Un viaje entretenido y provechoso

Un viaje entretenido y provechoso

La imagen primera que alcanzo a medio perfilar del Instituto es la de un edificio grande, serio, sobrio, que obviamente nos sobrecogía e intimidaba por su planta y por cuanto nos jugábamos en aquellas dos maratonianas jornadas.

Fue mi primer contacto con el Instituto unas semanas antes de cumplir los diez años, y nuestra relación se fue afianzando no sólo en el plano académico, sino que, en los siete años que se prolongó, tuve la suerte de conocer a los mejores docentes de mi vida; algunas de ellas, sí, de ellas, mis verdaderas guías y maestras en mi trayectoria como enseñante. Igualmente, durante esos cursos, se fueron trabando, sí, se fueron ahormando unas relaciones limpias, sanas, cordiales, que aún hoy perduran, con una serie de personas a quienes puedo llamar amigas y amigos.

Los tres cursos primeros del entonces Bachillerato Elemental los preparé en régimen de Enseñanza Libre, lo que suponía el tener que desplazarnos a Lorca, a principios del mes de junio, acompañados por nuestras madres y por alguno de aquellos probos Maestros de Escuela, que, haciendo gala de una entrega y celo profesionales dignos de todo encomio, nos transmitían todo su saber para que unos pocos de cada pueblo pudiéramos siquiera acceder al título de Bachiller Elemental.

El viaje lo hacíamos en el tren –el “Granaíno”, que iba de Granada a Barcelona, o el “Periquito”, un ferrobús que unía Baza con Lorca- y aquellos casi ochenta kilómetros, que, en mi caso, había de Fines-Olula a Lorca-Sutullena, se prolongaban por más de tres horas, dada la velocidad de aquellos convoyes y las múltiples paradas que hacían en cualquier pueblo o apeadero. El viaje era siempre un compendio variopinto de sensaciones y emociones que rompía la uniformidad de mi vida en el pueblo. Desde el pitido del Jefe de Estación, autorizando la partida del tren, hasta el resoplido de la máquina al arribo a nuestro destino, yo iba acopiando olores, sabores, sonidos, gestos, colores, rostros, paisajes, impresiones, que, con el tiempo, quedaron guardados en los diferentes cajetines de mi memoria.

El “Granaino”, de parada en la estación de Fines-Olula, en 1958.

Nuestros puntos de alojamiento en Lorca eran, bien la Pensión Almanzora, bien la Posada del Óvalo. Ahí pernoctábamos un par de días y compartíamos los yantares que nuestras madres habían aviado para la ocasión: huevos duros a discreción, alguna que otra tortilla de patata, los socorridos filetes empanados, algo de embutido, casero por supuesto, quesitos, alguna que otra lata de conserva y las consabidas manzanas y naranjas. La verdad es que falta no pasábamos.

La imagen primera que alcanzo a medio perfilar del Instituto es la de un edificio grande, serio, sobrio, que obviamente nos sobrecogía e intimidaba por su planta y por cuanto nos jugábamos en aquellas dos maratonianas jornadas. ¡Qué diferencia con la pequeña estancia en que dábamos clase en casa del maestro o la maestra, sentados alrededor de la mesa-camilla, o al ambiente más holgado, pero también más abigarrado, de la sacristía en que el cura del pueblo nos enseñaba las declinaciones y las conjugaciones latinas!.

En fin, accedíamos al Instituto y se abrían ante nosotros dos grandes escalinatas. Creo que por unas subían y bajaban las muchachas y por las otras, nosotros. Los aularios estaban en la primera planta y en las puertas de las clases había carteles que indicaban la materia de examen y la hora a la que debíamos estar para el mismo.

Mientras anotábamos esos datos, algunos mozos más talludos, supuestamente «oficiales», se esmeraban en proferir socarrones comentarios sobre la severidad y el rigor de las profesoras y profesores que nos habían de examinar, al tiempo que añadían sus alias y sobrenombres respectivos para espolear aún más nuestro recelo pueblerino. No obstante, una vez puesta en marcha la ruleta de las pruebas, salíamos y entrábamos dejando desparramados nuestros conocimientos de Geografía, de Lengua y Literatura, de Matemáticas, Latín, Historia, Francés, Religión… y F.E.N., en los folios que graciosamente nos daban.

Concluido el trago y habiendo lucido nuestros más preciados atuendos, regresábamos a nuestros respectivos pueblos, donde aguardábamos expectantes la carta que contenía los resultados de esos exámenes, pues de ellos dependía cómo pasaríamos el verano, que solía inaugurarse con la recepción de esas nuevas.

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  • José Quiñonero Hernández
    8 julio, 2019, 22:32

    Con mi amigo Romualdo compartí, sin saberlo entonces, las preocupaciones y angustias de los libres, con aquellas incertidumbres propias del forastero, que llega cargado de inseguridad y desconocimiento a un lugar extraño en el que todos se desenvuelven con soltura, menos el nuevo.
    Ya instalados en el Instituto, compartimos las clases de Bachillerato Elemental y, por casualidades del destino, también los cursos del Superior y el PREU, por haber perdido ambos un año, por lo que aterrizamos en un grupo distinto del inicial, naturalmente de Letras, porque de nosotros no se podía esperar otra cosa.
    Y puestos a compartir, más de un año vivimos juntos en una pensión en la que pasamos muchas horas de conversación, traducciones –de Francés, Latín y Griego- lecturas y estudio, alimentados de potajes, tortilla de acelgas y otros condumios más bien ligeros, en unos aposentos convertidos por el fumete del que esto escribe en “sombra del sol y tósigo del viento”, a los que el bueno de Romualdo se esforzaba por desquiñonerizar de vapores tan crasos quemando como pastillas Garcilasos, según cuenta, más o menos, nuestro amigo Quevedo.
    Ocupaciones y vida retirada interrumpidas en alguna ocasión por algún contado receso en las Alamedas, trasegando una Casera escanciada en seis vasos, con harto enfado del tabernero. Que así era entonces la vida del estudiante de medio pelo.
    Gracias, Romualdo, por tu memoria de aquellos tiempos.

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  • Mercedes Martínez Gómez
    9 julio, 2019, 19:39

    Cuántos Romualdos no habrán pasado por el «Ibáñez» !!! Las tierras más o menos cercanas de Almería , incluida la granadina Baza , y las limítrofes a nuestro municipoi tuvieron la oportunidad de enviar a sus niños y jóvenes al único instituto que entonces había por esta zona, y que éste contribuyera a elevar el nivel cultural y proporcionar una formación para mejorar el futuro profesional de tantos jóvenes.
    Recuerdo de mis años de Bachillerato a las hermanas Aránega, las Daza, a Triini Cano,, a Victoria G. Dengra, a Rosa Navarro, a J. Galiardo y tantos otros que llegaron a ser buenos profesionales : médicos, economistas, abogados, pofesores…gracias a nuestro excelente profesirado.

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  • Obdulia Guirao
    11 julio, 2019, 16:32

    Romualdo, te felicito por tu entrañable relato. Es tan emotivo, que consigues que reviva tus vivencias como si se tratara de las mías propias. También a mí, aunque era algo mayor que tú cuando me vi por primera vez ante aquel edificio me pareció imponente y sibrecogedor. Te felicito tsmbién por la exquisita fotografía con la que acompañas el texto. Es romàntica y fascinante. Y para los amantes de los trenes de épica es el mejor regalo que podías hacer. Obdulia Guirao

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