Vivant academias

Vivant academias

Por curiosidad, pregunten a los aguileños que significó para ellos la Academia Urci, donde se preparaba banca y contabilidad; pero sobre todo para el deseado y temido salto al Instituto, como hicieron muchos en aquellos casi remotos tiempos de un aprendizaje en que la preparación se hacía a lo largo del año.

El barojiano Silvestre Paradox, modelo de hombres libres y silvestres, después de cuestionar las Escuelas, Universidades, Institutos, Conservatorios, Ateneos y Academias como refugios de pedanterías y viveros de calabacines, y de arremeter contra maestros, profesores, pedagogos y demás farsantes, habría tenido alguna duda a la hora de eliminar las humildes academias (con minúscula), donde esforzados y beneméritos mentores entretenían y desasnaban a discípulos de toda laya.

Las academias fueron durante años apéndice inseparable del Instituto, su necesaria prolongación, su cuarto de atrás, el taller y la despensa donde se reparaban y alimentaban las mentes de innumerables alumnos faltos de luces o de atención, y de otros a la búsqueda de la excelencia, siendo penitencia de casi todos y salvación de muchos.

Tomando como materia prima maestros, curas, exseminaristas y eruditos locales, que en principio enseñaban en la pequeña buhardilla, la sacristía, la trastienda o a domicilio, se fueron consolidando pequeñas factorías del aprendizaje en forma de academias de largo recorrido que, en los pueblos, aunaban esfuerzos para preparar con cierta diversificación alumnos de todos los cursos, en Ciencias y Letras, durante meses, para luego, llegado junio, dar cuenta de sus saberes en el Instituto de Lorca, ante aquellos profesores solemnes, que impresionaban a la grey venida de lejanas tierras, aún con el pelo de la dehesa.

Por curiosidad, pregunten a los aguileños que significó para ellos la Academia Urci, donde se preparaba banca y contabilidad; pero sobre todo para el deseado y temido salto al Instituto, como hicieron muchos en aquellos casi remotos tiempos de un aprendizaje en que la preparación se hacía a lo largo del año y, “tras un viaje de una hora por carretera sin asfaltar…, o de más de dos horas (madrugón incluido) en un tren de mil traqueteos”, como recuerda Vicente Sicilia, “los exámenes se celebraban con toda celeridad… en un solo día, pasando de clase en clase, de tribunal en tribunal, de profesor en profesor, dando cuenta en una sola mañana o en una tórrida siesta, de todo cuanto uno pudiera dar de sí”, según testifica el alumno Jiménez Madrid.

Si dicen los enterados que siempre hubo clases, ningún ejemplo mejor que el de las academias de diario para establecer niveles de aprendizaje diferentes, brechas de conocimiento insalvables y agravios comparativos de todo tipo entre los muchos que las frecuentaban y los muy pocos que asistíamos solo a clase. Nosotros, condenados a la marginación y la irrelevancia, sin protagonismo en las conversaciones y complicidades de los que compartían las aventuras y angustias de la tarde y la noche anterior, con sus historias de gamberradas, equívocos, castigos, encierros, palmetazos y capones de mayor o menor cuantía, y además en competencia imposible con ellos, que presumían de lección aprendida y ejercicios ya corregidos. Y más si el profesor de la academia y el del Instituto era el mismo, fuera de Francés, de Latín o de Matemáticas.

Los pocos que nunca pisamos una academia jamás podremos revivir la singladura imprevisible de don José Ruiz, el Cojo, en la suya, donde el aprendizaje podía ir viento en popa a toda vela o convertirse en un navegar en mar proceloso en que sólo se oía el vozarrón del capitán pirata desgranando votos (por ejemplo, al chápiro verde) ante los encogidos grumetes, expuestos al blandir amenazante de la muleta, o al riesgo de ser colgados de una percha en función de palo de mesana o condenados al ostracismo y el fumete en el “Salón bleu” (eso sí, encendiendo el cigarrillo “en el tiro que le pegaron a Prim”).

En tanto, él trasegaba innumerables vasos de una pócima indescifrable que, por conjeturas verosímiles, vendría a ser el “grog” que alegra a todos los marineros que en el mundo han sido, al tiempo que resolvía sin esfuerzo mil problemas diciendo “ego ridebo pisciculus coloreatus”, más o menos. Truculencias que no empecían en nada sus vastos conocimientos matemáticos, que le permitían competir, al menos en su imaginación, con los sesudos catedráticos del Instituto que supervisaban a diario su trabajo, e incluso componer poemas erótico-marineros de delicada ternura, que figuran en alguna prestigiosa antología. En fin, “gallinas núbiles en ácido acético” (sic).

Aunque muchos rememorarán con nostalgia las experiencias vividas en la Academia Sánchez o en la de don Roberto -manco el uno y cojo el otro, ejemplos todos de supervivencia en aquellos años de plomo-, donde se repetían las mismas peripecias, sobresaltos y castigos, donde el aburrimiento de las tardes inacabables alimentaba las comidillas del día siguiente, mientras dejaba en buen lugar a los preguntados por los trabajos y problemas pendientes. Con harta envidia de los otros.

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4 Comments

  • Antonio J.Mula Gómez
    11 junio, 2019, 13:19

    Efectivamente, amigo Pepe, las Academias eran la prolongación del Instituto. Matemáticas y Latín y el Griego, se resistían por igual a algunas personas, que tenían en la Academia su tabla de salvación. La A Sánchez, de la calle Alta o la «San Luis» de la subida de la estación, además de la D. José, que glosas en tu crónica del tiempo y muchos profesores particulares posibilitaron para muchos poder superar aquellas disciplinas que costaban lo suyo, tras machaconas sesiones de problemas o traducciones y declinaciones. Las Academias pertenecen al acervo educativo y social de una época. Se aprendía pero también se hablaba, se conversaba y se hacía grupo, que se consolidaba en el Instituto. Academias e Instituto iban de la mano en aquellos días de juvenil grato recuerdo

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  • fernando martinez serrano
    12 junio, 2019, 19:48

    Insuperable la descripción que hace Pepe de las academias y su relación con el Instituto.
    D. José era amigo de mi padre; fui grumete en su clase un poco tiempo; pesqué besugos y serranos con él en su pequeña barca que le acabé comprando y de la que disfrutè mucho con mi familia.
    Ciertamente era un hombre singular con una compleja historia.

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  • José Quiñonero Hernández
    14 junio, 2019, 11:44

    Para comprobar que el amor por el mar de don José Ruiz no se reducía solo a la épica de la piratería, copio un poema lírico suyo, que incluye el profesor Milego en una de sus antologías de textos:
    INSOMNIO DEL MAR
    Playa, córtame la luna
    en pedazos, sin cortarme.
    Anda, afila tu cuchillo
    en más algas más cobardes
    y espanta ese acantilado
    que no para de mirarme.
    Playa, no puedo dormir
    con esta luna tan grande:
    ¡Si tengo la frente blanca
    y blanca tengo la sangre!
    Están despiertos mis peces
    y tres veleros lo saben.
    El cielo pesaba poco
    en mis ojos esta tarde,
    y el viento me torturaba
    con caracolas y aves.
    No tengo sueño esta noche
    y tres veleros lo saben;
    el cielo me pesa más
    en los ojos, que esta tarde.
    Playa, córtame la luna
    en pedazos, sin cortarme,
    que no me puedo dormir
    con esa luna tan grande.

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  • A. Belén Ruiz Jerez
    22 junio, 2019, 0:41

    Excelente artículo el que nos dejas, Pepe. Y el poema que has rescatado al final me parece la guinda de este gran pastel que nos vas repartiendo con cada publicación. Gracias.

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