Trilogía musical para acabar tocando todos los (tonos) bemoles. I Parte o apertura


El caso es que he pasado por un montón de gustos musicales, incluido la atrocidad noventera de todas esas mezclas infumables que anunciaban por TV y que deglutían sin parar aquellos cerebros destruidos de la Ruta del Bacalao.

Redaccion
@elsoldelorca

La impertinencia consecuente 22 junio, 2017


Muchas veces resulta complicado escribir, pues aunque tengas la idea madurada y cierto esquema mental de lo que se quiere resumir, de una forma más o menos fidedigna, a lo que se piensa, te llega una noticia de esas que te aterra de golpe, que te salta a la cara y te paraliza y te deja seco por dentro. Llevo como 20 minutos para escribir estas cuatro líneas, y como es imposible enlazar esto con el contenido de la Impertinencia voy a tirarme al barro sin más.

Estamos llegando al final del final de la tregua de los 50 días que hay que dejar de margen a la nueva corporación municipal, así que voy a hacer una trilogía musical para acabar tocando todos los tonos bemoles al final de la misma. Ésta, la de hoy es la primera parte.

🎼 4/4. Hoy (ayer) es el Día de la Música, Fiesta de la Música, etc. aprovechando el solsticio de verano y las fiestas paganas que se solían o suelen realizar por estas fechas por el tema de la recogida de las cosechas y tal. El caso es que me ha dado por recordar desde cuando empezó mi pasión por la música y he llegado a la conclusión del momento exacto. Desde bien enano, mi tío Pedro ponía música ochentera en casa de mis abuelos en el Pozo del Esparto, demasiado variada y rara para mis seis o siete años, aunque recuerdo (como flashes) algún tema de Duncan Dhu o de Radio Futura que me aprendí de memoria. Luego, mi tío David estaba todo el día con el tío de la guitarra (como lo llamaba mi abuela) Dire Straits, y aquello nos aburría a todos, aunque a día de hoy tengo discos de ellos quemados de escucharlos. No obstante, tienen una de las mejores canciones de la historia de la música (Telegraph Road). También escuchaba música en el coche de mi madre, pero solo habían dos cintas, una de Diango y otra de Antonio Machín. Era todo un show oír a mi padre “cantar” el Angelitos Negros. También recuerdo como iba al Olimpia a que Diego me grabara música que ponía en el tocata de su bar, aquellos discos de ‘El Último de la Fila’ y ‘Gabinete Caligari’. También recuerdo que mi madre me compró, a través del Circulo de Lectores, ‘En Privado’ de Gabinete Caligari e iba con él a todas partes con un walkman de kilo y medio y a dos cegasas por hora de reproducción.

A mis nueve años recuerdo que la peña se puso loca con los tupés y las patillas estilo Sensación de Vivir y mi hermano mayor consiguió que le regalaran un casete de Tennesse (Una noche en Malibú o algo así) y aquello del rockabilli de postal se fue a la porra, cuando al pasar por el kiosko del Machaco una mañana, vi en un expositor de cintas, un casete de Dinamita pa los pollos y fui corriendo a mi casa para chantajear a mi madre para que me dejara 500 pelas para comprármelo. ¡Cómo sonaban esas guitarras y esos coros! Y qué cara ponía mi catequista cuando llegaba a San Mateo cantando lo de “Nos vemos en el infierno, un buen lugar para conocernos”.

Al poco hice lo de la primera comunión, disfrazado de almirante como Carrero, y todo cambió para siempre. El señor (o señora) que nos hizo el vídeo de la comunión (¿Isadie, Borrasca?) a parte de captar a la perfección las dos hostias que me dio el párroco en el momento de comulgar, en el inicio del montaje, el montador intercaló una serie de imágenes de recursos de la Lorca de 1992, (la Plaza de Colón, de España, Calderón, etc.) con una música que encajaba a la perfección y de la que desconocí a su intérprete hasta pasados los años, pero que a mí me marcó para siempre. Era el comienzo del Concierto de Aranjuez, interpretado con la magia de nuestro paisano Don Narciso Yepes. Recuerdo estar cada dos por tres poniendo el VHS para escuchar esa maravilla, mientras mis padres pensaban que me estaba volviendo un beato en potencia.

El caso es que he pasado por un montón de gustos musicales, incluido la atrocidad noventera de todas esas mezclas infumables que anunciaban por TV y que deglutían sin parar aquellos cerebros destruidos de la Ruta del Bacalao.

Hubo otro momento importante. Recuerdo que en casa de mi compañero de clase Ezequiel, una de aquellas tardes que se nos iban fumando fortunas sin parar en los tejados del Goya, me enseñó un disco de su padre. Era el Pulse de Pink Floyd, y me llamó la atención porque en la cubierta de aquel CD se iluminaban intermitentes dos ojos rojos. El caso es que nos pusimos a escuchar aquello y…¡yo tengo que aprender a tocar como el cabrón ese del Gilmour! Aquello me hizo aprovisionarme de música a lo bestia en cintas TDK de 90 y se las iba pasando a todo el mundo para que me grabara música en sus dobles pletinas. Así fue como conocí a Nirvana gracias a mi vecina Mari Toni, a Iron Maiden gracias al novio (por entonces) de mi prima María del Mar, a Platero y Tú gracias a mi primo Manolo en aquel Pentium 386 de cuando íbamos a 8º de EGB, a Héroes del Silencio gracias a mi hermano mayor, a Extremoduro, Metallica y otros tantos gracias a mi amigo Bartolo, en fin…cada vez que íbamos de visita a alguna casa de un familiar mis padres me ataban en corto porque a la mínima me encontraban registrando por los cajones en busca de cintas, CDs o Vinilos.

Como lo de aprender a tocar la guitarra como David Gilmour era imposible a no ser que fueras el propio David Gilmour, el gran Little Peter accedió a darme clases de guitarra en el altillo de la tienda de Luz, donde ensayaba con su banda (The Rabbit Band). Un sitio mágico, lleno de cabezales, micros y amplificadores, y de la batería del Carrillo que zurría cada vez que Pedro se ponía a frasear ritmos bluseros en el mástil de su Stratocaster americana blanca en aquel lugar que media hora antes se afanaba en limpiar de litros vacíos y canteos varios (yo tendría 14 años y estaba mal que entrara en la mala vida del rock and roll tan pronto). Así que con el rithm and blues por bandera, y Jonhy Winter y Javier Vargas como embajadores, una tarde cogí mis 40.000 calas ahorradas una a una en el bar de mi tío y nos fuimos a Murcia a por mi primera Stratocaster. Bien pudiera haber sido la Academy roja que tenían expuesta en Jumondi y que intuyo quien la compró y que algo me hace pensar que la guarda como oro en paño.

Eran años de mucha música en directo, había música en el Pasaje, en el Calderón, en el Papa Doimas, en las fiestas de los barrios, los conciertos en feria tenían cierta importancia, y sí, el primer Lorca Rock que se celebró en la desaparecida sala Tívoli en marzo del 98 y al que fuí con 15 años con mi colega Juan Diego (¿qué habrá sido de él?). Aquel año, si no recuerdo mal, el Ayto. le pagó a cada grupo de Lorca, que así lo quisiera, la grabación de un tema en el estudio de Manolo Torroglosa (aún tenía pelo) La Sala de Maquinas, para hacer un recopilatorio de temas de bandas lorquinas para reivindicar la escena local (que la había). El cd se titulaba “Lorca, con cuerpo y rock” y lo tengo por ahí perdido, pero sé que lo tengo. Bandas como ‘Mar de Cruces’, ‘Agarrate a la brocha que me llevo la escalera’ con las ovejitas, ‘La Rabbit Band’ con su Marilí muerta y enterrada, ‘Los Crespillos’ con ese célebre No nos cerréis los bares, o el tema que grabaron ‘Los + Kutres’ que comenzaba con ese soniquete de “Vamos a quemar el ayuntamiento/ creételo no te miento/ vamos a ir a manifestarnos/ y al alcalde vamos a colgarlo” a ritmo de ska trapero.

Era otra época, y en el instituto, antes de entrar a clase de gimnasia apagábamos los cigarrillos delante de gran Don Andrés Melenchón. Él, para agradecernos el gesto de no entrar fumando al interior del gimnasio, nos hacía subir al castillo corriendo en pleno mes de enero.

El caso es que por aquella época descubrí que aquella música de la intro del video de mi comunión, y cuya melodía nunca me había podido, ni podré sacar de la cabeza, era interpretada por del gran Narciso Yepes, gracias a Isabel, nuestra profesora de música.

Continuará…

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