Una huella que perdura

Una huella que perdura

Yo decidí cursar “ciencias” en el Instituto, dejando de lado la lengua y la literatura que tanto me habían encandilado durante mi primer año de formación con aquel profesor tan estrambótico que hizo que, por primera vez, estuviera deseando que llegara el momento de dar clase de Lengua

Sabía que era el último día que vería Alphasat en aquella inmensa sala blanca de Intespace, en Toulouse. Al satélite de comunicaciones más innovador hasta ahora construido, ya le habían quitado todos los cables que lo conectaban a los equipos de medición y empezaban a prepararlo con mimo para llevarlo al Centro Espacial Guayanés. Llevaba siete años esperando aquel momento, y ahora que llegaba, una honda pena se apoderaba de mí. Lo sentía como si fuera un hijo que se marchaba de casa a seguir su camino. Quizá esa añoranza fue la que hizo que mi memoria cabalgara a aquel mes de octubre de 1990, cuando marché de casa para empezar el Instituto.

Yo venía de Almendricos y me cuadraron en un aula donde solo conocía a una persona con la cual ya había compartido clase en el pueblo. Al entrar, mi primer pensamiento era dónde sentarme entre aquella caterva. Nadie quería colocarse en primera fila, y las opciones se agotaban, o sea que allá fuimos nosotras, aunque orilladas hacia el gran ventanal, evitando el primer plano. Me sentía una pueblerina achicada ante los compañeros de la ciudad. Confieso que si en aquel momento alguien me hubiera dicho que trabajaría con satélites, curtiéndome por el mundo, quizá sólo hubiera atinado a devolverle una mirada incrédula.

Empecé mi carrera en el mundo del espacio en la Agencia Espacial Europea (ESA) por ventura y aventura. Había estudiado Telecomunicaciones en Valencia y terminé el proyecto en Trondheim (Noruega), pero no cursé aquella asignatura de satélites. Cuando supe de unas becas en ESTEC (centro de la ESA en Holanda) para jóvenes recién licenciados, no me lo pensé dos veces. Hacía un año que había rechazado trabajar en el extranjero y me había arrepentido.

La autora, delante del satélite Alphasat, preparado en la cámara de vacío (Foto Ruiz Jerez).

Aún conservo el recuerdo nítido de aquel día de huelga de 1994, con solo tres alumnos en clase de COU, cuando aquella profesora de Química, que ya había compartido con nosotros unas cintas de vídeo sobre el sistema solar, entró en clase y empezó a hablar de satélites. La conversación hizo mella en uno de mis compañeros, que parecía saber algo del tema. En cambio, yo me sentí ignorante, aún pueblerina; pero no por eso el tema despertaría mi interés.

Cuando me fui a Inglaterra a trabajar a Astrium (actualmente, Airbus), perseguía un sueño: quería trabajar en un satélite de verdad. No quería seguir aplicando fórmulas que se quedaran en el papel. Habían sido muchísimas las horas que ya había dedicado a las matemáticas y ahora quería ver su lado práctico. Siempre fueron una de mis pasiones. Con especial nostalgia recuerdo a aquella profesora que en el Instituto llenaba la pizarra sin dejar hueco alguno, llegando a utilizar los marcos cuando fuese necesario. Sus exámenes, que solo podíamos hacer por la tarde porque en una hora de clase normal hubiera significado un suspenso por falta de tiempo, fueron motivo de crítica para algunos, pero también de agradecimiento para muchos otros. A mí me parecía un ejercicio de superación y sabía que lo necesitaría en la Universidad.

Empecé trabajando en la propuesta de Alphasat allá por el 2006. Tras un año de duro trabajo, obtendríamos el ansiado contrato. Había llegado la hora de pasar del papel a algo físico, y eso suponía un filón de adrenalina. Lo que no sabía era lo escarpado que sería aquél camino. Cuántas veces tropecé. Cuántas veces me caí. Cuántas veces me tuve que levantar.

Tomar la decisión correcta es una ardua tarea que cumplimos sin saber si hemos atinado o no. Yo decidí cursar “ciencias” en el Instituto, dejando de lado la lengua y la literatura que tanto me habían encandilado durante mi primer año de formación con aquel profesor tan estrambótico que hizo que, por primera vez, estuviera deseando que llegara el momento de dar clase de Lengua. Escribir ha sido siempre un bálsamo al que he recurrido en tantas ocasiones que, a veces, he cuestionado aquella primera elección que tuve que hacer allá por 1993.

El 25 de julio del 2013, a las 21.54 (16:54 hora local), Alphasat despegaba desde el Puerto Espacial de Kourou. En Toulouse, la sala preparada para seguir dicho acontecimiento estaba a rebosar; pero desde que empezó la cuenta atrás, yo me sentía sumergida en un vacío donde no oía nada excepto el palpitar de mi corazón. Poco más de un minuto estuve boquiabierta, sin respiración, siguiendo la trayectoria del cohete hasta que se perdió en la atmósfera. Después de otros veintiséis largos minutos, se confirmó la liberación de Alphasat en la órbita de transferencia geoestacionaria. Suspiré.

En momentos como este,  miro el camino que voy dejando atrás y siempre vuelvo a aquello que dejó una huella en mí: el Instituto donde crecí en todos los sentidos.

8 comments

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8 Comments

  • José Quiñonero Hernández
    10 septiembre, 2019, 10:41

    Ana Belén, llegada de Almendricos en un otoño casi remoto, es un buen ejemplo de esos alumnos curiosos y esforzados, preocupados por mejorar y corregir sus defectos, atenta siempre a las indicaciones y sugerencias de sus profesores.
    Si leen con atención su artículo, comprobarán que no es el relato superficial de sus trabajos en el dominio del cielo y de la cibergalaxia, sino un recuerdo delicadísimo de los pequeños detalles de su aprendizaje en el Instituto provinciano, que se ha convertido en una huella que perdura.

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  • Obdulia Castroverde
    10 septiembre, 2019, 21:51

    Recuerdo a Ana Belén cuando llegó al Instituto en 1° de B.U.P. .Sentada en el sitio que describe, en la primera mesa de la fila situada más cerca de la ventana. Desde muy pronto destacó por su atención, se le notaba la alta capacidad de la que estaba dotada y su interés por aprovecharla al máximo sin desperdiciar un ápice, incansable en su afán de aprender hasta el mínimo detalle, se adivinaba que su trayectoria iba a ser brillante.
    Ahora sé que las expectativas que des

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  • Obdulia Castroverde
    10 septiembre, 2019, 22:11

    Por error he pulsado la tecla inadecuada sin terminar el comentario.
    Decía que: las expectativas que despertó las ha superado con creces y que siempre que hable de comunicaciones le agradeceré su implicación en ellas.
    Me alegra saber que guarda un grato recuerdo del Instituto, nosotros también lo guardamos de ella

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    • A.Belén@Obdulia Castroverde
      10 septiembre, 2019, 22:58

      Qué alegria saber de usted, Obdulia! Y que, por supuesto, se acuerde de mí, pues bien han pasado años y le perdí la pista por completo, hasta que D. José me volvió a poner en el camino que toca. Me alegra sobre manera no haberla decepcionado. La cercanía al profesorado y esa relación tan personal que pude tener con muchos de vosotros es lo que me hacía brillar, pues bien pude ver lo mucho que confiabais en mí para hacerlo bien. Y a mí no me gusta defraudar a aquellas personas que generosamente han puesto su tiempo y su voto de confianza en mí. En la universidad, dado su tamaño, solo percibía frialdad e impersonalidad y eso me pasó factura. Para empezar, la tarima era más alta y estaba más distanciada de la primera fila de alumnos, donde intentaba sentarme para poder escuchar algo. Nada que ver con el apego que sentía en el instituto. Un fuerte abrazo.

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      • Antonio José Mula Gómez@A.Belén
        11 septiembre, 2019, 11:44

        Interesante reflexión de un alumna agradecida a su aprendizaje y paso por el Instituto. Enhorabuena por la sencillez y cordialidad de tu artículo, recordando una etapa formativa, tan vital en nuestras vidas. Personalmente, me alegra saber de gente de Lorca, que por esos mundos de Dios y con responsabilidades tan importantes, recuerdan su tierra y sus orígenes.

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        • A.Belén@Antonio José Mula Gómez
          11 septiembre, 2019, 16:59

          Gracias por tu comentario, Antonio. No entendería intentar cambiar mis raíces y mi pasado. Yo siempre digo que soy de Almendricos y les dibujo un mapa para que sepan dónde está. Y la visita al Ibañez Martín es algo que siempre he hecho con mucho orgullo mientras todavía conocía a los profesores. Luego solo me quedó echarla de menos porque disfrutaba mucho volviendo allí y ver cómo las nuevas generaciones corrían por los pasillos. Produce una reflexión curiosa.

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  • Obdulia Guirao
    11 septiembre, 2019, 22:01

    Ana Belén, creo que tienes una vida realmente interesante, dada la singularidad de tu profesión, pero a la vez percibo en tus palabras la añoranza que sientes por aquellos tiempos pasados y felices, ésa que tanto se agrava con la distancia geográfica, ésa que te ha hecho volver de visita cada vez que venías a Lorca. Pues bien, quiero que adviertas que esos tiempos no son del todo pasados, ya que José Quiñonero, tu profesor y el mío, se está encargando de revivirlos con su preciada labor. Labor que trasciende el mero relato de la historia del instituto para dar paso al encuentro y reencuentro de todos aquellos que en algún momento de nuestras vidas hemos formado parte de él. Unos antes, otros después, pero a todos nos une el cariño y la complicidad de la experiencia vivida. Esto nos convierte en una gran familia que hoy (en presente) está más viva que nunca y te remite su cercanía. La próxima vez que vuelvas a Lorca, recuerda que aquí la tienes.

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    • A.Belén@Obdulia Guirao
      12 septiembre, 2019, 14:06

      Muchas gracias, Obdulia. Con todo el catálogo de vivencias que D.José ha sacado a relucir, cualquiera no se vuelve nostálgico!

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