó del color negro al transparente, y una luz mortecina bañó los rostros de los que allí nos encontrábamos.

–Ahí está nuestro planeta –dijo el comandante, señalando una esfera azul y blanca, del tamaño de una naranja–. ¿Se ve desde aquí alguna frontera? ¿Cuá­les son los países amigos, y cuáles los enemigos?

Maura contempló el paisaje, apoyado en el respaldo de su sillón.

–Vuestro tiempo se acabó hace muchos años –suspiró.

Quedamos en silencio, mirando cómo la Tierra giraba y se iluminaba. Cerré los ojos. Dejé pasar unos segundos. Cuando volví a abrir­los, Maura, Barrows y yo está­bamos solos en el puente de mando.

 

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