El traje nuevo del Emperador – Parte 2

Redaccion
@elsoldelorca

Pasaron seis años más, hasta que el mayordomo principal y el capitán de la guardia consideraron que la ira de su señor ya se habría apaciguado.


Póker de Bastos 29 septiembre, 2016


El pequeño culpable fue encerrado en una de las celdas del castillo, entre una turba de ladrones, asesinos y herejes que acogieron su delito con señales de espanto y sintieron desde entonces por el crío un respeto y un temor supersticiosos que les obligó a mantenerse a distancia. Si a los seis años era incapaz de ver aquel traje fastuoso, símbolo de la bondad de su señor, ¿qué otras fechorías le habría reservado el Diablo cuando cumpliera la mayoría de edad?

         Pasó un año completo desde el desfile. El Emperador estuvo a punto de cancelar su paseo triunfal alegando un fortísimo dolor de cabeza, pero su mayordomo principal le sugirió, de manera muy sutil, que todos los súbditos recordarían la afrenta que le había producido aquel pequeño monstruo la temporada anterior; si ahora renunciaba a exhibirse vestido con su traje mágico, más de un incauto podría pensar que quizás aquel niño había dicho la verdad. De manera que el Emperador se despojó de sus ropajes de diario, se embutió en su traje invisible, incluyendo capa de armiño, sombrero, botines y bastón, y recorrió la avenida principal de la ciudad no una vez, sino dos, entre los aplausos y el griterío enronquecedor de todos los súbditos.

         Pasaron seis años más, hasta que el mayordomo principal y el capitán de la guardia consideraron que la ira de su señor ya se habría apaciguado. De manera que una mañana los corchetes bajaron al calabozo, le echaron al joven preso un cubo de agua por encima, repusieron sus harapos por unos nuevos, ataron firmemente sus muñecas y le guiaron, dos corchetes delante y dos detrás, hasta el salón amplio y lujoso en que el Emperador impartía justicia el primer domingo de cada mes.

         El pequeño blasfemo se había convertido en un joven de trece años, pálido, flaco y desden­tado; era esquivo y desconfiado como una alimaña refugiada en lo más hondo de una cueva. El capitán de la guardia se había encargado de que recibiera su alimento y le había dado ropas nuevas a medida que las suyas infantiles le habían quedado pequeñas.

         Mientras esperaban a que el Emperador les diese la venia para entrar, acercó el rostro a la oreja del prisionero y le ordenó con voz susurrante que se fingiera mudo y bobo, y que no se le ocurriese volver a decir aquello que no había podido ver de ninguna manera, si no quería acabar la jornada colgando de la horca. El joven se encogió de hombros y asintió con la cabeza, como llevaba haciendo la mitad de su corta vida. El militar aún tuvo tiempo de advertirle de que el Emperador impartía justicia vestido con su traje mágico especial, antes de que dos chambelanes abriesen las puertas de la estancia.

         El Emperador estaba sentado en su trono dorado, colocado sobre una tarima y flanqueado por cuatro corchetes con la espada desenvainada. Su mayordomo principal se sentaba un peldaño más abajo, en una silla negra y pesada. El capitán de la guardia era el encargado de acusar, y los propios condenados trataban de defenderse si el mayordomo así lo permitía.

         Al ver entrar al joven, los dos funcionarios imperiales intercambiaron una mirada seria, preocupada, mientras los nobles y los comerciantes más poderosos, puestos en pie en uno de los laterales de la estancia, se preguntaban quién sería aquel preso y por qué el capitán le había concedido el privilegio de pedir justicia.

         –¡Eres tú, el blasfemo! –dijo el Emperador, ruborizándose sin remedio al cruzar la mirada con aquel joven sucio y desastrado, puesto de rodillas al pie de la tarima.

         Con una voz inesperadamente dulce y comprensiva, el mayordomo principal se atrevió a solicitar clemencia para aquel joven ignorante, que ya había pasado muchos y bien merecidos años en prisión. Achacó su terrible blasfemia a su niñez y a la educación abominable que había recibido de sus padres, los cuales habían huido del país.

         Luego calló y miró fijamente al capitán de la guardia, quien comentó, a regañadientes, que en sus años en prisión aquel chico siempre se había comportado de manera correcta y jamás le había dado a la guardia ni un solo quebradero de cabeza.

         Mientras el joven permanecía de rodillas, tratando de recordar cómo habían sido sus padres, unos comerciantes de una provincia lejana que habían venido a que el Emperador resolviera un pleito por un problema de pesas y medidas prorrum­pieron en mueras al delincuente y elogios a la belleza del traje imperial. Pronto todos los allí presentes –salvo el joven, que permanecía de rodi­llas con la vista en el suelo–, estallaron en alaridos de alabanza.

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