El traje nuevo del Emperador – Parte 4 y final


La carreta se detuvo al pie de la horca. El capitán abrió la puerta trasera y ayudó a bajar al blasfemo mientras los gritos de la multitud se hacían más pronunciados.

Antonio Beltrán
@antoniombeltran

Póker de Bastos 1 octubre, 2016


El joven blasfemo fue devuelto a prisión. La noticia de su condena, y la terquedad con que había vuelto a ofender al Emperador, se habían extendido por toda la comarca antes de que él tuviera tiempo de regresar a los calabozos; en las horas sucesivas, mientras los carpinteros empezaban a montar una horca en la plaza principal, todos los caminos se fueron llenando de aldeanos y forasteros que no querían perderse la ejecución.

         La ejecución se había fijado para el mediodía. A primera hora, un grupo de soldados a caballo se abrió paso entre la muchedumbre que había llenado por completo la plaza y las calles adyacentes desde antes de la salida del sol. Los aplausos de los súbditos se moderaron un poco al ver que quien mandaba la comitiva no era el Emperador sino su mayordomo principal. El monarca había dicho –textualmente– que no iba a presenciar la ejecución porque no le salía de los huevos, y su ayudante se había marchado de la cámara real caminando de espaldas, con una reverencia de noventa grados y una amplia sonrisa cortesana en su cabeza que se movía de arriba abajo una y otra vez, como una cometa volando en un viento hostil tratando de no precipitarse en el vacío. El mayordomo principal era un perro muy viejo que se había criado entre las trampas del palacio.

         Una hora más tarde, la muchedumbre volvió a dividirse para dejar paso, esta vez sí, a la comitiva donde venía el reo. Una carreta tirada por una mula y rodeada de corchetes, con el capitán de la Guardia Imperial a la cabeza. Por regla general, aquella carreta iba descubierta, dejando al prisionero a merced de las pedradas de los ciudadanos; en esta ocasión, por una decisión de última hora que nadie supo de quién había salido, se había cubierto por completo con una lona negra que no dejaba pasar los proyectiles, aunque sí los insultos y las amenazas rabiosas de los habitantes del reino.

         La carreta se detuvo al pie de la horca. El capitán abrió la puerta trasera y ayudó a bajar al blasfemo mientras los gritos de la multitud se hacían más pronunciados. El joven subió solo al patíbulo, con las manos atadas. Miraba por encima de los tejados de las casas disfrutando del aire limpio de la mañana. Aceptó la bendi­ción del sacerdote y permaneció inmóvil mientras el verdugo trajinaba a su alrededor preparándole para la ejecución.

         Ya con la soga al cuello, fue invitado por el sacerdote a que renegase de sus blasfemias.

         –Yo no tengo nada de lo que renegar –sentenció, con voz firme, recalcando aquel yo.

         El cura se encogió de hombros y bajó del patíbulo mientras el verdugo preparaba la capucha.

         En ese momento se destacó una voz entre el gentío.

         –¡Dejadme pasar! ¡Dejadme pasar! –repitió la voz, mientras su dueño se abría paso a codazos entre la gente apiñada en las primeras filas.

         Un hombre grueso y muy bien vestido, tocado con un sombrero de plumas que se quitó respetuosamente al verse delante del patíbulo mientras le pedía al capitán de la guardia que le permitiese hablar muy brevemente con el condenado. Era el sastre de la corte, el maestro que había sido capaz de confeccionar aquella tela mágica, y que había sido recompensado por el Emperador con numerosas tierras y un edificio entero en la parte más hermosa de la capital.

         El capitán buscó con la mirada al mayordomo principal, que presidía la ejecución sentado en la parte más alta de una pequeña tribuna, pero éste posó la mirada en el tejado de una de las casas, súbitamente interesado por algún detalle que le había llamado la atención. Entonces el capitán se puso a mirar fijamente el puño de su espada, tratando de percibir alguna imperfección…

         El sastre asintió con sorna y subió a buen paso los trece escalones de la horca. La plaza entera quedó en silencio al ver que pegaba la boca a la oreja del condenado. Lo que le dijo al joven nunca llegó a saberse, pero éste se dejó poner la capucha con una leve sonrisa en los labios.

         Después, el capitán dio dos palmadas; el verdugo se arrodilló a los pies del reo y corrió con rapidez un cerrojo muy bien aceitado. La trampilla del cadalso se abrió súbitamente y la soga de la horca se tensó con un chasquido.

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