El traje nuevo del Emperador – Parte 1


El Emperador se quedó parado en mitad de la avenida, sintiendo en su espalda el frío lacerante que bajaba de la montaña cercana. Repasó con la mirada los cientos de rostros anónimos que le miraban con un punto de duda en sus ojos temerosos...

Antonio Beltrán
@antoniombeltran

Póker de Bastos 28 septiembre, 2016


El Emperador desfilaba por la avenida principal de la capital. Iba completamente desnudo. Los súbditos le diri­gían hurras frenéticos y alababan a gritos la magnifi­cencia y la belleza de su traje nuevo, confeccionado por un sastre extranjero con un material único, que –por obra de las artes mágicas del artesano– poseía la virtud de parecer invisible a los ojos de las personas de mala fe.

         En mitad del desfile, de repente, unas risas infantiles helaron la sangre del pueblo. Un niño pequeño, de apenas seis años de edad, que estaba sentado en la acera, se retorcía a carcajadas sin poder contenerse.

         –¡A ese señor gordo se le ve el culo!

         El Emperador se quedó parado en mitad de la avenida, sintiendo en su espalda el frío lacerante que bajaba de la montaña cercana. Repasó con la mirada los cientos de rostros anónimos que le miraban con un punto de duda en sus ojos temerosos…

         –¡Un traje precioso, excelencia! ¡Realza aún más vuestras virtudes! –gritó desde un balcón un hombre grueso, tocado con un sombrero de plumas. Era el mismísimo sastre imperial, que aplaudía sin falsa modestia la obra de arte que él mismo había elaborado, entusiasmado al ver con cuánta elegancia lucía sobre el cuerpo del Emperador.

         El tirano sonrió con un alivio evidente al oír tales elogios. La muchedumbre entera se sumó a los vítores y empezó a alabar la capa de armiño, las botas con hebilla de plata, el cinturón de oro, los pantalones de terciopelo púrpura…

         Mientras las masas aplaudían, la madre del niño que había interrumpido el desfile se llevó a su casa cogido de la oreja a aquel engendro que, pese a su poca edad, había demostrado de tal forma, y delan­te de todos, la negrura de su corazón.

         Aquella misma noche, mientras el crío permanecía ence­rrado en el desván, los padres permanecieron en vela llorando, rezando e implorando el perdón divino. Eran dos campesinos ya mayores, honrados y humildes, que ocupaban con sus cinco hijos una casa vieja y estrecha pegada a las murallas de la ciudad y no acertaban a imaginarse por qué el Señor había decidido ponerles a prueba de aquella manera.

         Mientras el matrimonio se lamentaba y buscaba alguna manera de salir con bien de aquello, el niño castigado chillaba y se desesperaba gritando una y otra vez que si estaban todos ciegos, que el Emperador iba desnudo y se le había visto el culo. Afuera, en la calle estrecha y llena de polvo, se escuchaban los susurros temerosos y enojados de los vecinos, que espiaban la casa agazapados tras sus ventanas sin cortinas. Por fin, al amanecer, el padre subió al desván con el cinturón en la mano, y consiguió acallar a correazos los alaridos del monstruo.

         A primeras horas de la mañana, el capitán de la Guardia Imperial, acompañado por tres corchetes fuertes y bragados, llamó a la puerta de la casa, denunció con voz solemne y decidida el delito del menor. La madre empezó a llorar, el padre agachó la cabeza y apretó los dientes, pero a ninguno se le pasó por la cabeza el protestar. Además de ser muy grave, era un delito innegable porque se había producido ante toda la ciudad. Mientras los corchetes derribaban la puerta del desván, los campesinos encerraron en la pequeña cuadra de la casa con el resto de sus hijos, tapándose los oídos para no escuchar los gritos de protesta y de terror de aquella mala semilla.

         Al ver que se llevaban al impío, los habitantes de aquel barrio salieron de sus viviendas pequeñas y oscuras y abarrotaron las calles, llenando al culpable de insultos y escupitajos, hasta que el capitán de la guardia, harto de impertinencias, dio una estocada al azar y atravesó el pecho de uno de los mirones. La comitiva salió de aquel suburbio sin que se escuchase ni una palabra más y continuó en silencio hasta llegar a la parte más elevada de la ciudad, donde se alzaba el castillo del Emperador.

         Aquel mediodía, de manera espontánea, los vecinos del impío se congregaron a las puertas de la fortaleza de su señor y estuvieron varias horas dándole gracias fervo­ro­sas a la Providencia, que había dotado al Imperio de un instrumento infalible para reconocer a los delincuentes: aquel traje sin par, cuya extraordinaria belleza, que ellos no se hartaban de alabar, era invisible para los ojos pecadores.

         Cuando los vecinos regresaron por fin a sus hogares, se encontraron con que los padres y hermanos del niño impío se habían marchado de su casa, cargando en una carreta sus escasas posesiones, dispuestos a empezar una nueva vida donde nadie les conociera y no les pudiera alcanzar el castigo del Emperador.

         Entre todos despojaron a la vivienda de lo poco que sus dueños habían dejado atrás; luego un joven trató de prenderle fuego con una antorcha, pero los demás vecinos se le echaron encima, temiendo que las llamas se propagasen por todas aquellas casas de paredes y techo de madera. El hogar del niño impío quedó abandonada durante muchos años; nadie quiso ocuparla por miedo de que le identificasen con el delincuente. Finalmente se cayó abajo de puro vieja durante un temporal.

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