EL VIEJO DE UN DÍA DE EDAD

EL VIEJO DE UN DÍA DE EDAD

Por si no fuera suficiente con su particular travesía por el desierto, estaba la actitud de su padre, Julián, muy septuagenario. Como si del Mario niño aún se tratara, Julián solía responder con una carcajada sorda cada comentario que su hijo hacía respecto a su edad y a las emociones que le acompañaban.

 

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Atravesar el ecuador; la mitad de la vida; comenzar la cuesta abajo… Todas frases con las que Mario se autobombardeaba desde que cumplió los 40. La inclemente presencia del paso de tiempo en sus pensamientos le agotaba intelectual y emocionalmente.

Por si no fuera suficiente con su particular travesía por el desierto, estaba la actitud de su padre, Julián, muy septuagenario. Como si del Mario niño aún se tratara, Julián solía responder con una carcajada sorda cada comentario que su hijo hacía respecto a su edad y a las emociones que le acompañaban.

–¿Compraste la cerveza artesana que te dije? –preguntó el anciano.

–Sí, pero… Joder, papá, hay un montón de viejos por ahí quejándose de que sus hijos ya no les cuentan cosas importantes. Te estoy diciendo cómo me siento.

–Y te estoy escuchando, pero no puedo evitar reírme: me recuerdas a mí cuando tenía años.

Cuando tenía años, dice.

Mario arqueó las cejas sin poder evitar pensar que a su padre le fallaban las bujías.

–Pero qué dices.

–Si piensas que no construyo bien las frases ve olvidándote de eso.

Mario soltó una risa amarga, como no queriendo entrar en discusiones sin sentido. Pero le picó más la curiosidad.

–Vale. Y, si no tienes años, ¿qué tienes?

–Un día.

–Un día. ¿Por?

–Porque cada mañana nazco de nuevo. Lo que hago hoy es lo que realmente importa. Lo que hago ahora. Así que… saca esa cerveza de una vez.

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