El traje nuevo del Emperador – Parte 3


Hubo algunos aplausos al escuchar aquella última comparación, que cesaron al instante cuando el Emperador recorrió la sala buscando con ojos airados al que había interrumpido su discurso.

Antonio Beltrán
@antoniombeltran

Póker de Bastos 30 septiembre, 2016


Animado por aquellas muestras de adhesión, el Emperador se puso en pie para lucir mejor su cuerpo fofo y blancuzco, dio una vuelta entera sobre sus pies descalzos y volvió a sentarse en el trono.

         –Ponte de pie –ordenó a continuación, mirando al joven.

         Uno de los corchetes se acercó al joven, le cogió del pelo y le obligó a incorporarse.

         –Ya lo has oído –le dijo, con voz triunfal–. Aquí, a todo el mundo le gusta mi traje. Llevo veinte años siendo el Emperador; hace más de diez que llevo este vestido mágico, que es un atributo más de mi divinidad y que me permite diferenciar al buen servidor del impío.

         El Emperador volvió a levantarse del trono y se dio nuevamente la media vuelta. De inmediato el capitán de la Guardia Imperial alabó el buen corte de los pantalones, muy aptos para montar a caballo y ponerse al frente de las tropas, mientras que el mayordomo reconoció que la capa le daba al monarca una apariencia aún más majestuosa, al tiempo que estilizaba su figura. Hubo otros comentarios que el propio Emperador acalló con un gesto de la mano mientras miraba altivo al joven prisionero.

         –En nuestra nación todos, desde el más culto al más ignorante, están de acuerdo en alabar esta auténtica obra de arte, que al mismo tiempo es un símbolo de mi reinado justo y próspero –sentenció–. Los monjes eruditos que vienen a la capital y que me ven por primera vez, comparan mi vestido con los trajes de oro y seda que vestían los Apóstoles y los grandes Reyes de la Antigüedad. Mientras que los pastores ignorantes, que no saben unir dos frases en nuestra lengua, me dicen que mi capa de armiño brilla más que el sol cuando aparece de improviso entre las nubes.

         Hubo algunos aplausos al escuchar aquella última comparación, que cesaron al instante cuando el Emperador recorrió la sala buscando con ojos airados al que había interrumpido su discurso.

         –No hay ser humano sobre la faz de la tierra cuyo rostro no resplandezca de alegría y de emoción al ver mi traje mágico –proclamó–. Solamente tú –añadió, apuntando al joven con un dedo acusador–. Tu mente ruin y tu corazón malvado te hacen ver un cuerpo desnudo donde todos los demás ven rique­za y distinción.

         Antes de que el preso pudiera responder, uno de los nobles se arrodilló y pidió mil años de vida para su majestad. De nuevo los allí presentes estallaron en gritos de júbilo. El Emperador sonrió, satisfecho, y acarició el tejido de su traje invisi­ble mientras el prisionero permanecía con la vista fija en uno de los ventanales, mirando al infinito.

         –Dime, hijo mío –insistió el Emperador, ahora con voz amistosa y paternal–: ¿es que no te parece bonito mi traje mágico?

         El joven miró al Emperador de arriba abajo; volvió a perderse en el paisaje del otro lado de la ventana durante unos segundos, mientras la tensión en la sala aumentaba de manera perceptible; apartó la vista de las montañas y los bosques con un suspiró, se encaró al otro hombre y le dijo, con voz baja pero firme:

         –No lleváis puesto ningún traje, majestad.

         La sala entera profirió aullidos de consternación. Dos corchetes agarraron al preso de la cabeza y le hicieron postrarse en el suelo. El sátrapa se echó hacia atrás en el trono, se tapó la entrepierna inconscientemente y susurró, con voz tan baja y temblorosa que sólo le escucharon el propio reo y el mayordomo principal:

         –¿Es que me vas a decir tú ahora que llevo diez años exhibiéndome desnudo como un mono de feria? ¿Que me han engañado, y que tú eres la única persona en todo el reino que conserva la suficiente dignidad para decirme en voz alta lo que están viendo sus ojos?

         La respuesta fue breve y también en un susurro.

         –El reino es vuestro y la dignidad es mía. Y vais desnudo.

         El Emperador se encogió en el trono y cruzó la mirada con su mayordomo.

         –Será mejor que me lo lleve. Por impío –sugirió éste, mirando a su señor con ojos inexpresivos. Profesionales.

         El Emperador repasó con ojos enroquecidos, el aliento entrecortado, a sus cortesanos más cercanos, que inclinaron la cabeza al sentir el peso de la mirada real. Los comerciantes de provincias esperaban de él un sentencia favorable; los nobles y los obispos esperaban favores para ellos mismos y sus respectivos territorios; los altos funcionarios y los oficiales de la guardia querían seguir manteniendo su posición elevada… Sólo aquel joven que no tenía nada…

         De pronto el mayordomo principal tuvo cierta prisa por continuar la audiencia. Le hizo un gesto al capitán de la guardia, y éste a su vez ordenó a los corchetes que sacasen al preso de allí y le esperasen en el exterior. Luego se inclinó junto al monarca, que mantenía ahora la mirada fija al otro lado de la ventana, y le instó:

         –¿La pena acostumbrada, majestad? ¿La pena que dictan los códigos por blasfemia y rebelión?

         El Emperador se frotó la mano derecha contra el brazo izquierdo, desnudo, rollizo y amarillento.

         –¿Aplicamos las leyes del reino, majestad?

         Finalmente el monarca agachó la cabeza y profirió un suspiro corto aunque cargado de tristeza. El mayordomo se incorporó, cruzó la mirada con el capitán y asintió con energía varias veces. Luego permaneció en pie junto al trono, mirando con amargura a la gente que aplaudía porque se había hecho justicia.

 

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