VOLAR ES UN PLACER


Lo primero que han de saber es que bajo coste no es gratis. Es decir que los viajeros pagan religiosamente el importe que se le solicita por un servicio que incluye puntualidad, respeto al cliente, trato amable y todo lo que conlleva la experiencia de volar en avión de un punto a otro previamente contratado.

Francisco José Motos
@FJMotos

A quien corresponda 9 octubre, 2018


Volar es un placer. O al menos así debería ser. Eso mismo se prometen los miles de viajeros de las llamadas compañías de bajo coste, por su nombre en inglés que es más conocido; low cost.

Lo primero que han de saber esas compañías es que bajo coste no es gratis. Es decir que los viajeros pagan religiosamente el importe que se le solicita por un servicio que incluye puntualidad, respeto al cliente, trato amable y todo lo que conlleva la experiencia de volar en avión de un punto a otro previamente contratado.

¿Y ocurre de esta manera que yo digo?

La respuesta no es otra que un no rotundo, lo digo por las muchas opiniones que he tenido ocasión de escuchar, y por la mía propia hace unos pocos días en el que me sometí a un infame vuelo en el que no se cumplieron ninguno de los requisitos para que fuera mínimamente placentero: retrasos grandes, tanto en la ida como en la vuelta, mal trato de los empleados en general, situaciones desagradables por falta de organización y esa manía de algunas de estas compañías de hacer el juego de trileros, de querer cobrar aparte cosas que deben ser obvias en un viaje en avión.

Entiendo que los empleados bastante tienen con intentar que les paguen un salario digno y que no los sometan a horarios descabellados, y sobre todo, que no les hagan justificar lo injustificable.

No todo vale, si no se es capaz de ofrecer el servicio en condiciones normales no se ha de ofertar. Tal vez otros sepan hacerlo mejor.

Y a todos mis sacrificados y hastiados compañeros de viaje en sendos vuelos de ida y vuelta a Tenerife en estos últimos días les envío mi afecto, y les honra que, a pesar de todos esos inconvenientes, que para nada deber ser asumibles por el sufrido viajero, mostraron una educación y entereza mucho mayor que aquellos que representaban a la compañía en cuestión a la que pareció no importarle ni un pimiento. Una disculpa en toda regla era lo menos que podían hacer, pues ni eso fueron capaces.

De esa forma no llegarán muy lejos, sobre todo si no se toman las medidas oportunas al respecto, en las que deben estar implicados los organismos de defensa del consumidor correspondiente.

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